Madre no hay más que una

Entre los múltiples privilegios de la paternidad está asistir al papel insustituible de una madre

Como doy clases por la tarde, pude quedarme al cuidado de mi hijo con gripe toda la mañana. La casa entera para los dos parecía un plan estupendo. Me imaginaba junto a la chimenea contándole historias salvajes de los caballeros de la Tabla Redonda. Como tiene ocho años, hay cierta diferencia de edad, pero mental no tanta, y solemos pasarlo en grande, muy compenetrados.

Por eso no me esperaba que a las ocho y media de la mañana estuviese preguntándome: "¿Cuánto falta para que llegue mamá?" Su madre llega de trabajar a las cuatro menos cuarto. Y cada cuarto de hora repetía su pregunta, lamentando lo poco que corría el reloj. Ya suponía que yo no iba bajarle la fiebre a base de taumaturgia heteropatriarcal, pero esperaba entretenerlo al menos. No estaba preparado para tanto desdén, y menos de él, con quien tantos planes de hombre a hombre he hecho. Con 39º ni los caballeros de la Tabla Redonda ni siquiera sir Gwain ni yo podíamos entablar ningún duelo singular con su madre.

Recordé entonces que, en sus últimos meses, mi abuelo, ya muy mayor y desconcertado, se suponía en el campo de su infancia y llamaba, con gran dulzura (aquel hombretón de 1'90), a su madre. Nuestro nudo en la garganta era doble, porque se había quedado huérfano con seis años. Pero los hombres, cuánto las necesitamos. Dejan una huella o un hueco que no se borra ni rellena jamás.

Sin nada que hacer más que esperar que llegase de una vez mi mujer, di en pensar la inmensa frivolidad de aquellos que juegan a ver fantástico que a un niño se le prive de una madre. O de un padre, porque nosotros, en otras circunstancias, también tenemos un papel. Cuando la vida se tuerce, como le pasó a mi abuelo u otra circunstancia, qué remedio, claro. Pero por principio y riéndonos la gracia, qué crimen dejar a nadie sin madre o desnaturalizar el maravilloso papel de una madre por una pulsión ideológica o una moda o las ansias de hacer ingeniería social.

Razones y contrarrazones para eso hay muchas y las diseccionan muy bien Jean-François Braunstein en La filosofía se ha vuelto loca y Douglas Murray (que, como él mismo repite en varias ocasiones, puede permitirse decir ciertas cosas gracias a su condición de homosexual) en The Madness of the Crowds. Pero yo me quiero quedar con mi experiencia (agónica hasta que apareció mi mujer) y apelar a la de los lectores. Las cosas elementales es mejor no complicarlas porque sí.

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