‘Thriller’ político en forma de mosaico de puro cine
El agente secreto | Crítica
La ficha
***** 'El agente secreto'. Drama/Thriller, Brasil, 2025, 159 min. Dirección y guion: Kleber Mendonça Filho. Música: Mateus Alves, Tomaz Alves de Souza. Fotografía: Evgenia Alexandrova. Intérpretes: Wagner Moura, Alice Carvalho, Gabriel Leone, Udo Kier, Isabél Zuaa, Maria Fernanda Cândido.
Un escarabajo amarillo llega a una gasolinera situada en medio de una nada desértica con aire de espagueti western. A pocos metros, un cadáver se descompone bajo unos cartones. Como es carnaval, ningún servicio ha acudido a retirarlo. A la vez, en la cercana ciudad de Recife se encuentra una pierna humana en el vientre de un tiburón. Así arranca esta obra de larguísima duración cuyo visionado, salvo por un bache hacia su mitad, se hace corto. No es una película política, como se dice y se repite, sino un thriller con subtexto político al modo del cine comercial italiano que convirtió lo político con tintes policíacos en un género popular. No estamos en los dominios de Bellocchio, Petri, Rosi o Pontecorvo, cuyos ecos también pueden oírse, sino sobre todo en los de Lenzi, Damiani o Vancini con los toques giallo (policíaco al límite del terror) y hasta gore de un Bava o un Argento.
El bache al que aludía, el prescindible flash-back de la universidad, se produce precisamente por el esquematismo tópico con el que se representan, sin filtro de ironía, los estereotipos de malos y buenos. Lo que hace tan inteligente como interesante esta película es lo contrario: su desenfadado y brillante juego con varios géneros cinematográficos populares que se especian con pizcas de cine político puro; su arriesgado caminar por la siempre peligrosa frontera entre el realismo político-social y las metáforas que pueden hasta rozar lo fantástico, como el uso de la leyenda urbana brasileña de la perna cabeluda (la pierna peluda) que en los años 70 se utilizó como alusión a la brutalidad policial de la dictadura; su capacidad para reconstruir una época y una sociedad oprimida por la violencia política y policial a través de la cultura popular de masas. Logrando fundirlo todo con naturalidad en un fresco integral sobre el Brasil dictatorial de los 70, quizás demasiado olvidado, tras el que se transparenta el de Bolsonaro: cuestiones de la desmemoria histórica y del auge de la extrema derecha que se traen al presente, siempre de forma metafórica, en el epílogo. Al que precede como conclusión de la historia uno de los más abruptos, secos y originales finales vistos en mucho tiempo.
Algo difícil de lograr. Pero logrado. Intentar lo casi imposible, si se tiene talento, permite afrontar desafíos alcanzando lo casi perfecto. Y Kleber Mendonça Filho, desde luego, tiene talento. Lo demostró en Sonidos de barrio (2012), en la que establecía un discurso visual y sonoro sobre los espacios urbanos como expresión de los conflictos de clases; en Doña Clara (2016), convirtiendo la lucha de una sexagenaria por conservar su vivienda en una reflexión a la vez sobre una vida y sobre la vida, sobre una personalidad singular y un problema social; y en la no del todo lograda Bacurau (2019). Como también lo demostró, pasando de la ficción al documental, en la autobiográfica y ultra cinéfila evocación de los grandes cines perdidos Retratos fantasma (2023), comparable por su nostálgica fuerza poética no exenta de crítica a la Of Time and the City que Terence Davies dedicó a su Liverpool y este director a Recife, en la que centra toda su filmografía.
Kleber Mendonça Filho ha creado una nueva forma de hacer cine testimonial o de denuncia sin supeditar a ello lo personal, lo emocional, lo formal y la fantasía a partir de un gran conocimiento de su país, de su ciudad y del cine –de todo tipo, de todo tiempo, de todo lugar– que le permite hibridar géneros y estilos siempre con una exigente impronta personal de autor no elitista por su manejo de los códigos del cine popular que todos conocen y comparten.
Conviven aquí lo político y lo personal, lo creativo y lo comercial, lo realista y lo simbólico
Donde esto se aprecia con mayor claridad en su rotunda, pero no extensa obra es en esta película que lo suma todo, lo político y lo personal, el riesgo creativo y el atractivo comercial, lo realista y lo simbólico, una época concreta y el presente, una ciudad y el mundo. Estamos en el Recife de 1977 bajo la dictadura militar de la Quinta República Brasileña. En un guión espléndida e inteligentemente disperso en personajes y situaciones –sin que nunca se pierda el hilo– tenemos a un profesor perseguido por la dictadura que quiere huir del país con su hijo. En torno a él, pero con la misma importancia, como si el protagonista fuera la pieza central de un mosaico en el que todas las teselas tienen el mismo tamaño, están la anciana dueña de la pensión en la que se aloja, el suegro proyeccionista de cine, los siniestros sicarios que lo persiguen y el cutre matón al que subarriendan la tarea, el corrupto comisario de policía para el que finge trabajar, el sastre judío alemán, las chicas que escuchan las grabaciones de los micrófonos ocultos y los teléfonos intervenidos, el matrimonio angoleño, la hermosa doctora, la encargada del archivo municipal, los luchadores de la resistencia… Y con ellos una larga galería de personajes perfectamente perfilados y tan soberbiamente interpretados –todos, sin excepción– en un registro de naturalidad novo cinema heredero del neorrealismo que quizás alcance sus cumbres en Tania Maria, actriz no profesional que Kleber Mendonça Filho hizo debutar a los 72 años en Bacurau, interpretando a doña Sebastiana, la dueña de la pensión que oculta a los perseguidos; en el también veterano y polifacético actor alemán –que trabajó con Fassbinder, Morissey, Von Trier pasando por series B de terror– Udo Kier como el sastre superviviente del Holocausto; o en Carlos Francisco como el bondadoso suegro proyeccionista. Con, por supuesto, un espléndido Wagner Moura (el capitán de Tropas de élite y el Escobar de Narcos) como eje.
Hay también muchos homenajes nunca retóricos al cine, desde La profecía, el King Kong de Guillermin, Tiburón y otros éxitos de los 70, el Morricone más inteligentemente gamberro y hortera con la canción Guerra e pace, pollo e brace de la película Grazie Zia o los títulos de crédito finales con setentonas pantallas partidas. Y también a los grandes cines desaparecidos –es esencial el gran cine que acabará convertido en un banco de sangre– que este director tanto ama y a los que dedicó su citado documental Retratos fantasma. Homenajes hechos con esa cálida pasión cinéfila sin pedantería que le permite jugar con los géneros populares como el experto cinéfilo que es. Insuflando a su película una vida y una verdad que lo diferencian de un Tarantino al que a veces parece rozar.
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