La puerta de Cristina

24 de enero 2026 - 03:04

Hay una puerta cerrada que no es como las demás. No porque sea más vieja o pesada, sino porque detrás ya no está la vida que había hace una semana. Y esa puerta, la de la casa de Cristina, en Aljaraque, algún día habrá que abrirla. Aunque nadie quiera. Aunque abrirla parezca aceptar lo que todavía no se entiende. Me imagino a los abuelos subiendo las escaleras con la llave en la mano, despacio, como cuando no quieres llegar. Porque lo peor no es entrar. Lo peor es lo que te recibe: que la casa está igual. El abrigo en el perchero, el olor a limpio, la cocina con sus cosas, la nevera con comida, una taza por fregar. Como si la vida siguiera allí, esperando. Pero no vuelven. Se nota en seguida, aunque no se vea. Falta ese ruido que hacen las madres sin darse cuenta: el orden de las cosas, el gesto de estar pendiente, la costumbre de dejarlo todo medio preparado para mañana. Falta el padre, esa tranquilidad que algunos hombres dan cuando están en casa, aunque estén en silencio. Falta el hermano, porque donde había protesta adolescente ahora hay un hueco demasiado limpio. Y falta el primo, como se notan las visitas de los niños: un vaso de plástico, una chaqueta que no es de allí, un juego que quedó a medias. Cristina tiene seis años. La encontraron caminando sola por las vías tras el choque de trenes en Córdoba. Sola es una palabra pequeña, pero aquí pesa como una losa: una niña andando entre hierro, polvo y sangre, con el mundo roto alrededor. Iban a Madrid a ver El Rey León y el partido en el Bernabéu. Un plan normal. Un viaje normal. La ilusión pequeña que te sostiene una semana entera. Y luego llegan los detalles, que son lo que mata: la mochila, los dibujos, el pijama doblado, un muñeco en la cama. Una vida entera cabe en un cajón. La felicidad era eso: un desayuno, un “espera que me dejo el móvil”, una risa tonta en el pasillo. Se habla de política, de responsables, de explicaciones. Pero hay algo más simple que lo cambia todo: una niña de seis años que sale sola de una tragedia y se queda sin padre, sin madre, sin hermano y sin primo. Ahora, aferrada a la mano de sus abuelos. Y entonces aparece una pregunta que no es de ideologías, sino de conciencia: ¿podría Óscar Puente mirarla a los ojos? Frente a frente. Sin frases hechas. Sin escabullirse. En algún momento hay que abrir esa puerta para poder cerrarla. Y seguir. Aunque seguir, a veces, sea solo respirar.

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