El antifaz

08 de marzo 2026 - 03:07

El 8 de marzo parece un buen día para hablar, por fin, del burka. La propuesta de prohibirlo ha hecho correr ríos de tinta, pero no la mía. Hasta hoy. Lo extraño es que la izquierda se haya erigido en defensora del velo integral.

Como han señalado algunos, es un fenómeno cuantitativamente marginal; pero eso, al revés de lo que añaden, no debe desanimar a la prohibición. La hace más hacedera, pues no provoca ningún problema social. Es sencillamente una defensa cualitativa de las mujeres, porque el burka es una imposición –sin duda ninguna– heteropatriarcal. Tanto ver fantasmas en ceder el asiento en el metro o dejar pasar por delante de una puerta… y cuando tienen el Frankenstein auténtico ante las narices no lo ven: ¡como si llevase burka! Tampoco conlleva una vulneración grave de la libertad religiosa. El burka ni siquiera es una prescripción unánime del islam, que permite formas mucho menos alienantes, como el hiyab, de cumplir sus preceptos.

Es, por tanto, una cuestión casi simbólica. David Cerdá insiste en algo muy evidente: el racismo latente de los que sostienen que a otras culturas pueden permitírseles cosas que, para la nuestra, consideraríamos alienantes. Piensen en lo que dirían estos feministas y estas feministas de un padre o incluso de una madre que aconsejase a su hija salir con una falda algo menos corta… Mientras que para el resto de las mujeres se propone un firme decisionismo en todo lo que hace relación a su cuerpo (y más allá), para el burka se deja –como de hecho ocurre– que decidan otros miembros de la familia.

La posición de la izquierda española es tan débil que lógicamente han dicho muchas incoherencias. Por ejemplo, lo de Ada Colau (y otros del equipo) de que también habría que prohibir los capirotes de Semana Santa. Es un argumento tan tonto de capirote que casi no lo analizamos. Error: cuanto más tonto es algo, más análisis requiere. Con la inteligencia basta el asombro o el entusiasmo. Sin embargo, Ramón Lacave de Aspe, en esas viñetas humorísticas tan atinadas que él hace, ha dado con la clave. Por supuesto, que el antifaz nazareno es voluntario y que es ocasional, sí, pero es que es, sobre todo, penitencial. Tiene una naturaleza purgativa y sacrificante. La comparación de Ada Colau, contra todo pronóstico, termina aclarando el debate.

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