Yo te digo mi verdad

Nadidad

Los gobiernos multiplican su irresponsabilidad y recomiendan a la gente que no salgan si no es para comprar compulsivamente

El espíritu de la Navidad aún parecía vivo cuando en los frentes de guerra las fuerzas enfrentadas decidían hacer una tregua por unas horas o días. Ahora, ese espíritu que cada vez es más su sinónimo, o sea un fantasma burlón, pretende ser salvado abriendo y masificando los centros comerciales y los negocios de hostelería. Se hace gala así de una ingenuidad tal vez interesada, como si el Covid-19 fuera a responder a nuestra oferta de tregua sacando la bandera blanca. Las autoridades vacilan (en el sentido de dudar, no seamos malpensados) en cuanto a las medidas sanitarias de prevención, si el toque de queda o la libertad de movimientos deben ser más amplias o más restrictivas, pero tienen claro lo que quieren decir cuando hablan de "salvar la Navidad": ayudar al comercio, incentivar el gasto, en lo que sea. La Nadidad.

Pobre de esa Navidad que nació hace más de dos mil años en un más que humilde establo, protagonizada por una familia de desplazados sin asilo y saludada con alborozo por una buena parte de los más olvidados, si hemos de creer los relatos que alegraron y llenaron de buena voluntad nuestra infancia. Escucha uno ahora esa palabra divina y lo primero que se le viene a la cabeza son nombres en inglés del tipo Black Friday, Amazon y Mediamarkt. Lo más llamativo es que casi todo el mundo, cristiano o no, parece empeñado en que asociemos esos sonidos y que, por un reflejo pauloviano, sintamos la necesidad de otro aparato electrónico. La buena nueva universal de esta ya bien alimentada Nadidad que nos dará paz a nosotros en la Tierra y gloria a Jeff Bezos en las alturas es la de "compraos los unos a los otros como si os comprárais a vosotros mismos".

En la Tierra, los muchos gobiernos multiplican su irresponsabilidad y recomiendan a la gente que no salga mucho a la calle, si no es para comprar compulsivamente y en masa a salvar la Nadidad. El ciudadano ideal ahora mismo sería el que, llevando mascarilla y con la PCR negativa en el bolsillo, se dirige a consumir al centro comercial, parando en cada tienda local y en cada bar que encuentre.

En esta locura, pocos se paran a pensar, por ejemplo, cuánto más efectivo sería, si se quiere ayudar a comerciantes, hosteleros y sus empleados, dedicar esos cientos de millones en alumbrados a dárselos directamente y que puedan mantener sus locales cerrados y sin riesgos para nadie.

¿La ilusión? Déjennosla a los ilusos que seguimos creyendo en el mensaje de aquella primera Navidad.

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