Manual de disidencia
Ignacio Martínez
Tres Málagas en el espejo
Hipocondríaco a muerte, como es uno, me veía en las últimas. Otra vez. Estos días no tengo fuerzas, me duelen los huesos, sufro un ubicuo desánimo metafísico, padezco desinterés político, me asola el desamparo pedagógico y he perdido el reprís poético. Me hallaba, de nuevo, en lo peor, despidiéndome –adiós, gracias, adiós, donaires– del mundo. Hasta que por fortuna me he acordado de que por estas fechas solía sufrir una sobredosis de astenia primaveral. Y todo me ha encajado.
Se me había olvidado quizá desde que tuve niños pequeños y todo el año era follón primaveral. Antaño, todos los finales de febrero, escribía mi artículo ad hoc, como hago con el Miércoles de Ceniza o los Reyes Magos. Ahora, con los niños mayores, ay, y fuera de casa, ay, ay, la astenia ha vuelto a casa por primavera.
Dándome tres alegrías en una. La de que las cosas naturales siempre vuelven, que es algo que alegra a un conservador que ha leído a Unamuno. La de la enfermedad gravísima que, por ahora, hemos vuelto a esquivar. Y, por último, que vuelva la primavera, que tras este invierno de aguas mil ya toca y promete ser esplendorosa. Hace poco vi la primera golondrina, que eran muchísimas de golpe, y también está el campo lleno de majestuosas cigüeñas. La primavera ha venido.
La astenia, siendo incómoda, nos trae además una feliz lección moral. Es un abatimiento por el esplendor, un desfonde paradójico, una aprensión ante la exultación. ¡Si existiese la astenia invernal todo sería más coherente! Pero menos hermoso y didáctico.
Cuando llegue la verdadera desgracia, llegará; mientras, los agobios que tenemos comparten el mecanismo contraintuitivo de la dichosa astenia. Ando muy nervioso por lo mucho que tengo que trabajar, sí, pero peor sería no tener trabajo. Me da pena no pasear tanto con mi mujer, pero resultaría bastante horrible que me destrozase tener que verla tanto. Desatiendo a los amigos, y eso significa que tengo amigos que tendría que estar atendiendo. Echo muchísimo de menos a mis hijos adolescentes y lo espantoso sería estar feliz de haberlos perdido de vista. Todo es melancolía ante la exaltación primaveral. Y está bien descubrirlo y dejarlo por escrito. Ya que uno no está, vaya usted a saber por qué, para muchas risas, al menos siempre puede reírse a pleno pulmón de sí mismo.
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