Flamenco

'La risa que se desangra' | Dos cantes y una verdad de Anabel Rivera

  • La artista gaditana celebró sus 25 años de carrera ‘debutando’ con una propuesta propia en el Gran Teatro Falla

La artista Anabel Rivera en 'La risa que se desangra' en el Teatro Falla.

La artista Anabel Rivera en 'La risa que se desangra' en el Teatro Falla. / Julio González

La foto final que dejó La risa que desangra la noche del sábado en el Falla revela dos de los principales (y tan extraños en este caldo de egos) fuertes profesionales de su creadora. La verdad y la generosidad. Porque una larga fila de músicos –flamencos y carnavaleros– y algunas de las mujeres más importantes de la familia de Anabel Rivera se rendían sobre el escenario a la cantaora acunada por dos barrios, La Viña y el Mentidero, y alimentada con dos cantes, el del taratachín y el del tirititrán. La protagonista, emocionada, bañada en las aguas que destilan el esfuerzo y la alegría, daba un paso atrás para dar su lugar a cada uno de sus aliados en la noche de su paso hacia delante, la noche en la que su espectáculo más ambicioso llegaba a su querido, y soñado, Gran Teatro Falla.

Y es que es de una dadivosidad extraordinaria que en la celebración de sus 25 años como profesional, el día en que por primera vez pisaba las tablas del deseado de Fragela con una propuesta propia, Rivera pusiera a Cádiz por delante. Porque fue su amada Cádiz, concretamente, sus dos cantes de raíz, los auténticos protagonistas de La risa que se desangra donde a través de una pequeña dramaturgia Rivera ofrece una auténtica carta de amor costumbrista a su tierra, desechando todo rasgo negativo del término costumbrista gracias a la verdad que la artista pone en cada escena.

Por eso, a nivel dramático, La risa que se desangra brilla cuanto más se aleja de metáforas retorcidas, de dobles mensajes, incluso de la pirueta mística final. Porque es en la verdad de lo que es Anabel, una mujer gaditana con arrestos, bondad y una especial sensibilidad para todo lo nuestro, donde este espectáculo encuentra su magia.

Anabel en sus recitados con sus pucheros, Anabel en conversación con Rosario (Chari Helmo) con su manera compartida de decir, Anabel en sus bailes (qué brazos y qué compás más bueno) y Anabel en sus cantes... Sus cantes por tanguillos y chufillas -ahí ya la conocemos-, sino por, un poné, malagueñas del Mellizo, donde estuvo excelsa, larga, cálida; o como centro de esa hipotética comparsa que llega a la Final del Falla cantando la presentación de ‘Los miserables’ o la cuarteta donde vienen a morir ‘Los carnívales’.

Porque en La risa que se desangra escuchamos una agrupación de ensueño, escuchamos al coplero Antonio Martín cantar y hablar con Anabel que le tira de la lengua casi en el papel de su admirada diva en Sabor a Lolas, escuchamos la entrada de ‘Noche de Falla’, La rosa, y Si caminito del Falla... Escuchamos, y vimos, a ese espectáculo de Cádiz andante que se llama David Palomar. Escuchamos a Cádiz gracias a Anabel Rivera. Y escuchamos a Anabel que es tan generosa que nos quedamos con las ganas de verla a ella, en su día, un poquito más.

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