Ramón Pérez Montero | Escritor “La frontera entre ficción y realidad hay que diluirla en la literatura”

  • El autor asidonense publica con Libros de la Herida la novela ‘Eras la noche’, donde recrea una historia de maquis en la posguerra con Largomayo y el comandante Abril como protagonistas

El escritor asidonense Antonio Barrios. El escritor asidonense Antonio Barrios.

El escritor asidonense Antonio Barrios. / Antonio Barrios

–En los agradecimientos de su libro habla de las primeras pistas de la historia y de las últimas. ¿Cómo surge esta novela?

–Esta historia tiene un recorrido biográfico muy largo, porque desde siempre, desde niño, había escuchado en Medina hablar de Bernabé y Largomayo, pero por el miedo de la propia represión nadie quería hablar del asunto. Estaba cubierto por un velo de misterio que aumentaba mi interés por conocerlo. Después, Manuel Pérez Regordán publicó unos artículos en Diario de Cádiz sobre el maquis en la provincia, entre ellos uno sobre la partida de Bernabé López Calle en la serranía de Medina. Eso me hizo entrar en contacto con la realidad y comencé a hacer una investigación por mi cuenta. El primero que me ofrece datos muy fidedignos es Jesús Núñez y, más tarde, Salustiano Gutiérrez me ofrece también casi en última instancia una valiosa documentación. Entre todo eso y algunos testimonios orales que aparecen en el libro se ha ido conformando la historia.

–Cuando un escritor parte de una historia real, ¿cómo se plantea el proceso de novelización? ¿Se autoimpone una frontera entre ficción y realidad?

–No, la frontera esa hay que diluirla, hay que borrarla. La ficción y la realidad se deben mezclar hasta tal punto que esa frontera, esa marca, desaparezca. Que el lector no se sepa bien dónde termina la realidad y dónde comienza la ficción. Ese es el proceso del embrujo propio de la literatura.

–No por confundir.

–No, claro, sino porque la literatura funciona sobre la base de un engaño previamente aceptado tanto por el autor como por el lector, que sabe que está asistiendo a una representación ficticia por mucha base real que tenga. Y esa frontera hay que diluirla porque si se observase, creo que la novela fracasaría como proyecto literario.

–Pero tipográficamente se resaltan de manera distinta los atestados de la Guardia Civil o las sentencias sumarísimas.

–Son tomadas de los expedientes originales, pero también hay ciertos toques (ríe) manipuladores... Todo debe estar contaminado por el virus de la literatura.

–Hablemos de dos recursos de la novela: los continuos saltos temporales y las frases cortas y directas. Uno diría que incluso un alumno de Secundaria celebraría la ausencia de subordinadas si le tocara analizar esta sintaxis.

–El salto temporal es un recurso buscado intencionadamente porque, desde un principio, he querido involucrar mucho al lector en la historia, que se introduzca, y para eso hay que forzarlo un poquito. Hay lectores que me han confesado que al principio se perdían un poco con los saltos temporales, pero que después se han metido bien en la historia. Y eso es precisamente lo que yo buscaba, mantener una atención. Y, además, con estas más de 150 piezas de la historia, creo que cada lector puede hacer su propio puzzle, recomponer su propia narración y empezar por cualquiera de los cuatro capítulos. No hay que seguir forzosamente el recorrido tipográfico de la novela. Y creo que esa labor activa a la que obligo le da mucha fuerza a la narración.

Y, lógicamente, cuando tú sometes al lector a ese esfuerzo de reconstruir el puzzle, creo que hay que aliviarle la tensión de la sintaxis. Porque a mí me gusta mucho escribir con frases subordinadas, tengo otras novelas en las que lo hago, pero aquí creía que había que aliviar al lector por esta parte. Este estilo de frases cortas es mucho más fácil para el lector, para cualquier tipo de lector.Porque para ser, hasta cierto punto, una novela experimental en su forma, creo que es accesible a cualquier tipo de lector.

–Y sentencias cortas, muchas en el libro, que dan que pensar y que sirven para construir a los personajes. Por ejemplo: “Que te vaya bien la vida con tus cadenas”. A lo mejor no hay una descripción del personaje en sí, pero estas frases lo van labrando poco a poco.

–Creo que sí, porque más que descripciones físicas, que también las hay, he querido que cada personaje se vaya construyendo a sí mismo a través de lo que dice, que se haga reconocible a través de lo que dice sin que haga falta que yo diga quién esta hablando. Es difícil porque el lector tiende a querer que tú le des datos sobre el que está hablando, pero cuando hablan de una forma tan potente, tan característica, creo que se hace reconocible apenas dice dos palabras. Y estas sentencias a las que te refieres, que tienen un calado dramático muy hondo, están sacadas de la experiencia de la gente del pueblo. Me he criado en mi pueblo, mi padre tenía una tasca a la que acudían recolectores, cazadores furtivos..., y esa gente tenía una visión bastante dramática de la existencia. Muchas demuestran el ambiente opresivo de la época.

–Es una historia de traición, evidentemente, pero también da la sensación de que es una novela de inocentes.

–Creo que es una novela de perdedores, fundamentalmente. Es como un juego en el que todos los participantes han perdido, los de un bando y los de otro. No sólo los perseguidos son víctimas masacradas, sino que también los perseguidores son víctimas, máquinas puestas al servicio de un régimen. Los igualo porque creo que son perdedores por las circunstancias de la historia, por la rueda que mueve la historia y que tritura a la gente. Y esa inocencia de los personajes también existe, hay un rasgo de inocencia como si no supieran lo que está realmente pasando.

–Y qué cantidad de miseria retrata la novela. Me vienen a la cabeza relatos de cómo se robaba animales y frutas en los campos.

–Sí, eso está ahí. Largomayo tiene mucho de Juan Lobón, de Pascual Duarte, de Lazarillo... es un pícaro, no es un sinvergüenza pero tampoco es un gran delincuente. Es un hombre al que lo persiguen por robar unos kilos de garbanzos en un cortijo, robaba para comer. Largomayo era un recolector, en todos sus aspectos es un hombre prehistórico, que subsiste a base de lo que puede cazar en el campo de manera furtiva y recolectando espárragos, tagarninas...

–Y sin embargo otros personajes, como el comandante Abril, saben porqué han dado el salto al monte.

–Sí, el comandante Abril es consciente de la decisión que ha tomado y la ha tomado voluntariamente y en base a unos principios éticos, y sabiendo a lo que se exponía. Cuando presenté la novela en Montejaque, la localidad natal del comandante Abril, me contaba la gente del pueblo muchas cosas de él, y recordaba cómo cuando estuve hace tiempo para investigar, entonces no contaban tantas cosas como ahora que ya llegué con el libro. Y me hablan, sí, de esa imagen de héroe local que tiene para una gran mayoría de la población. La imagen que me transmiten de él, incluso su nieto, es esa. Que incluso le detienen a la mujer y a las hijas, para obligarlo a entregarse, y que no se entrega. Es plenamente consciente de lo que está haciendo y sabe perfectamente cómo va a acabar la historia. Bueno, Largomayo también lo sabe y por eso procura que no acabe mal para él. El comandante Abril es un héroe trágico, sabe que va a morir y sabe que su hijo va a morir con él.

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