¡Oh, Fabio!

Luis / Sánchez-Moliní

Cirujanos y sepultureros

16 de septiembre 2016 - 01:00

ANTES, cuando el país vivía una situación de esperpento como la actual, salía a escena don Joaquín Costa y, apuntando con la barba al cielo, clamaba por un "cirujano de hierro". No es que sirviese de mucho, pero la gente asentía y podía seguir dedicándose a sus quehaceres. Sin embargo, la historia no pasa en vano y los españoles de hoy somos hijos y nietos de aquellos que perdieron su inocencia en las trincheras del 36. Ya sabemos que los salvadores de la patria de la derecha y los redentores sociales de la izquierda no son más que algunas de las máscaras con las que el desastre oculta su verdadero rostro.

Pero, si no es un cirujano, ¿qué profesión necesita realmente esta España en funciones? Probablemente un sepulturero, oficio humilde y maldito que, sin embargo, es imprescindible en la higiene social. Ya lo ha dicho algún prócer y lo han escrito otros compañeros de parapeto: llegado es el momento de que Rajoy se retire a sus aposentos y deje brillar a alguna nueva estrella de la constelación del charrán. A Pedro Sánchez, como ya hemos defendido, lo consideramos un cadáver político, uno de esos zombis que tanto gusta al chavalerío de hoy. El enterrador tiene, pues, trabajo de sobra en el camposanto de la política nacional.

No seremos nosotros los que dudemos de que Rajoy ha ganado las elecciones y de que su gestión ha sido fundamental para taponar la herida de la crisis (lo del "sufrimiento infringido a los andaluces" se lo dejamos a otros con más altura moral). Es más, el de Pontevedra suele levantar en nuestro ánimo una corriente de simpatía cuando lo vemos, en la tribuna del hemiciclo, desplegar su brillante oratoria de tribuno conservador o exhibir sin pudor su torpeza robótica de empollón jugador de futbolín. Pero, hoy por hoy, Rajoy es más un estorbo que una solución para la gobernabilidad de España y esa es la señal inequívoca de que le ha llegado la hora de marcharse. A continuación, por supuesto, el Rey debería darle un marquesado con el que pueda coronar su otoño galaico.

Con toda probabilidad, el líder popular ganaría unas terceras elecciones. Pero también con toda probabilidad la aritmética parlamentaria volvería a bloquear sus opciones. Rajoy pertenece ya al viejo orden, y eso resulta más evidente cada vez que surge un nuevo escándalo entre sus correligionarios. La fórmula es antigua: sacrificar y sepultar al individuo para que los genes puedan seguir compitiendo en la batalla de la vida.

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