La tribuna

Alfonso Lazo

Media memoria histórica

LOS largos meses del verano político que ahora terminan, cuyo primer protagonista parece necesitado de ayuda profesional, obseso por liberarse de su propio partido y poder dormir al menos una noche en La Moncloa, han discurrido en paralelo con otra política no menos demente desarrollada por la autoproclamada izquierda en ayuntamientos, diputaciones y autonomías. A falta de ideas, convertidas en sumarias ideologías, consejeros, concejales y alcaldes del PSOE y de Podemos dedicaron su tiempo, como si no hubiera problema alguno en España, a montar un escenario de cartón piedra donde volver a representar una guerra de hace ya 80 años.

Retirada de lápidas y escudos heráldicos, cambio de nombre a las calles, figuras y monolitos que se arrancan de sus pedestales, medallas antiguas que se otorgaron y ahora se vuelven indignas… esto ha sido, en efecto, el trabajo de nuestras administraciones de progreso empeñadas en retrotraernos a los tiempos anteriores a julio de 1936. Llama, sin embargo, la atención que tales rememoradores de la gloriosa Segunda República, del heroísmo miliciano durante la Guerra Civil y de los crímenes del franquismo guarden clamoroso silencio acerca de los meses de Gobierno (?) del Frente Popular. ¿Qué oculta un silencio así en este anacrónico revival?

Me contaba el profesor Macarro, uno de los mejores estudiosos de la Segunda República, que en la rebusca de archivos había encontrado cierto cartapacio donde se guardaban las listas de los grandes propietarios de tierras que hacían donación gratuita de sus fincas poco después del triunfo del Frente Popular (febrero del 36). Va de suyo que aquellas donaciones no respondían ni a sentimientos filantrópicos ni a caridad cristiana: era un desprenderse de toda responsabilidad sobre propiedades que estaban siendo okupadas por anarcoides multitudes campesinas. Pero tampoco hacía falta ser un latifundista para experimentar en carne propia el cambio de los tiempos. En los pueblos del sur de España, relata en sus diarios el mismísimo presidente de la República Alcalá-Zamora, los vecinos tenidos por conservadores únicamente podían salir de la localidad con permiso del alcalde comunista o socialista y del Comité del Frente Popular. Hechos de ese tenor, pueden cuantificarse por centenares, son los que silencia a conciencia la Ley de la Memoria Histórica, porque dejan al descubierto que el triunfo electoral de aquellas izquierdas supuso el fin de la Segunda República como Estado de derecho. La Guerra Civil no fue la defensa de la democracia republicana contra la dictadura; fue el odioso choque de dos aspiraciones tiránicas, hermanos siameses totalitarios pegados por las espaldas. De ahí que resulte impresentable lo que nuestros señores de Andalucía llaman Memoria Democrática. Cuando en el estudio del pasado se oculta la mitad de la verdad, la memoria evocada pasa a ser media memoria, es decir, mentira entera. No es un despropósito suponer que si la victoria en la guerra hubiera sido la del bando republicano España se habría convertido en lo que el comunismo llamaba, hasta la caída del muro de Berlín, Democracia Popular.

Sostiene Leo Strauss, uno de los grandes de la filosofía política del siglo XX (murió en 1973), que la tiranía sólo surge tras "el desmoronamiento del orden constitucional democrático"; tiranía, además, como justo castigo de un pueblo corrupto y una sociedad decadente en la que se extinguieron las virtudes cívicas. "La tiranía -concluye Strauss- es así inseparable de la sociedad que merece la tiranía"; y da lo mismo, pienso yo, que el tirano pueda llamarse Francisco Franco, Largo Caballero, Carrillo o Pasionaria. La pretensión de que las víctimas de Paracuellos ya fueron homenajeadas durante 40 años y ahora corresponde ignorarlas en beneficio de los fusilados en la plaza de toros de Badajoz o en las murallas de la Macarena, el "ahora nos toca a nosotros", sitúa en el mismo plano totalitario y salvaje ambas matanzas.

Tras un año perdido, no es imposible que Sánchez sea presidente del Gobierno (por investidura u otras elecciones generales) con el apoyo de Podemos y de separatistas variopintos. De ser así, pronto asistiríamos al montaje de una nueva memoria oficial y obligatoria que narrase, en paralelo con febrero de 1936, la heroica lucha de "los partidos del cambio" para liberar España de una derecha inventada, de una concepción imaginaria llamada "cruel gobierno de Rajoy". No han de faltar historiadores subvencionados que colaboren.

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