Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ayesa como síntoma
"NI el pasado ha muerto, ni está el mañana, ni el ayer escrito". Si hacemos caso al proverbial poema del sevillano Antonio Machado, debemos pensar que de la historia queda mucho por escribir. La tarea de recopilar información pretérita y saber ordenarla con un noble sentido didáctico, no es empresa fácil. Y si no que le pregunten a mi amigo Antonio Gutiérrez Ruiz, que autopublica ediciones sobre las mansiones y linajes de esta ciudad.
Su pasión por estos menesteres lo lleva a investigar durante horas en bibliotecas y anaqueles, registros, padrones, matrículas y archivos públicos y privados para encontrar el dato exacto en el nombre, en la fecha o en el árbol genealógico. Y es que a través de esta actividad podemos contestar a una pregunta siempre inquietante que también se hace la física cuántica, la filosofía y la teología: ¿de dónde venimos?
En el último volumen que ha cocinado con esmero y dedicación de años y que lleva por título el bello nombre de Cuatro rosas de piedra (el VI de la serie Mansiones y Linajes), a mi me responde a esa pregunta con exhaustiva precisión, ya que el libro versa sobre la familia Fleming, que es el segundo apellido de Ana María Lanzarote, mi madre.
La interesante investigación realizada por Antonio Gutiérrez cuenta que la saga familiar de los Fleming fue fundada por John Fleming, de origen irlandés y Elena Geynan, establecidos aquí en el primer tercio del siglo dieciocho para realizar actividad de negocios de la Carrera de Indias. En ese matrimonio que tuvo seis hijos varones, y vivieron como propietarios en la casa situada entre las calles Larga y Descalzos, está la génesis de la saga familiar en El Puerto, que actualmente cuenta con veinticuatro miembros de la misma que mantienen como primer o segundo apellido el de Fleming.
Puede que este estimable lector no lo sepa, pero Antonio Gutiérrez firmó muchos artículos en este periódico allá por los años sesenta que iban acompañados por las fotos de Rafa. Y es que debemos agradecer a su tía Rosario Ruiz Palomino que tuviera a bien enseñarlo a leer, para que con los años nos regalara sus meritorios escritos.
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