Nuestra incierta vida normal

Una escena de la obra que la compañía griega representó el domingo en La Lechera.
Una escena de la obra que la compañía griega representó el domingo en La Lechera.
Désirée Ortega Cerpa

20 de abril 2010 - 05:00

Compañía: RootlessRoot (Grecia) · Coreografía: Linda Kapetanea y Jozel Frücek/ RootlessRoot. · Intérpretes: Jozel Frücek, Linda Kapetanea, Edgen Lame y Marianna Tzouda. · Música: Vasislis Mantzoukis. · Día: 18 de abril. · Lugar: Sala Central Lechera.

Tras el rastro del tema clásico del escenario como metáfora del mundo, la compañía griega RootlessRoot -cuya interpretación apunta términos tan sugerentes como "raíz sin raíz" o "raíz menos raíz"- concibe su espectáculo como microcosmos de nuestra incierta vida normal, imbuida por la falsa ilusión de la libertad individual. Esta propuesta conceptual aúna diversos lenguajes de las artes de la representación en vivo, pero de forma grotesca, casi rozando el esperpento. De esta manera, se configura un híbrido que esta joven compañía resume como Shouting Opera in Movement y que traducido resulta, algo así como "ópera a gritos en movimiento". Continuando con las traslaciones se llega al título del espectáculo, en su caso UNA, que no tiene nada que ver con el pronombre indeterminado femenino, sino que corresponde a las siglas de Unknown Negative Activity, lo que viene a ser "actividad negativa desconocida". Así, la propuesta concentra un grupo de seres diversos ataviados en estilo urban-casual-grunge, evolucionando por un espacio vacío bajo la batuta de una figura que funciona al mismo tiempo como maestra de ceremonias, regidora de escena e intérprete, mediante canciones y parlamentos -en inglés por supuesto- aderezados por la presencia de un músico que en directo actúa con diversos instrumentos.

Sorprende la juventud de una de las ejecutantes, lo que nos remite directa e inevitablemente a la imagen de una Alicia perdida en un país de pesadillas donde nos obligan a seguir unas reglas que no sirven ni para organizar el caos de la existencia. Las acciones físicas y la biomecánica sustentan en buena medida el trabajo coreográfico que se resuelve de manera casi violenta, en una danza agitada hasta la extenuación, alejada de toda armonía y orientada hacia la desconfiguración. El conjunto resulta desigual, a veces repetitivo y falto de ritmo, como si la desestructuración hubiera afectado también a la organización interna del espectáculo. Con todo, algunos fragmentos resultan muy logrados, como la escena en que un intérprete maneja a otro como marioneta o la secuencia final con la carrera desesperada entre un bosque de abetos de metacrilato, presidido por la sombra de una piel de reno, como un inquietante cuento de navidad sin final feliz.

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