En aquel tiempo Jerusalén se convirtió en una ciudad con más de tres millones de habitantes para la fiesta de la Pascua. ¿Y si lo hubiésemos vivido como seguidores de Jesús de Nazaret? ¿Una especie de sueño? La reunión para la celebración de la Santa Cena se celebraría antes de la llegada de la Pascua, posiblemente en un cónclave para prever el lugar, ya que con la ciudad abarrotada no hubiesen encontrado sitio. Sería entre el décimo y cuarto día del mes judío de Nisán, y según el calendario de Roma, de tres a cinco días antes de los idus de abril. Vuelvo a insistir, como el Islam con la Meca, cada judío adulto debía peregrinar a Jerusalén. Como ocurre siempre, ahora mismo, los patricios que tenían en sus manos el poder sacerdotal, habían doblado los precios de todos los animales destinados al sacrificio y de todos los productos de consumo. También los cambistas ocupan la explanada del templo, otra forma de robo. Sólo se podía pagar en moneda judía o tiria, y no en dracmas, dinares ni sestercios. Los cambistas, pertenecían a la clase sacerdotal. Latrocinio e inmoralidades estaban asegurados. -Pilatos ocupaba el palacio de Herodes en compañía de una amante siria, bellísima- . Antes de que Cristo, -presuntamente-, volcase las mesas de los cambistas, se inició una revuelta que destrozó el águila romana, considerada impura, del portal del templo. Catorce jóvenes fueron quemados vivos, por las tropas de Herodes. Había descontento y cientos de agitadores entre los grupos locales, y los nómadas acampados en el monte de los Olivos que repartían las consignas. Estalló el motín. Si Jesús hubiera volcado las mesas y atacado los intereses sacerdotales, en aquel momento lo hubiese detenido la guardia del templo. Sin contemplaciones. Su entrada en el asnillo, en olor de multitud, no levantó recelos entre los romanos que no tomaban en cuenta las procesiones religiosas. La gente hizo lo mismo con varios taumaturgos que también acudían y sus partidarios saludaban.

El jueves, día catorce del mes de Nisán, tuvo lugar lo que se denominaría la última cena. Era la víspera del levantamiento contra los sacerdotes y los romanos. El señor instituyó la comunión, donde sus allegados comprendían que el ungido triunfaría sobre Satanás y Belial. Y dijo que, como Moisés, él no disfrutaría de la tierra de promisión. Sentí pena y salí. No quise comprender que la revuelta fuese tan seria como para acabar con Jesús. Salí de Jerusalén por la Puerta de Efraín, la que daba al pudridero de los criminales, cuyos cadáveres tiraban por los barrancos y sepultaban bajo las piedras. Lo llamaban el monte de los decapitados y, también, monte de la calavera. Cuando se aplastó la revuelta, Poncio Pilatos que ni siquiera lideró personalmente la expedición represiva, mandó ejecutar a los prisioneros aquella misma noche. Se supo- la voz del horror siempre encuentra oídos disponibles para el miedo- que ordenó decapitar a muchos y a unos catorce o quince, los más señalados los designó para crucificarlos como ejemplo, en las cruces preparadas, siempre, detrás de la ciudad, en el Gólgota.

Y si hubiésemos visto a los soldados conduciendo a los prisioneros camino del calvario, con Jesús sangrando, con la ropa lacerada, todo ensangrentado, como sus compañeros, con las manos atadas a la espalda, con cuerdas y amarrados unos a otros en fila, flanqueados por las tropas romanas, ¿qué pudiéramos haber hecho? De los anales de aquello, consta que la mayoría de los reos fueron exterminados en el Gólgota. Las cruces en forma de Tau, presentaban los chorreones de sangre de los ejecutados. El hedor ya emponzoñaba el aire y buitres y chacales buscaban su festín. Y, antes de despertar, sólo pude rezar el Padre Nuestro.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios