Cobardía

02 de junio 2015 - 01:00

NO tengo mala opinión de la cobardía, de ese miedo chico que nos vuelve prudentes y nos permite quedarnos atrás del todo viendo lo que pasa y lo que hacen los demás. Tiene mucho que ver con el papel que torpemente nos asignamos en la vida: los valientes, que vienen a salvar al mundo y los que sólo venimos a intentar entenderlo. Creo que se trata de un defecto de fábrica, que el cobarde nace, no se hace, pero no estoy segura porque los medrosos somos muy dubitativos y no estamos seguros de casi nada.

Apenas tomamos conciencia del mundo desde nuestro pupitre de colegio, una voz interior y contradictoria nos dice que levantemos la mano o bien que callemos, a pesar de comprobar que somos los únicos que conocemos la respuesta. De esa manera hay quien se acostumbra a hablar en alto, a decir lo que sabe, a conquistar a los demás y, quien mantendrá de por vida un tortuoso y divertido diálogo interior.

Algunos diccionarios dan a la cobardía entidad de vicio o pecado, aunque yo no he visto a nadie encanallarse por cobardía. Se trata más bien de una carencia de valor. El cobarde no necesita saltar la valla ni estrellarse contra un muro para comprobar que la caída por un precipicio físico o moral hace daño. Digamos que el valiente, antes de arrojarse al vacío, se imagina dando el triple salto mortal y saludando al respetable al aterrizar elegantemente y, el cobarde, siente el vértigo antes de asomarse y se pregunta para qué y se acuerda del que antes hizo lo mismo y se estrelló y recuerda que se puede llegar al mismo sitio por un camino más largo y tortuoso pero seguro y, piensa tanto, que pierde la vez y ya no puede dar el salto. Por algo será, se dice entonces desde la conformidad y se vuelve a la seguridad de su casa y de sus cosas.

Por cobardía existen los héroes, por cobardía se han salvado muchos matrimonios, por cobardía sobreviven los equipos de salvamento de mares y montañas y, por cobardía, el mundo tiene un ritmo acompasado y parsimonioso, dos pasos para adelante y uno para atrás, que nos permite disfrutar de las cosas cuando nos llegan y echarlas de menos cuando se pierden.

Ah, la cobardía. Si yo supiera administrar el miedo, sería mucho más brillante pero me hubiera reído mucho menos. Tengo una cotorra interior que lo mira todo, que todo lo contesta y lo rebate, que se ríe del mundo y encuentra ridículo lo solemne. Ella sí que es valiente. Me tiene loca.

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