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De poco un todo

enrique / garcía / mÁiquez /

África Pérez-Serrano

FUE la madre de Kolia Pemán, entre otras muchas cosas. Cuando Kolia murió, conté como no habíamos sido amigos íntimos por los pelos: nuestros padres lo eran, vivíamos en el mismo barrio, estudiamos en el mismo colegio y luego la misma carrera en la misma universidad y hasta intentamos la misma oposición. Nos separaban dos meses de edad, pero caímos en cursos diferentes y él, encima, era un deportista incansable y yo un fan del sedentarismo. Nada de eso impidió un cariño auténtico, pero sí que yo frecuentara su casa tanto como el grupo de los deportistas.

Se diría que esto hace más difícil mi participación en un proyecto en el que su marido, José María Pemán, ha puesto mucha ilusión: un libro de testimonios de los amigos de sus hijos, tan acogidos por África en aquella casa siempre abierta a todos. En realidad, para mí será mucho más fácil. Mi hermano Jaime era uno de los íntimos y no quiero imaginar lo complicado que será para él escoger un recuerdo solo.

Yo guardo bastantes, pero uno lo tengo clavado. Se corría un maratón escolar en El Puerto. En el colegio, si nos apuntábamos, nos subían la nota en gimnasia, que era algo que no podía dejar de venirme bien.

Tras el trance, mi madre me contó que África le había dicho que me había visto entrar en el polideportivo municipal con gran estilo y llamativa velocidad. Tiene mérito el comentario porque probablemente Kolia ganó la carrera, y su madre todavía era capaz (así era ella) de estar pendiente de los amigos rezagados en el pelotón. Y aún tiene más mérito porque era (así era ella) verdad; y la verdad acostumbra a ser el punto flaco o ausente de los elogios. No de los suyos. Yo había estado corriendo sin gran desgaste, a trote cochinero, pero al ver las gradas llenas de gente, con ese gusto por el exhibicionismo que tan bien me ha venido luego para escribir artículos, me puse a dar, en efecto, airosas zancadas. Era gracioso (y cortante) que el gesto no le hubiese pasado desapercibido a ella.

Otras veces me comentó estos artículos con cariño y tino, pero aquello del maratón no lo he olvidado en veinte años. Y eso que ignoraba que sería (que hoy es) un símbolo. África ya está en las gradas, se ha encontrado con mi madre, y hace tiempo que Kolia ganó su carrera; yo voy a mi trote cochinero, aunque haciendo mis cabriolas y mis sprints para la galería. Ojalá a éstos ella también les vea cierto estilo, y los apruebe.

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