Cultura

Tras las huellas del gaditano

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Buscar a Fernando es encontrar a Cádiz. Y no a un Cádiz cualquiera. Perseguir a Fernando consiste en hallar la piedra Rosetta que descifra la autenticidad gaditana. Autenticidad, escuchen bien, sin tipismos, chovinismos, ni caretas. Diez años después de que nos lo arrebataran de esta senda emprendemos la dulce tarea de rastrear sus pasos. Esas imborrables huellas que lo llevaron de la calle Rosario Cepeda a las mismas puertas de La Caleta donde un cuerpo pétreo, frío, que no es el suyo, mira con la eternidad de la piedra la playa que, un día, regaló a su esposa Nadia y que, durante toda su vida, redescubrió para los gaditanos.

Caminar tras los pasos de Fernando es pisar arena, zambullirse en la mar, tomar un café en el Andalucía, una tapa en el Pasaje Andaluz, dar una vuelta por el Muelle, dejarte caer por el Diario. Y mirar. Y hablar. Con el pescador, con el vecino, con el que tiene duros, con el que está tieso. Con los amigos. Diez años después. Todos se acuerdan. Todos tuercen el gesto. Y, al final, se ríen. Todos tienen una historia. Una historia por cada huella.

calle rosario cepeda

Angelines Sanz abre las puertas del salón donde Fernando Quiñones garabateó, por primera vez, la caracola de Alcances. "¿Qué te cuento?", piensa en alto la mujer que fue piedra angular, junto con su esposo Serafín Gutiérrez, del club Universitas, apoyo incondicional de aquel sueño de festival multidisciplinar que creó el escritor. Angelines enciende un cigarro. Y cuenta: "Era especial, ingenioso y sincero. Sincero, digo, en hacer las cosas. Las hacía porque las sentía. Eso de recoger las bolsas y limpiar La Caleta, por ejemplo. Lo sentía de verdad". "Él vivía aquí, en esta finca, en el primero, la casa de su padre. Hoy en día la tiene Nadia. Entonces, imagínate todo lo que hemos vivido aquí. Fernando tenía una llave de esta casa y entraba y salía cuando le daba la gana. Recuerdo una vez, y esto que te cuento es una muestra de cómo era Fernando, que nos habían regalado un jamón a Serafín y a mí y lo teníamos en la cocina. Fernando venía aquí a escribir mientras nosotros estábamos trabajando, yo entonces daba clases de inglés. Pues un día me encuentro en la cocina un plato, el cuchillo del jamón y un papelito, eso de dejar notas en cualquier servilleta o papel era muy de él, que ponía I discovered the ham (Descubrí el jamón)".

el muelle

"¿Qué si me acuerdo? Como si lo estuviera viendo. Lleva una gabardina hasta los pies. Estamos muertecitos de frío. Va con los hermanos Lloret a por el pescado y yo les preparo la nieve. Metemos las manos en la tina. Está helada de agua y sal". Fueron muchas las ocasiones en las que Antonio del Valle preparaba las cajas que un joven Quiñones portaba con Vicente, Antonio y Pedro Lloret en la época en la que el literato trabajó en el Muelle. "Se veía que era un niño de estudios, que había ido al colegio (Quiñones estudió en San Felipe Neri), pero también que disfrutaba y se implicaba con todo el trabajo. Iba con los sobrinos de Gaspar Lloret, que eran gente que trabajaban en la exportación de pescado y tenían dos parejas de barcos muy bonitas, los Corazones, y la Chita y el Chele", recuerda Antonio, ya jubilado.

"Fernando siempre se enorgulleció de esa época suya de trabajo en El Muelle, es algo que siempre recordaba y que le marcó mucho". La conversación en el salón de Angelines vuelve a la mente tras la charla con Antonio.

el bar andalucía

"De Cádiz y de Alcances a su brazo derecho que es el Bar Andalucía. Su amigo: Fernando Quiñones". Ernesto Rodríguez de la Fuente, regente del mítico establecimiento de la calle Columela, exhibe con orgullo la rúbrica que Fernando Quiñones dejó en su libro de honor. "Era un hombre sencillo, una bella persona y no le gustaba nada el protocolo", ríe el restaurador de un bar que abrió sus puertas en 1946.

"Prácticamente esto era su oficina. Igual venía con una orquesta de músicos de Praga, que con Alberti, que con Caballero Bonald. Ahí dentro, en el salón, se reunía el jurado para hacer las votaciones de Alcances. Imagínate a Fernando en esa época, finales de los sesenta principios de los setenta: vital, de aquí para allá. Eso sí, tanto por la mañana como por la tarde, se tomaba su café y sus churritos. Y si venía por la noche, le gustaba tomar un refresquito en la terraza. Era un buen hombre".

LA caleta

La huella de Quiñones en la que fue su playa va mucho más allá de un rótulo con su nombre en el paseo que muere en el Castillo de San Sebastián. "Fue el primer ecologista que hubo en La Caleta. Reeducaba a los usuarios de la playa sobre el peligro de dejar tirada las bolsas y, con mucho arte, le decía a la gente que las tiraba: Oiga, que se le ha caído esa bolsa". Paco Miraut, que presidió el Club Caleta durante dos legislaturas, no olvida como Quiñones "llevó a cabo una labor medioambiental en la que ni siquiera pensaban los políticos por entonces". "Y para nosotros -añade- la gente del Club, Fernando creo el ciclo cultural A las buenas tardes. Eso no se olvida".

Miraut recuerda a Fernando sentado en el patio de botes del club caletero. "Hablaba con los pescadores y de una de esas charlas con un compañero le salió el precioso relato de El monstruo de mil pesetas". Para el caletero, otra de las imágenes imborrables de Fernando es "durante el periplo que organizábamos en el club de 24 horas navegando por la Bahía", dice Miraut que asegura que Fernando participó "en dos ocasiones y con su nieto Mauro". "También le gustaba que lo llevaran a pescar en las barquitas. Y, cómo no recordarlo al atardecer, en la orilla esperando con un albornoz en las manos a que Nadia saliera de su baño en La Caleta".

el diario

Está sentado frente a su ordenador en el edificio Fénix pero el periodista Emilio López tiene la mente puesta en una pintoresca redacción de la calle Ceballos, la que fue sede de Diario de Cádiz durante más de cien años. "Fernando aparece con frecuencia por el Diario a finales de los años setenta. Él llegaba y negociaba directamente su página con don Federico y don José -dueños del rotativo en la época- y escribía allí. Era muy meticuloso, repasaba sus textos muchas veces, si miras los originales están llenos de correcciones", rememora el periodista que distingue de Quiñones "esa educación exquisita que tenía pero sin faltarle la gracia y con mucho gusto por el cachondeo". "Pero era un trabajador incansable. Me acuerdo de una vez que me citó en su habitación en la Residencia para que le ayudara a hacer un guión de una de las citas de A las buenas tardes del Club Caleta".

"Quiñones fue un hombre sencillo. Hasta el final de su vida conservó sus amistades más humildes, las cultivó y no cayó nunca en la cursilería. Recuerdo una vez que le pedimos que pregonara El Trofeo de Mus de la Piedra Cuadrá y aceptó del tirón. Dio un pregón que todavía se recuerda", narra Emilio López que aún ríe al rememorar "cómo odiaba Fernando una placa", "aún tengo yo en mi casa alguna porque él me decía: toma Emilio está te la quedas tú en depósito". Sin embargo, un homenaje que emocionó especialmente al escritor fue "el que le dimos en el Club Caleta, ya estando malito, donde colocamos, sin que él se diera cuenta, un mosaico de la mojarrita que él reproducía en su firma y que aún se puede ver hoy con uno de los versos que él le dedicó a La Caleta".

"Qué falta nos haría Fernando Quiñones ahora con todo lo que se avecina con el Bicentenario", se lamenta el periodista.

pasaje andaluz y los sitios de comer

"Efectivamente, Quiñones venía mucho por aquí a tomarse una tapita de lengua en tomate, tortilla mixta o sesos. Le gustaba mucho cómo lo hacíamos". Miguel Rubín, dueño de el Pasaje Andaluz, se acuerda del "campechano y sencillo" literato desde su bar en la plaza de San Juan de Dios. Este establecimiento, que el abuelo de Rubín adquirió en 1929, fue uno de los lugares que Quiñones solía frecuentar.

"A Fernando le gustaba los sitios con historia, con gracia", indica Angelines Sanz. "Los bares de la Viña, el restaurante El 99, que estaba por detrás de Candelaria... Y los sitios donde le pusieran pescado. En una ocasión, cuando él vivía en Madrid, me llamó por teléfono para decirme que cuando fuera a verlo le llevara acedías. Me fui a la plaza, bueno a él le encantaba también ir a comprar pescado a la plaza, y preferí comprarle lenguados. Los llevé en tren hasta Madrid, tal y como él me dijo envueltos en hojas de acelgas para conservarlos bien, y cuando los vio se quejó: ¡No son acedías!".

Emilio López no puede olvidar el enunciado con el que Fernando cerraba el tríptico del ciclo cultural caletero con "las reconocidas patatas fritas del Corralón de renombre universal". "Bueno algunas veces decía "vamos a traer refuerzos", eso significaba que venía Pepe Monforte con longanizas y cositas de Chiclana".

"A mí me hacía gracia, porque él era gaditanísimo, cuando en el bar del Club se pedía con mucho arte un Rioja y una tapita con salsa. Entonces se sacaba una pieza de pan y comenzaba a mojar", cuenta, simpático Paco Miraut.

Final de trayecto. No hemos perdido el rastro. Pero su estela es imposible de recorrer en dos páginas. Reímos al recordar. Una risa que se queda en los labios. Sin subir a los ojos. Algo acuosos. Como la mar.

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