Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

La mar de enero

He seguido con vivo interés la polémica sobre los chiringuitos de Cádiz. Parecía de la especialidad del nuevo ministro de Sanidad, esto es, filológica: los chiringuitos, hibernarían o invernarían, ésa era la cuestión. Esto es, ¿pasarían el invierno recogidos, aletargados, ovillados en el paro, esperando el deshielo; o se lo pasarían alimentándonos y alimentándose? La cuestión presentaba complejas aristas jurídicas, medioambientales, de ingeniería, de política social y de sociología política. Al fin se ha impuesto el simple pliego de condiciones: la licencia era hasta el 30 de noviembre, y punto. Se han desmontado.

El tema, en cambio, sigue abierto. De toda la vida, los chiringuitos, como las bicicletas, han sido para el verano. Las playas, en invierno, se convertían en pozos de melancolía, busquimanos aparte. Felipe Benítez Reyes, como buen indígena, ha escrito versos bellísimos sobre esa desolación de a partir de finales de septiembre con que los habitantes de pueblos y ciudades de veraneo nos asomábamos de vez en cuando al desamparado litoral.

La melancolía es un sentimiento imprescindible, pero, como hoy encontramos tantos motivos para ella por todas partes, quizá podríamos permitirnos prescindir de la soledad y la bruma de nuestras playas invernales. Además, debido a la situación económica, cuantos más frentes sostengamos contra el desempleo mejor. Y hay que tener en cuenta la calefacción y, ya puestos, el calentamiento. Si los chiringuitos, gracias a las cristaleras corridas, a las setas de calor, a los anticiclones, pueden estar abiertos en invierno, abrámoslos o, mejor dicho, no los cerremos.

Qué maravilla vivir todo el año de cara al mar. Que se acabe, si acaso, la temporada de baños, pero que no se cierre la temporada de playas.

Las de Cádiz capital todavía se disfrutan algo más, pues son urbanas; pero grandes playas de la provincia están muy desafortunadamente desaprovechadas. Más allá de los chiringuitos, habría que volcarse en ellas -aunque no sean meses de tenderse al sol- para hacer deporte, pasear, pensar, charlar…

Desde un chiringuito, con una taza de café caliente o una copa cálida, o desde la misma orilla, la belleza del mar de invierno es incomparable. Un reconocido experto internacional en la materia, Rafael Alberti, dejó claras sus preferencias estéticas en cuatro trazos: "¿Marzo?/ ¿Abril?/ ¿El mes de mayo?/ ¡Más verde es la mar de enero!"

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