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Tribuna

aziza bennani

Ex presidenta del Consejo Ejecutivo de la Unesco

Sociedades para todas las edades

Durante los dilatados meses de confinamiento, he podido observar a voluntad, desde mi terracita, la nueva cara de la ciudad sometida a las reglas impuestas por la tragedia de Covid-19.

La ciudad por costumbre luminosa, alegre, dinámica, palpitante ..., entró entonces en una especie de letargia, encogida sobre sí misma, triste, apática...

Las informaciones procedentes de distintos países, desde los más potentes hasta los más necesitados, ponían de relieve, de forma patente, la incapacidad de luchar contra una pandemia tan grave y de tal magnitud. Las contaminaciones y las pérdidas humanas fueron numerosas, siendo las personas más vulnerables los profesionales de la salud y de la seguridad y las personas con patologías críticas o al final de su trayectoria vital.

Se elaboraron entonces estrategias en diferentes ámbitos, político, económico, social, sanitario, de la seguridad, lo que se tradujo en el plano individual, en múltiples limitaciones y restricciones que variaban según las categorías sociales y los grupos de edad: niños, adultos, mayores, personas con necesidades específicas.

Con el fin de reducir los contactos entre personas y los riesgos de contaminación, se fijaron horarios para distintas categorías en función de las necesidades de paseo, deporte, aprovisionamiento, requisitos médicos. El grupo de los mayores ha sido clasificado en el colectivo de las personas vulnerables, dependientes, con necesidades específicas, a las cuales se impusieron muy grandes restricciones.

De tal modo, fuera de los vínculos de los mayores con las personas que viven en la misma casa, cuando existían, sus medios de información y sus intercambios con el mundo exterior se efectuaban a través de internet, Whatsapp, y otros medios de comunicación electrónicos, quedando por lo tanto muy limitadas las relaciones sociales tan importantes para el equilibrio de cualquier persona.

Con el transcurso de los días, semanas y meses, aparecieron el aburrimiento, la tristeza, el miedo, la angustia, los trastornos del sueño... Además, en los momentos de pico de la pandemia y del colapso del sistema sanitario, se hizo muy problemático por ejemplo trasladar los enfermos de las residencias para mayores hacia las urgencias médicas de los hospitales. La prioridad se daba con preferencia a los jóvenes y no a las personas con una esperanza de vida limitada. Algunas informaciones son espantosas al respecto, como aquéllas relacionadas con los miles de fallecidos en dichas residencias de una ciudad europea. ¿No hubiera sido posible salvar numerosas vidas, sin semejante cribado de la población?

Así pues, varias personas han dado su último aliento en el sufrimiento y la soledad, sin poder cogerse de la mano, abrazarse con los suyos (pareja, hijos, nietos...), despedirse de ellos. Con razón se ha afirmado que en el ocaso de la vida "el tiempo que queda por vivir es más importante que los años que han transcurrido".

En espera de la nueva normalidad prometida, las múltiples dimensiones y numerosas consecuencias sociales, psicológicas, humanas, afectivas de esta situación inédita, aún quedan por ser analizadas. En cuanto a los mayores que han tenido la suerte de no pagar con su vida este terrible trauma, han permanecido callados, sufriendo con dignidad tan tremenda situación. Por su parte la voz colectiva de los conciudadanos se quedó tímida al respecto.

Por tanto, es justo rendir un gran homenaje al pintor español Juan Lucena por su obra titulada ¿Qué haremos sin ellos?, una obra que expresa perfectamente el drama de los abuelos fallecidos sin haber tenido la legítima oportunidad de despedirse de los suyos. Es justo además expresar nuestro más sincero reconocimiento al artista por su decisión filantrópica de dedicar los ingresos de la venta de las reproducciones de su obra a la investigación sobre la vacuna contra este virus que nos ha trastornado la vida.

En diferentes culturas apegadas a sus tradiciones ancestrales siempre ha existido un vínculo solidario entre generaciones, beneficiando los mayores del aprecio y la consideración de sus descendientes que potencian su experiencia pasada, respetan su dignidad y defienden sus derechos como ciudadanos. ¿Qué queda de estos valores en las difíciles circunstancias presentes? ¿Ocasionará también la pandemia una crisis de valores humanos?

Conservamos aún el recuerdo del Año Internacional de las Personas Mayores: Una Sociedad para Todas las Edades, decretado por las Naciones Unidas en 1990. ¿Son nuestras sociedades actuales verdaderas sociedades para todas las edades? Este tema merece una atención específica a la hora de reflexionar sobre las nuevas prioridades del pos-Covid.

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