Quién no se ha hecho un Saldaña con dos copas de más al volante, pensando que no le pillarían y jugando con su salud y la de los demás? El problema añadido del aún portavoz del PP en la Diputación, más allá de las tonterías que dijo para empeorar las cosas, es que lo pillaron en el peor momento. Si hubiese dado la cara, en vez de quitarse de en medio, el pueblo tendría algo más de piedad. Pero teniendo en cuenta la crispación del personal, su pronóstico es reservado. Es más, la mayoría no le perdonará, porque a su grave imprudencia, hay que añadirle que la sociedad está envenenada precisamente por discursos tan afilados y partidistas como el suyo: o conmigo o contra mí, o blanco o negro.

Hoy el patio está tan revuelto, que dan ganas de votar sólo a tu equipo. Si la derecha más radical, dejando claro que la gestión del Gobierno le parece un disparate, mantuviese la lealtad institucional en vez de alentar las caceroladas, todo el mundo aplaudiría. Y lo mismo cabría exigir a los profesionales de la confrontación de la extrema izquierda. A este paso, la sociedad perderá la poca razón que le queda. Ya no se gastan ni bromas en el guasap por culpa de los que, como Saldaña y los de su generación, tensionan el ambiente como un juego de niños. Quizá lo hagan porque desestabilizar es más fácil que dirigir al país hacia el futuro. Y porque cualquier bulo cuela, por inverosímil que sea. No pocos se quisieron creer que Podemos desplegó la bandera de Corea del Norte en Málaga tras hacer una soga con la bandera de España. Y otros tantos se tragaron que el PP aconsejaba a los pobres que acudan al curandero cuando no puedan pagarse un médico. Todo depende de la afinidad política con que se mira. Y no hace falta ser un lince para adivinar hasta qué punto se elevará la temperatura si todo un Saldaña mete la pata.

Al coronel de la Guardia Civil, triplicar la cantidad de alcohol permitida le costaría el puesto; al presidente de la Audiencia, más que el destino. Y a tenor de su vara de medir cuando el delito lo comete el rival, Saldaña ya estaría tardando en dimitir. Es lo que tiene poner el listón tan alto, que al final pruebas tu propia medicina. Pero lo más curioso es que su partido le mostrara la salida antes de que lo hicieran los contrarios, aunque al final el PP rectificara, según las malas lenguas, porque amagó con largarse junto a los que firmaron un pacto de sangre con él en las municipales. La jefa de los populares gaditanos, Ana Mestre, ha quedado un tanto desautorizada. Quizá porque debió surfear en vez de oír a los que querían ajustarle las cuentas por la vía rápida. Ya se sabe que las cosas no siempre son lo que parecen y que conviene enfriar los asuntos antes que decidir en caliente. ¿Le habrían dejado caer tan pronto si fuera alcalde? Saldaña conoce bien su oficio y está mejor preparado que la media, pero se vino tan arriba, que ya no escuchaba ni a los que le quieren. Ahora que lo han sentenciado hasta algunos de sus colegas, le espera una condena que irá mucho más allá de los ocho o diez meses que le caigan y lo sabe. No en vano, ha sido experto en asetear a sus rivales con sus penas de por vida. Es la política que nos asiste. Ayer, al menos, Saldaña trató de alejarse de ese puntito de prepotencia que le adorna al disculparse de nuevo. Y también dijo que no piensa dimitir. Parece que el test de alcoholemia que a todos nos mide por igual le ha regalado una lección de humildad. Ahora lo cierto es que al final sus paisanos serán los que digan cuándo tendrá que dejar la política.

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