En tránsito
Eduardo Jordá
Mon petit amour
COMO la mayoría de los niños de mi generación, yo también tuve una tía monja. De clausura y dominica. Cuando murió, ya hace unos años, la familia heredó un patrimonio tan sobrio que parece un verso de César Vallejo: el cilicio para la mortificación y un ábaco para el balance. Fue una gran mujer. De entre las muchas cosas que aprendí de ella quiero destacar dos. La primera, que hay dos tipos de mentiras toleradas: el embuste piadoso y aquel engaño con el que se obtiene un bien muy superior al pecado cometido. Y, en segundo lugar, que los pellizcos de monja son dolorosos... Me he acordado de ambas lecciones al ver la campaña de la Conferencia Episcopal contra el aborto y, en concreto, los carteles en los que aparece un niño rechoncho al que nadie (¡nadie!) sería capaz de negarle una caricia, junto a un lince, esa especie protegida que quita el sueño a los autoridades de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía.
No hay que ser un lince para captar el mensaje principal y los supletorios. Ciertas especies animales están más protegidas que los no nacidos. Por ejemplo, qué casualidad, el lince, con lo que se incorpora a la alegoría de la campaña religiosa una sugerencia que, desde el punto de vista político, no es superflua: el lince aludido podría ser el lince de Doñana, uno de los que amamanta el socialismo andaluz.
¿Y el niño? Es un niño del que cualquier padre se sentiría orgulloso. ¿Pero hablamos de niños o de embriones? ¡Ay, la mentirijilla, el embuste blanco! Todas las campañas antiabortistas utilizan el mismo ardid: confundir como quien no quiere la cosa el embrión con el niño. El secretario de la Conferencia Episcopal, José Antonio Martínez Camino, ha declarado al hilo de la polémica sobre el bebé sevillano seleccionado genéticamente para salvar a su hermano:"No se pueden seleccionar niños para vivir y niños para morir". ¿Cómo "niños para morir"? ¿No han conseguido los médicos salvar a uno? ¿Quién ha matado a niños? ¿De qué hablamos? Ya que la Iglesia pretende suscitar el debate científico sobre si el nasciturus es un ser humano dotado de alma o un proyecto de vida, podría empezar evitando los equívocos y las mentirijillas toleradas.
Y dado que la cita, o incluso la intertextualidad, es bien recibida, concluyo con una de Mario Vargas Llosa: "La falacia mayor de los argumentos antiabortistas es que se esgrimen como si el aborto no existiera y sólo fuera a existir a partir del momento en que la ley lo apruebe. Confunden despenalización con incitación o promoción del aborto y, por eso, lucen esa excelente buena conciencia de 'defensores del derecho a la vida". Lo publicó el 11 de octubre de 1998 en el diario El País.
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