Últimamente reflexiono mucho sobre el escepticismo que deviene con la edad. Al menos con la mía. Echo de menos la fe, la ingenuidad, la creencia infantil de que el mundo progresa hacia adelante, que puede ser un lugar bueno y amable.

Ahora sé que era simplista y tonto el planteamiento que me hacía creer que el ser humano era capaz de superar aquellos errores en los que cayó en el pasado. El desengaño que supone reconocer que la violencia es una tendencia profundamente humana, que cambian los medios que utiliza a lo largo de la historia, pero no la pulsión que la alimenta, tiene mucha parte de culpa en este escepticismo del que hablo. Luis García Montero en Luna en el sur definía exactamente este sentimiento: “La verdadera nostalgia, la más honda, no tiene que ver con el pasado, sino con el futuro. Yo siento con frecuencia la nostalgia del futuro, quiero decir, nostalgia de aquellos días de fiesta…, cuando todo merodeaba por delante y el futuro aún estaba en su sitio”. No sé en qué momento tomé conciencia de que el futuro no estaba en su sitio, de que la línea ascendente en mi gráfico vital era falsa, de que en su lugar aparecía otra en zig zag con una ligera progresión de la que me resisto a renegar por ahora.

Creo que nuestro mundo adolece terriblemente de hybris, aquel concepto helénico que podemos traducir como desmesura por el que los dioses castigaban a los hombres que sobrepasaban el límite de lo humano. Hemos sido arrogantes y prepotentes al pensar que éramos dueños de nuestro destino, pero episodios tan terribles como la pandemia, la erupción del volcán de La Palma y la delicada situación internacional que padecemos, vuelven a ponernos en nuestro sitio, que no es otro que la incertidumbre. No controlamos nada. Adaptando el principio de Heisenberg, en la vida como en la mecánica cuántica, nada es previsible y de nada podemos estar seguros.

Y, sin embargo, el único anhelo que puedo reconocer como profundamente humano en los que me rodean es el de la paz. Si las madres se agarraran a su hijos, se acabarían las guerras, decía el abuelo de una amiga. Si la gente sin poder tuviera algo que decir al mundo, estoy convencida de que solo pediría paz.

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