La tribuna

antonio Montero Alcaide

El esclavo catedrático

LAS lecciones del ejemplo siempre han resultado socorridas para estimular el empeño y la voluntad; todavía más si se toma como referencia el testimonio de quienes todo lo tuvieron muy difícil, de tal modo que resultara casi inimaginable alcanzar méritos, distinción y reconocimientos. Destacada muestra es la de un esclavo negro, en la Granada del siglo XVI, que consiguió tres logros en principio vedados: la especial protección y los continuos cuidados de su dueño, el matrimonio con una mujer blanca y aristocrática, y la excelencia de su saber al ocupar una cátedra -la de Gramática en la Iglesia catedral de Granada- que era pretendida por aspirantes de condiciones más a propósito e influyentes.

De todo ello, entonces, se ocupan las bien aderezadas páginas de un libro, Juan Latino. El esclavo catedrático (Eirene, 2014), con el que su autor, Eduardo Soler Fiérrez, no sólo rinde memoria a tan singular personaje histórico, sino que hace del marco, de la historia, un provechoso relato de trasfondos. Así lo avala el catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Granada Manuel Barrios Aguilera, que aporta un pórtico de palabras como homenaje de amistad y de justicia, y hace un guiño a la ingenuidad del asombro: "Todo ello está relatado en forma sencilla, directa, sin ocultar el afán vindicativo desde un humanismo vital en tiempo de antihumanismo generalizado, con una pizca incluso un tanto demasiado ingenua de asombro".

¿Quién fue Juan Latino? Su nombre originario, Juan de Sessa, da más pistas por corresponder al del ducado de su dueño, el tercer duque de Sessa, Gonzalo Fernández de Córdoba, nieto del Gran Capitán. No se despejan del todo las dudas sobre si nació, en torno a 1518, en África o si ya lo hizo como esclavo en Baena, pues su madre así lo era, sin que se sepa del padre aunque rumores había sobre la paternidad del segundo duque de Sessa, Luis Fernández de Córdoba; lo que haría de Juan de Sessa y de Gonzalo Fernández de Córdoba hermanastros. Pero la biografía del esclavo roza el milagro en palabras del autor: "Al adentrarnos en su biografía no se sabe si estamos ante un gran misterio o un sorprendente milagro, porque el interrogante más común del investigador que lo estudia es éste: ¿Cómo pudo ser? ¿Cómo llegó a darse? A preguntas como estas quiere dar respuesta este libro?".

Puesto que su lectura es más que recomendable, este adelanto sólo da algunas notas. Juan de Sessa sirvió y acompañó, desde niño, a Gonzalo Fernández de Córdoba, del que era poco años mayor. Circunstancia que le permitió escuchar las enseñanzas de los preceptores que acudían a la casa -pasó casi desapercibido que aprendiera a leer y escribir-, y hasta aplicarse tras las puertas de las aulas, en los estudios superiores, cuando llevaba los libros y los enseres del pequeño duque; cuyos condiscípulos reconocían el talento del esclavo, que empezó a ser llamado "Latino" por su desenvoltura en la lengua clásica. Pudo acceder también a la biblioteca de la casa ducal con la complacencia de su dueño, que siempre le ofreció protección. Juan de Sessa, en esas condiciones y con sus especiales dotes, pudo adquirir conocimientos que acrecentó con una constante dedicación al estudio.

Dispuso además del apoyo decidido de la jerarquía eclesiástica; particularmente, del arzobispo de Granada, Pedro Guerrero, pues el esclavo tuvo un profundo sentido religioso y una fe expresa, además de cultivar y difundir el humanismo cristiano. Condiciones que dejaron sin argumentos a los cristianos nuevos, enfrentados a él para obtener la cátedra o cerradamente disconformes ante su matrimonio con una mujer blanca y principal. Ésta era Ana Carlobal, hija del regidor Pedro Carlobal e inquieta por los saberes y, a lo que se ve, por el atractivo, la desenvoltura y la persuasión del esclavo, bien ilustrado, que le impartía lecciones: "La hija (…) se descosió la manera, y la primera vez que Juan Latino vino a enseñarla le metió la mano por la manera, y sin vergüenza hizo esto tantas veces que le ganó la voluntad y la desvirgó y empreñó. Al cabo de nueve meses, como fue descubierta, se supo de quién era la criatura, porque era una mulata". De suerte que tuvieron que interceder el arzobispo, el duque y el mismo Juan de Austria, que autoriza la boda en nombre del rey Felipe II, para deshacer el entuerto, una vez manumitido el esclavo. Sostiene el autor, por ello, que Juan Latino vivió una segunda esclavitud, la del amor, que le procuró una larga vida familiar con su amada y cuatro hijos.

Singular biografía la de este esclavo, el único escritor negro conocido de la España renacentista, que ocupó una cátedra universitaria e hizo afamada escuela de su magisterio. Mas no se olvide -así conviene sobre todo en las excepciones- que, tal como afirma también el autor, "la historia de la esclavitud es la historia de la barbarie".

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