Análisis

Guillermo Alonso Del Real

De santos y difuntos

Los días 31 de octubre y 1 y 2 de noviembre son muy peculiares en casi todo el mundo. En la tradición católica las fechas de noviembre se dedican a los santos (el día 1) y a los difuntos (el día 2) La fiesta de Halloween se celebra el 31 de octubre. ¿Vaya obviedades, no?

El caso es que la festividad más o menos profana ha acabado ganándoles la partida a las fiestas católicas y por estos días todo se puebla de calaveras, cadáveres sanguinolentos y horrores por el estilo, tanto en modalidad adulta, como infantil. Dese usted una vuelta por cualquier cole de Chiclana y ya verá qué cantidad de telarañas, calabazas y espantos se va a encontrar en cualquier clase.

Ayer mismo el que suscribe estuvo en una asociación de vecinos y se encontró con una buena cantidad de niños y adultos poniéndolo todo perdido de huesos humanos, calabazas y vestiglos horripilantes. Lo pasaban muy bien.

Los castizos y puristas abominan del Halloween y sus razones no les faltan. Sobre todo por el carácter mercantil de la fiesta. Que los comerciantes son los más espabilados de todos nosotros cada vez lo tengo más claro. Las discotecas y bares preparan fiestorros macabros y se sacan una buenísima pasta, los fabricantes de atuendos y objetos siniestros hacen su agosto en esta fecha y los de los caramelos no te digo. Objetos tan humildes y relativamente baratos, como las nueces y las castañas producen lógicamente beneficios mucho menores, con que ahí está la madre del cordero. Sin embargo su origen es bastante honorable, ya que los pueblos célticos celebraban el festival de Sanheim en el solsticio de otoño, final de las cosechas en aquellos países más bien fríos y lluviosos.

Ponían luces para que los difuntos siguieran su camino y dejaran en paz a los vivos, fórmula de conjuro en nada ajena a la tradición más o menos cristiana en muchos pueblos, que ahora no pienso citar para no ponerme más pedante que lo habitual. Lo de la calabaza parece que fue bastante tardío y lo de la calabaza de plástico, pues una horterada simpática.

Incluso en la más ortodoxa tradición católica, los difuntos siempre les han ganado el terreno a los santos. Antaño las familias españolas iban al cementerio masivamente para limpiar las sepulturas de los suyos, poner flores nuevas y retirar los marchitos restos de las anteriores. Muy pocos acudían en otras fechas al camposanto, aunque también los había entre los muy devotos y los muy nostálgicos. Por esta parte de España me cuentan que era tradición llevar frutos secos para consumirlos entre las tumbas, aunque yo no llegué a conocer esta costumbre, que presenta una evidente afinidad con ritos sacrificiales paganos. Sabido es que la muy sagaz Iglesia Católica ha sido capaz de asimilar y convertir toda festividad pagana en celebración católica, y me parece muy bien.

También los antiguos romanos se apropiaban del panteón de los pueblos conquistados con el mayor desparpajo; sólo que ellos no lo hacían a hurtadillas, sino con un eclecticismo y una cara dura muy notables.

¿Y los santos? Pues bastante de refilón, porque son menos llamativos y, sobre todo, dan menos miedo que los muertos. Y eso que llegar a santo tiene muchísimo mérito, o, por lo menos, a santo reconocido, santo con carné. Según Pepe Pettenghi hay que haber sido muy bueno y haber rezado mucho; pero, además, es preciso que uno hayas hecho milagros en vida o post mortem. Si no hay milagros, no hay canonización.

Las oposiciones a santo son más complicadas que las de profesor de secundaria o funcionario de correos, por ejemplo. Primero tienen que declararte "siervo de Dios" en tu Diócesis; a continuación todo un tribunal diocesano te nombrará "venerable" y, si todo sigue en orden, pasas a "beato o bienaventurado", y aquí es crucial algún milagrillo, aunque no sea de gran importancia. Ya está por medio el Vaticano, con su Congregación correspondiente, que tiene que verificar por lo menos un segundo milagro para hacerte "Santo" con toda la barba; eso lo hace el Papa en presencia de los cardenales. ¡Uf!

En cambio para ser difunto no hay más que morirse, cosa al alcance de todos los bolsillos. Cascamos nos haga gracia o no, que generalmente no. Eso sí: para que la Iglesia te considere un muerto incluido en la festividad, además de difunto, tienes que ser fiel: fiel difunto. Si no, no eres un muerto propiamente dicho; a lo mejor es que no estás muerto del todo, momento en el que podrás optar entre la condición de alma en pena o la más lucida y popular de fantasma.

Bueno, pues lo dejo aquí, porque tengo que preparar un montón de caramelos para los chavales que pasen con eso del "¡trato o truco!". Yo también he picado.

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