Mi camello, a falta de otras cosas más mundanas, me ha ofrecido por videollamada diez gramos de levadura seca, con una pureza de entre el veinte y el treinta por ciento. En el mercado negro, a día de hoy, la levadura está supercotizada, me comunica, y él me la dejaría a precio de colega. Me la haría llegar por mensajería precaria, pero con garantía de llegada hasta la puerta de mi casa. Se acabaron las citas en oscuros escondrijos y las charlitas insulsas, obligatorias en cualquier intercambio del pasado. Me dice que el pago se puede hacer por peipal o dándole los billetes en mano al mensajero precario, que llevará el uniforme de una multinacional grandísima para que me sea fácil su identificación.

Claro que yo uso masa madre, que es más ancestral que la levadura seca en gránulos, por lo que he rechazado su ofrecimiento con mucha cortesía. La masa madre es la diosa de todas las cosas, incluida la pensión mínima universal galáctica. Quien no sabe lo que es la masa madre no podrá entender la vida en toda su vida. Y mi camello es de los que no lo saben. Le revelo que la levadura es para la gente floja y aburrida. La masa madre es como un poema de Benedetti, es el santo grial de la gastronomía, el sefer yetzirá de la cocina del pueblo, los timbales de nuestro origen civilizatorio.

Le explico con fervor que a mí me gusta darle tres amasados mientras escucho música de los indios navajo. Y nunca le echo semillas de amapola ni de sésamo, que qué tontería. Es verdad que al final me sale feo y sabe a rayos ácidos, pero lo hago con mucho amor. Siempre abrazo mi pan con fuerza y le doy las gracias. Luego, cuando lo tuestas, ya está mejor. Aunque es verdad que a veces compro molletes de la sierra.

Tras mi videodiscurso, el camello se sincera y me dice que no, hombre, que él usa la levadura no para hacer pan sino para aplaudir. Que a él le da subidón cuando aplaude. Y yo le digo que el confinamiento le está dejando majareta. Él se ríe y me dice no sé qué de una telera madre y cuelga. El pobre, está fatal.

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