'La noche justo antes de los bosques' en los depósitos de Tabacalera por el FIT Yo es otro

  • Los depósitos de Tabaco se inauguran como espacio cultural con ‘La noche justo antes de los bosques’

El actor Juan Ceacero, durante la interpretación de 'La noche justo antes de los bosques' en los depósitos de Tabaco. El actor Juan Ceacero, durante la interpretación de 'La noche justo antes de los bosques' en los depósitos de Tabaco.

El actor Juan Ceacero, durante la interpretación de 'La noche justo antes de los bosques' en los depósitos de Tabaco. / Lourdes de Vicente

Quizás porque nadie a ciencia cierta puede asegurar qué se le pasó por la cabeza a Rimbaud cuando escribió aquello de Yo es otro en una carta a Demeny, esta noche de viernes en la boca de un andén frente a frente con La noche justo antes de los bosques en la boca, en el cuerpo, de Juan Ceacero, la célebre cita me asalta por sorpresa.

En la boca de un andén, protegidos de una lluvia imaginaria, la que se supone que ha mojado la ropa de este extranjero que hila durante casi hora y media un discurso a veces tierno, a veces repugnante, a veces cruel, a veces tan, tan, triste, se estira un gato negro a las espaldas del actor, casi como parte de una escenografía que no existe. Y la sombra de yo es otro se asoma entre los árboles del espacio abierto que se expande tras los muros.

El jardín de los depósitos de Tabaco, durante la inauguración del espacio como contenedor cultural para el FIT. El jardín de los depósitos de Tabaco, durante la inauguración del espacio como contenedor cultural para el FIT.

El jardín de los depósitos de Tabaco, durante la inauguración del espacio como contenedor cultural para el FIT. / Lourdes de Vicente

En la boca de un andén, uno de los tantos que supongo que transportaría el tabaco de los antiguos depósitos de Tabaco, asistimos a la recuperación de este espacio silente que parece hecho a la medida para esta versión del texto francés de los años 70 de Koltès que el director de escena y dramaturgo Fernando Renjifo revisa y actualiza sin manchar ni un poco de su espíritu que, no sé muy bien por qué, (¿será porque ya he entrado de lleno en esa esquina de un “barrio de mierda” de alguna ciudad francesa donde se desarrolla el texto?), me conduce hasta el maldito Rimbaud y la extrañeza de su yo es otro. Yo es otro por esa identidad perdida, por la negación interna y externa, hasta por las paradojas que se revuelven en este monólogo que el actor defiende como se tiene que defender: a veces con la mirada perdida, a ratos seductor, en ocasiones preso de la locura, haciendo malabarismos en la misma frontera entre la maldad y la inocencia... Encarnando de forma tan arraigada el sentimiento del que no tiene raíz, del que la perdió (se la arrancaron) en algún lugar del camino.

Él es otro, yo es otro. Se siente diferente porque lo sienten diferente. Rechaza todo lo que huele a hogar (“he vivido la mayor parte de mi vida en habitaciones de hoteles (...) si me dieran una casa,incluso una cabaña de cuento, la convertiría en una habitación de hotel para sentirme en casa); es “un ejecutor” todo “sangre, músculo, hueso”; da miedo, es una bomba andante, a punto de explotar. Y corre y grita y da vueltas y se excita hablando a ese interlocutor imaginario que se come paciente una idea tras otra para, sin embargo, descubrirse por momentos como un ser indefenso, frágil, conmovedoramente solo. Es él y es otro.

¿Y nosotros?, ¿quiénes somos? Somos el machito que lo enfrenta, somos el que da la paliza, somos el que dice vámonos a otro lugar, somos el que no lo ve, somos el que corre cuando se acerca (“ey, compañero”) a pedirnos fuego, somos la rubia con rizos y ojos alucinantes que se pasó al otro bando, somos el que también tiene el trabajo demasiado lejos (“el trabajo siempre está en otro lugar”), somos los que amamos los viernes noche, somos los que nos cagamos de miedo un viernes noche... ¿somos él?, ¿somos el otro? ¿Quién no se ha sentido alguna vez extranjero? ¿Quién no se ha sentido diferente? Fuera de la zona preasignada, expulsado del perímetro, cansado de llevar la corriente, a punto, a puntito de explotar y tan, tan triste, y tan, tan solo. Y, al mismo tiempo, ¿quién no ha sentido miedo del diferente?, ¿quién no es víctima de los prejuicios?

“Ey, compañero, ¿tienes fuego? Mira he perdido el cuarto donde dormía... Espera, cinco minutos, espera...” Y esperamos a Juan Ceacero en un andén de los depósitos de Tabacalera, la mejor escenografía , y ha merecido mucho la pena.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios