Mi maestro Francisco Bejarano, alguna vez en alguna tertulia, advirtió: "Todo lo que se diga aquí puede salir mañana en un artículo". Son los gajes del articulismo diario, que exige una inspiración cotidiana. Yo, enano en hombros del gigante, lo cito con veneración, y aún añado: "Todo lo que diría aquí me lo callo para escribirlo mañana en el artículo". Por eso voy a hablar ahora de las fichas que hago a cada libro. Me preguntaron ayer por ellas y me dije: "Umm, estirando, estirando…, quizá dé para una columna".

Las fichas han sido mi trabajo más útil, pues sostienen, como esbeltas cariátides, mi memoria, esto es, mi cultura, o sea, a mí. Aunque lo más moralizante quizá sea es cosa. Empecé mi fichero muy tarde, cuando estaba opositando, después de la universidad, que fue cuando leí en serio y en serie, hasta comprometer mis estudios de Derecho. Podría haber pensado que, tras aquella fiesta, para qué ponerme en plena resaca. Me puse, y ahora tengo un buen fichero. Y un ejemplo portátil de que nunca es tarde si la idea es buena.

Pero lo que me preguntaban es qué recojo en las fichas. Bueno, lo bueno, y buenamente. Nada sistemático. Apunto alguna idea muy general; anoto las relaciones que atisbo con otros autores, aboceto alguna idea sugerida y transcribo una tras otra las frases más redondas.

Sólo las buenas. Si el libro no me está gustando lo dejo de inmediato y sin ficha, como si mordiese. De los que me gustan no señalo lo malo, sino que me hago el tonto, como con los amigos. Como afirmó Plinio el Joven que afirmó Plinio el Viejo, "no hay libro que no tenga algo bueno", y justo eso es lo que yo me guardo. El resultado es que enseguida olvido todo y luego, cuando repaso mis fichas, todo el mundo me parece genial y voy por la vida del brazo de los dos Plinios admirando muchísimo a casi todo quisque. Hay fichas más abultadas que otras, eso sí, pero las grandes, las medianas y las chicas van a dar al mar de mi plena satisfacción. Así no seré jamás un crítico literario comme il faut, pero para lector hedónico me va bien, y también para un escritor que aspira a aprender lo bueno de los buenos; y a lo otro ni caso.

Antes escribía las fichas en las clásicas cartulinas rayadas, pero ya las hago en el ordenador, donde quedan, nomen omen, ordenadas y las citas son fáciles de encontrar y cortar y pegar. (Es un final de artículo pobre, lo sé, pero también querían saber eso).

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