EN ROMÁN PALADINO

Rafael / Román

Camino de la Estación

VOY de mi casa a la estación de ferrocarril. Se agolpan las malas noticias. Se acumulan los problemas que nunca se resuelven. Se incrementan los días que los comentaristas llaman históricos. ¿Qué parte de toda esa realidad puede ser motivo de un comentario breve en una semana como la que hemos vivido?

Los dos grandes del mundo se renuevan. Barack Obama - tras el Sandy- se la juega en estos instantes frente a un aspirante que, si sale, va a dejar en pañales a Angela Merkel con su política de austeridad y de retirada del Estado a los cuarteles de invierno. ¿Qué han hecho los electores estadounidenses en Ohio y en Florida? Los dirigentes chinos -llamados comunistas- entronizan en estos momentos a toda su descendencia -por lo visto en todas partes cuecen habas en eso, y en la corrupción- en la cúpula del poder del nuevo imperio, que se barrunta ya que harán que les duela la cabeza en unos años, en el sudeste asiático a todos sus países limítrofes. El sitial del nuevo jefe del comunismo chino será para Xi Jinping. ¿Mandarán un comando para rescatar al jefecillo detenido en Madrid?

Pero lo nuestro es el paro creciente que golpea cada día, el rescate que no se sabe si llega o no, los sangrantes desahucios que no cesan, la huelga de basuras en Jerez, la de los farmacéuticos en Valencia, sortear el comprador de los terrenos de Delphi, las polémicas inundaciones de la Janda y el desmarque que ha planteado el presidente de la Generalitat anunciando públicamente que no lo pararán ni los tribunales ni las constituciones. ¿Respetar las normas? ¡Qué tontería! ¡Qué pamplina! Es como lo de Sánchez Gordillo pero a lo bestia, muy a lo bestia. Uno entró en un supermercado y cogió, en un gesto propagandístico, unos cuantos kilos de arroz, patatas y café, el otro quiere coger una comunidad autónoma y declarar el Estado Catalán y cortar por lo sano con el resto de España, pero, por supuesto, de buen rollo.

He llegado a la estación. Antes he mirado extrañado el nuevo monumento que se hace frente a ella, aprisionado por la famosa valla que abría la -sólo en los papeles- Plaza del Mar. Tenemos una espléndida estación de trenes, pero frente disponemos de unos módulos prefabricados, absolutamente impresentables, como una fantasmal estación de autobuses. Delante está la estación antigua, vacía, sin uso, esperando que pase la Cumbre Iberoamericana para quedarse otro montón de años sin utilidad posible ni previsible, dada la precariedad económica que vivimos. El Estado y la Junta y la voluntad política del Ayuntamiento deberían afrontar el futuro de ese edificio -la estación antigua- conociendo las limitaciones de los presupuestos de Adif y de la Junta y servir a los ciudadanos dándole utilidad y servicios, los de una estación de autobuses, más intermodal y cercana que la lejana que se proyecta y que nunca veremos. El tren se va.

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