Demasiados tristes

05 de enero 2026 - 03:05

El año empieza con las campanadas y confirma su llegada con los acordes de la Marcha Radetzky que este año fue seguida de una ovación de gala. La dirección del maestro canadiense Yannick Nézet-Séguin trajo a la Sala Dorada de la Musikverein la alegría y frescura de unas piezas de baile nacidas para ser interpretadas en cafés, restaurantes y salones. Valses, polkas y mazurcas provienen de danzas campesinas que los Strauss, junto a maestros como Lanner, Ziehrer o Waldteufel acabaron llevando a las salas de conciertos como el famoso Kursalon vienés y hasta a los bailes palaciegos sin dejar de deleitar a sus conciudadanos desde los templetes de los parques.

Y ahí estaba yo, disfrutando de la genialidad, viveza, exquisitez, elegancia y musicalidad de una mañana inolvidable en la que se cumplió esa deliciosa idea de que la tradición no es la adoración de las cenizas sino la preservación del fuego y que no hay modernidad sin tradición, cuando me dio por ver qué se decía en prensa y redes sociales. Craso error. Como vivimos en el mundo del quién y no del qué, tuve que leer toda una panoplia de, no sé ni como calificarlas, pero digamos opiniones, en las que se alababa el concierto exclusivamente por el hecho de la estética personal y manifiesta, amén de conocida, homosexualidad del director. Y como estas pamplinas tan woke siempre las compensan las de los wokes de enfrente acabé leyendo infinidad de condenas por idéntica causa. Lo más llamativo es que ni unos ni otros decían una palabra sobre la música. Se ve que las militancias políticas radicales generan sordera, amén de irracionalidad.

Vistos los comentarios contrasté una vez más lo tristes que son los conservadores y lo que les molestó que el Concierto no fuera este año un funeral como alguna vez sufrimos con Welser-Möst; porque se ve que para ellos sólo vale lo de siempre, como ocurre al otro lado con el progresista de salón que en su adoración por la modernidad se convierte en novólatra. Aunque reconozco que peor aún son los reaccionarios y revolucionarios, que suman a esa tristeza atávica, la cargante exigencia, por parte de los primeros, de volver a las Cuevas de Altamira antes de que las pintaran o la iconoclasia de los otros para acabar con todo lo que nos precedió y crear un nuevo orden artístico que no admita controversia alguna. Y es que la alegría siempre es patrimonio de los que defienden la Libertad en todos sus ámbitos.

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