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El paisaje ilustrado

  • Jovellanos propone en las 'Memorias histórico-artísticas de arquitectura' una mirada al pasado desde sus propios presupuestos y una vasta sistematización de los saberes humanos

Jovellanos llega al castillo de Bellver a primeros de mayo de 1802. La proximidad de la Revolución francesa, y las ideas ilustradas del erudito asturiano, han sugerido a la corona, a un Carlos IV temeroso y necio, la necesidad de enclaustrarlo. Cuando termine su prisión, en abril de 1808, Jovellanos es ya un hombre fatigado y viejo, aquejado de cataratas, al que le espera, no el descanso postrero en su tierra natal, sino la guerra contra el francés, "el horrendo ministerio de recibir ó dar muerte". Entre medias, sin embargo, ha ido redactando estas descripciones y apéndices sobre el arte, la geografía y la historia mallorquinas, que hoy se recogen bajo el título de Memorias histórico-artísticas de arquitectura, y cuya edición separada y completa, a cargo de Daniel Crespo y Joan Domenge, es la que el afortunado lector tiene ahora a su disposición.

Según se nos informa en el excelente estudio introductorio, estas notas y consideraciones fueron un trabajo de campo destinado a otro erudito astur: José Agustín Ceán Bermúdez, autor de un Diccionario histórico de los más ilustres profesores de las bellas artes en España, así como de las Noticias de los arquitectos y Arquitectura de España, a las cuales iban dirigidas estas anotaciones. Aun así, dichas anotaciones exceden en mucho el simple carácter informativo que el propio autor le atribuyó, y conforman, a la contra, una extraordinaria muestra de la Ilustración española. ¿Por qué? Lo que aquí se ofrece, bajo la especie de lo pintoresco y el prurito de la erudición local, es una tentativa de Historia del Arte, así como un breve compendio de Geología, Botánica, Arquitectura, Literatura, Historia y en suma, una vasta sistematización de los saberes humanos. Bien es cierto que Jovellanos no es ajeno a la fascinación del paisaje; vale decir, a la categoría romántica de lo sublime, lo cual lo emparenta ya con el Goethe del Viaje a Italia y con las Cartas y anotaciones sobre pintura de paisajes de Carl Gustav Carus. No obstante, la voluntad primera, la categoría que impulsa la escritura de estas páginas, es la misma que ha movido a Linneo y a Wincklemann, a Piranesi y Lessing, a Kant y Diderot, a Hegel y Edmund Burke: me refiero al intento de catalogación del mundo y el uso del saber para la felicidad humana. Esta ordenación de lo existente, basada en el rigor científico, es la que ha llevado a Jovellanos a una minuciosa observación de la flora y la fauna circundante; esa misma exactitud, es la que le llevará a preguntarse por los materiales de construcción, por su peculiaridad geológica (la existencia de conchas y fósiles marinos en la piedra autóctona), cuyo misterio habían resuelto, mediado el XVII, Nicolás Steno y Gottfried Leibniz, dando nacimiento a la Geología.

Este impulso sistemático del XVIII, por otra parte, no se ciñe a la realidad física del globo. El gran hallazgo, presente en estas páginas, es la propia ordenación del tiempo y un nuevo modo de hacer Historia, derivado de la Ciencia nueva de Vico y la Filosofía de la Historia de Herder. El hecho mismo de que Jovellanos trate de explicar la naturaleza del Gótico, no como una degradación del ideal clásico, sino como la particular expresión de una sociedad y un tiempo, pone de manifiesto, tanto el abandono del viejo concepto de crónica, basado en una relación de batallas, linajes y heredades, como la existencia de un variable "espíritu de época". Que Jovellanos relacione erróneamente el Gótico con la arquitectura islámica y el tiempo de las Cruzadas, es algo que carece de importancia. Algo similar hará, mucho más tarde, T. H. Lawrence con las fortificaciones cristianas en Oriente Medio. Lo fundamental, lo radicalmente moderno, es su voluntad de explicar el pasado desde sus propios presupuestos, con la documentación disponible, y ese empeño es el que aborda, con tenacidad y escrúpulo (no olvidemos que estaba preso), el polígrafo asturiano en estas memorias histórico-artísticas, de grave y límpida escritura.

Parece obvia, en cualquier caso, la influencia de Wincklemann y su Historia del Arte en la Antigüedad en la elaboración de estas páginas. No obstante, Jovellanos elude ser tan riguroso como aquél en la exigencia de la norma clásica, triunfante en el XVIII tras los hallazgos de Pompeya y Herculano. En este sentido, como en su gusto por el paisaje, Jovellanos está más cerca de un tenue y augural Romanticismo. No en vano, estas Memorias histórico-artísticas de arquitectura, que influyeron notablemente en el magisterio ilustrado de Céan, prefiguran ya de algún modo dos obras de erudición estética del XIX español: los Recuerdos y bellezas de España de Pablo Piferrer y Fábregas y la inconclusa Historia de los templos de España de Gustavo Adolfo Bécquer.

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