Fallece gineto de cádiz

El último eslabón

  • El lunes murió el bailaor gaditano Juan Jiménez que recibió ayer el último adiós de familiares y aficionados

La memoria funciona de una manera curiosa, selectiva. No podrás describir un jardín con exactitud pero, quizás, lleves contigo durante toda tu vida el perfume magnífico de una de sus rosas. Puede ser que ni te des cuenta pero está ahí, latente, acechando, y el día menos pensado, vuelve a subir a tu nariz con toda plenitud. Yo no recordaba el miedo paralizante que me infundía aquella voz de mar hasta que el lunes recibí la noticia. Gineto ha muerto. Y sí, claro, conocía su cara, su sonrisa, su pelo zaíno, su planta de caballero, impoluta... Pero me martilleaba aquella voz que me congelaba sin porqué. "¡Sobrina de mi alma!", gritaba aquel hombre grande a una niña que no levantaba dos cuartas del suelo. Y ahí estaba yo, sin alzar la cabeza, maniática hasta la médula. Asustadiza. Ya entonces el Tío Gineto tenía algo de eslabón. Siempre a las postrimerías de un tiempo y otro. Peinadísimo, ataviadísimo. Cuidadas las patillas. Con pose genial. De otro mundo. De un mundo que sólo pude rozar porque la gente es demasiado mayor cuando uno es pequeño. Siempre se llega tarde a la vida.

Un mundo que visito a veces a través de fotografías, anécdotas, conversaciones cogidas al vuelo. Un mundo que de pequeña contemplaba a través de puertas entreabiertas y que la noche del lunes al martes transité en el tanatorio Virgen del Rosario. Familia y amigos velaban a Juan Jiménez, el Tío Gineto. A poquito, entre el luto interno y externo, depende de cada cual, propio de las tristes circunstancias, se abría el tarro de las esencias para recordar con la palabra al bailaor, el más joven de los varones de la saga de los Ginetos, hijo de Manuela Pérez, La China, y de Pablo Jiménez Antúnez.

Que si una vez iban para Francia y tuvieron que "parar" el avión porque Gineto se había despistado en el aeropuerto y no lo encontraban; que si una noche Concha Piquer fue a buscar a los hermanos (Pablo y Gineto) a la casa de la calle Botica, 26 donde vivían para un espectáculo; que si lo maniático que era de la limpieza; que si lo bien que él mismo lavaba y planchaba cuando su mujer Isabel comezó a perder la vista; que si la ayudaba mucho; que si la bonita piel que tenía, apenas sin una arruga a sus ochenta y cinco años... Y, evidentemente, los que le querían no perdieron ocasión para recordar su arte, ange y poderío sobre la escena, de la que se tuvo que retirar por problemas de salud que provocaron la amputación de una de sus piernas. Piernas de bailaor.

Con la tabla de su voz de océano sus formas se armaron en mi cabeza a través de un collage de frases, de escenas, de fotografías arrumbiadas en un cajón. Observándolas me entero de que Gineto tenía un nombre heredado. Juan se llamaba un hermano que murió a la edad de 17 años porque lo mordió un perro con la rabia. Cuando los padres tuvieron su siguiente hijo (Gineto) le pondrían el nombre de Juan pasándole ese oscuro testigo del nombre de otro. Nombre de nadie ya que siempre será recordado como Gineto.

De esta forma mis selectos recuerdos y los recuerdos de otros se iban buscando, como amantes desesperados, hasta dar con su cara. Recuerdos de familiares, de sus amigos y de los que lo trataron.

Así, Fernando Quiñones escribió en este periódico: "Solo, cada mañana y en una especie de vida contemplativa, Gineto luce dignamente el tipo por la Plaza de las Flores y contornos. Se diría que no cambió en 20 ó 30 años: limpio como la plata, ojos y cara despejados, completo pelo negro endrino, y trasero y barriga planetarios que nunca le impidieron levantarse a bailar con la ágil oportunidad y gracia que distinguen al buen bailaor buleaero, ese arte instantáneo de dejar la silla: nada, pero todo". Sus palabras me lo devolvieron a la mente. Así, tal cual lo pintó el desaparecido escritor chiclanero. Lo recuerdo solo pero también con Isabel tomando cafelito en La Marina.

No tengo, sin embargo, imágenes de sus últimos años, apenas las de los homenajes que le hicieron las peñas de La Perla, Enrique el Mellizo y la de Juan Villar. Y tampoco la del Hotel Triana en Sevilla durante las bienales de 2002 y 2004. "La formó", dice el productor Antonio Benítez que no faltó al tanatorio y tampoco a la misa por su memoria que ayer se celebró antes de su entierro. Un acto al que acudieron los representantes de las diferentes peñas flamencas de la ciudad, aficionados, familia y conocidos de Gineto.

Gineto, el hijo de Pablo y La China. Heredero de aquel Pablillo La Gineta que vivió en el siglo de oro del flamenco. Hermano de Pablo, Curro y Antonio, también bailaores, también fallecidos. Y de Pilar, madre de Juan Villar. Y de Gertrudis, madre de Manoli de Gertrudis (claro). Y de Manuela (que nunca se dedicó al flamenco), septuagenaria larga que vive en Guillén Moreno, ya como única superviviente de los hermanos.

Y aunque tanto el sobrenombre (ahí está la cantaora Pilar La Gineta) como el arte familiar sigue arraigado en los descendientes, con Gineto se va un tiempo de gloria. Último eslabón de una era.

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