Su propio afán

Piropos y caricaturas

Qué cursi resulta esto de escandalizarse por todo, ¡ay, las sales!, como las marquesas del teatro

Critican los piropos… y las caricaturas. Dan ganas de preguntar: "¿En qué quedamos?" No se puede exaltar (a las damas) ni denigrar (a los políticos). Nos confinan en el estrecho margen de los datos sin sal ni pimienta emocional. Coinciden una campaña contra el elogio volandero y una indignación por la burla Puigdemont en el carnaval de Cádiz, entre otras.

Lo complicado es que los adustos censores tienen razón, menos en su censura. No soy forofo de los piropos, que lo mejor que han dado es la definición de Eugenio d'Ors: "El piropo es el madrigal de urgencia". Tampoco me gusta la sal gruesa en la crítica política y mucho menos jugar, como hicieron aquí, con la idea de guillotinar a nadie.

Los piropos no me gustan por innecesarios, no porque no los piense. No los digo, timidez aparte, porque no hace falta recordarle a voz en grito a una chica guapa que lo es. Ella ya lo sabe. Valdría más lanzarlos a las chicas menos guapas para subirles la autoestima, pero en cuanto me fijo, las veo guapísimas. Además, está la paradoja de la autoestima. Si es "autoestima", a cuento de qué voy a subirla yo: sería "exoestima".

La crítica política también la prefiero fina, como el calabobos que se merecen. Pero -nos ha recordado Felipe Benítez Reyes- el carnaval implica una distorsión que "deriva a menudo en lo grotesco y en la sal gorda, a veces en lo chusco e incluso en la cursilería". Observen el toque del maestro: peor que lo grotesco y que lo chusco, dónde va a parar, es la cursilería. Y qué cursi resulta esto de ahora de escandalizarse por todo, ¡ay, las sales!, como las marquesas del teatro, mas más posmodernas.

La libertad de expresión implica unos límites porosos, mucho más allá del buen gusto, llegando hasta el Código Penal, que sí tiene que ser severo. Pasa con todas las libertades: requieren el poder de malbaratarlas. Así que, incluso los que no estamos por la labor del madrigal de urgencia (los preferimos reposados, velados, al oído) ni por el sarcasmo brutal (nos entusiasma la ironía), hemos de pedir moderación en la censura y vista gorda.

En principio, por principios; pero también por egoísmo. No queremos que lo que es una elección moral y un esfuerzo intelectual (gozoso) acaba confundiéndose con el acatamiento de un imperativo político. Los tímidos del mundo defendemos a los gritones e histriónicos para que luego nadie confunda nuestro susurro con miedo o sometimiento.

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