Manual de disidencia
Ignacio Martínez
Un PSOE andaluz sin pulso
Antes de que en Irán triunfara la revolución de los ayatolás, la comunidad chií del Líbano era de las más pacíficas de este país artificial, nada que ver con sus compatriotas cristianos y suníes que habían convertido el caserío de Beirut en un homenaje al queso de Gruyere. Financiado por el régimen iraní, Hezbolá creció como partido y milicia, únicamente, concebida para saetear a Israel. Lo mismo ocurrió con Hamas, un invento iraní, engordado por Israel para socavar a la Autoridad Nacional Palestina. O con los hutíes de Yemen. Desde su fundación como república islámica, Irán ha exportado la desestabilización a toda la región para aniquilar a Israel, ha proseguido con su programa de enriquecimiento de uranio y se ha pertrechado de un colosal arsenal de misiles balísticos y de drones. El estrecho de Ormuz le ha servido durante décadas como instrumento de presión y de defensa.
La rivalidad entre Israel e Irán ha estado llamada a caer, desde el inicio, a una nueva trampa de Tucídides, a un choque inevitable entre una potencia emergente y otra dominante, como sucedió entre Atenas y Esparta y ocurrirá entre China y Estados Unidos.
La guerra emprendida por Donald Trump carece de estrategia, pero Israel sí sabe para qué la comenzó, se trata de debilitar la fuerza estratégica del régimen iraní, bien para aniquilarlo, para lo que necesitaría un apoyo interno que aún no ha adquirido una masa crítica, bien para agotarlo y destruir todas sus capacidades. Al estilo de Benjamin Netanyahu, se trata de la destrucción total del enemigo sin valorar ni el factor humanitario, como acabamos de ver en Gaza y ahora en Beirut, ni la opinión de los países vecinos más tolerantes con su existencia, que se están viendo envueltos en una guerra regional. Desde el principio ha quedado claro que su objetivo es escalar y extender el conflicto.
Israel ha sido el inductor y el guionista de esta guerra, ha liquidado a Hamas en Gaza, está ocupando Cisjordania, se quedará con una franja del sur del Líbano y dejará a Irán en una debilidad extrema. Sólo los líderes fuertes saben cómo manejarse con Trump, y Netanyahu es uno de ellos, Putin y Xi son los otros dos, tipos malvados que no van a temblar ante las amenazas de un narcisista tan infantil como peligroso. Sánchez y Meloni también le han tomado la medida.
Este nuevo ataque era, en efecto, inevitable, pero ello no supone un respaldo moral, ninguna guerra preventiva debería ser emprendida si no va a resguardo de cierta legalidad internacional. Había tiempo aún, el riesgo no era inminente y no existieron avisos de ataques, pero Benjamin Netanyahu tiene mucha prisa y manda, y Trump le sigue.
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