Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ayesa como síntoma
HOY se conmemora con un sencillo pero emotivo acto institucional, celebrado en el patio de la Comandancia gaditana, el CLXX aniversario de la creación del benemérito Cuerpo de la Guardia Civil.
En estos tiempos que todo es tan efímero, se trata realmente de toda una proeza que no puede entenderse si no se conoce su historia, pues sus orígenes son los cimientos sobre los que se levanta una de las instituciones más valoradas a lo largo del tiempo por los españoles.
Para ello hay que remontarse hasta dos siglos antes. Tras finalizar la Guerra de la Independencia contra el invasor francés, se agudizó el grave problema de seguridad ciudadana que padecía España y muy especialmente en el ámbito rural.
Para intentar atajarlo, Fernando VII dispuso que las autoridades militares entendieran de los delitos de bandolerismo y se emplearan tropas del Ejército para su persecución.
Sin embargo, los resultados no fueron satisfactorios y la cuestión se fue agravando, fracasando durante los años siguientes diversos intentos de crear cuerpos armados que se encargaran de velar por el orden y la seguridad pública, como por ejemplo los Celadores Reales en 1823 y los Salvaguardas Reales en 1833.
Mientras tanto, la seguridad pública continuó considerándose un problema de carácter militar, cuestión que no era precisamente del agrado del Ejército.
Muy ilustrativa y significativa, a este respecto, lo constituye la carta que el ministro de la Guerra, Manuel de Mazarredo Mazarredo, dirigió el 31 de diciembre de 1843, al ministro de Gobernación, José Justiniani Ramírez de Arellano:
"Siendo continua la diseminación en que se encuentra la mayor parte de las tropas de Infantería, Caballería y Milicias, a causa de la persecución de ladrones y malhechores de todas especies a que están constantemente destinadas en innumerables partidas y destacamentos, en términos de no poder atender como conviene al servicio de las guarniciones y demás que les son peculiares; y no pudiendo esto dejar de producir males inmensos, como V.E. conocerá, a la disciplina del Ejército …".
En la misma carta, el ministro de la Guerra proponía la solución, ya que por entonces no existía todavía un cuerpo de ámbito estatal que velara policialmente por el orden y la ley:
"Se hace preciso tratar de remediarlo, lo cual pudiera hacerse por medio de una fuerza pública que bajo dependencia inmediata del Ministerio de la Gobernación del digno cargo de V.E. y con la denominación que fuese más adecuada, se organizase convenientemente, relevase a las tropas de aquel servicio y se encargase de él en todos los pueblos, caminos y demás puntos de la superficie de la península".
El primer paso firme, serio y con vocación de futuro que se dio para afrontar el grave problema de la seguridad pública fue casi un mes después, al crearse, mediante real decreto de 26 de enero de 1844, el Ramo de Protección y Seguridad, en el seno del ministerio de Gobernación.
El segundo paso se dio el 28 de marzo siguiente, al dictarse un real decreto que disponía la creación del "Cuerpo de Guardias Civiles", de carácter civil y dependiente del Ministerio de la Gobernación, "con el objeto de proveer al buen orden, a la seguridad pública, a la protección de las personas y de las propiedades, fuera y dentro de las poblaciones", si bien, en cuanto a la organización y disciplina, dependería de la jurisdicción militar.
Dos semanas después, por real orden de 12 de abril, dimanante del ministerio de Gobernación, se dispuso que se procediera a organizar el nuevo Cuerpo por el ministerio de la Guerra, habida cuenta el deseo de Isabel II de, "ofrecer un alivio y una recompensa a la clase militar que tan acreedora se ha hecho por su lealtad, su valor y su constancia durante la última guerra y en repetidas ocasiones".
Tres días más tarde se comisionó al mariscal de campo y II Duque de Ahumada, Francisco Javier Girón y Ezpeleta, como su director de organización.
Éste se encontraba entonces en Barcelona desempeñando el cargo de inspector general militar y gozaba de un acreditado prestigio. Puesto inmediatamente a la tarea, remitió el 20 de abril, un detallado informe en el que expuso con toda claridad y contundencia sus enmiendas y reparos al contenido del real decreto de 28 de marzo.
Desaprobó expresamente la implicación en el servicio, régimen interior, disciplina, ascensos, nombramientos, etc., bajo la libre designación de los jefes políticos de las provincias (figura antecesora de los gobernadores civiles), donde los guardias civiles prestarían sus servicios, la carencia de un inspector general, lo mezquino de sus sueldos, etc., al considerar que todo ello perjudicaría gravemente la perdurabilidad del nuevo Cuerpo. No podía caerse en los mismos errores que se cometieron en las fracasadas instituciones policiales anteriores. ¡Y esta vez no se cayó! El duque de Ahumada fue tan convincente en su exposición y motivación que se le autorizó a redactar una nueva propuesta.
El 3 de mayo el teniente general Ramón María Narváez Campos asumió la presidencia del consejo de ministros, sustituyendo a Luis González Bravo, así como la cartera del ministerio de la Guerra.
Narváez ratificó la continuidad del duque de Ahumada y apoyó firmemente su propuesta, la cual dio lugar al tercer y definitivo paso para afrontar resolutivamente el problema de seguridad pública en la época.
Tan sólo diez días después, el 13 de mayo, al dictarse un nuevo real decreto por el que se daba finalmente carta de naturaleza al Cuerpo de la Guardia Civil.
Conforme al mismo, la nueva fuerza veía refrendada su naturaleza militar, quedando sujeta, según se disponía en su artículo 1º, al "Ministerio de la Guerra por lo concerniente a su organización, personal, disciplina, material y percibo de sus haberes, y del Ministerio de la Gobernación por lo relativo a su servicio peculiar y movimiento".
Tal día como hoy, hace justo 170 años, la Gaceta de Madrid, antecedente histórico del actual BOE, publicaba en la primera página de su número 3.530, correspondiente el 14 de mayo de 1844, dicho real decreto.
Aquellos primeros guardias civiles, precursores de los actuales, acreditaron que el honor era su principal divisa, conservándolo sin mancha; fueron prudentes sin debilidad, firmes sin violencia y políticos sin bajeza; sus primeras armas fueron la persuasión y la fuerza moral; no fueron temidos sino de los malhechores, ni temibles, sino a los enemigos del orden; procuraron ser un pronóstico feliz para el afligido, y que a su presentación el que se creía cercado de asesinos, se viera libre de ellos; el que tenía su casa presa de las llamas, considerase el incendio apagado; el que viera a su hijo arrastrado por la corriente de las aguas, lo creyera salvado; y que cuando tenían la suerte de realizar un servicio importante, sólo esperaban un recuerdo de gratitud de aquél a quien habían favorecido, pues no habían hecho más que cumplir con su deber.
La creación de la Guardia Civil supuso entonces la implantación en España de un modelo policial sólido, tras reiterados y fracasados intentos anteriores. Su eficacia y lealtad motivaron a los sucesivos gobiernos para aumentar su plantilla y potenciar su despliegue, convirtiéndose, tal y como han reconocido prestigiosos historiadores, en un instrumento clave en la construcción del Estado Moderno.
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