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fuera del mundo | eyam Un cordón sanitario hecho de piedra

  • La localidad inglesa de Eyam se enclaustró durante la peste de 1666 para evitar que el mal se extendiera por el resto del país

Tumbas en Riley de la familia Hancock: la madre, única superviviente, tuvo que enterrar ella misma a sus seis hijos. Tumbas en Riley de la familia Hancock: la madre, única superviviente, tuvo que enterrar ella misma a sus seis hijos.

Tumbas en Riley de la familia Hancock: la madre, única superviviente, tuvo que enterrar ella misma a sus seis hijos. / C.C./Andrew Tryon

Todo comenzó con un trapo mojado. El sastre de la localidad había recibido unas muestras de tejido provenientes del muy apestado Londres y, como las telas estaban empapadas, su ayudante las puso a secar frente al fuego. Ha pasado a la historia que fue entones cuando sintió un pinchazo en la mano. En unas horas, George Viccars se convertía en la primera víctima mortal de la epidemia de peste que asolaría Eyam durante más de un año. La enfermedad metía pezuña en el norte de Inglaterra tras llevar ya meses masacrando al resto del país, y se las prometía felices: en unos pocos días, tras la muerte del aprendiz de sastre, barrió a 19 personas.

A nivel de exterminio, era un inicio prometedor. Y lo fue: sobre todo, porque los habitantes de Eyam –a instancias de sus párrocos, el oficial, William Mompesson, y el clandestino, el puritano, Thomas Stanley– decidieron que el pueblo debía enclaustrarse dentro de los límites de un (je) “cordón sanitario”.

Se ha dado por hecho que murieron en total 260 personas, un 75% de los habitantes del pueblo. Un estudio reciente apunta, sin embargo, que el porcentaje pudo ser menor. Si la población de Eyam como un todo se elevaba, según registros más exactos, a 700 personas, “sólo” estaríamos hablando de un tercio de sus habitantes, que tampoco está mal. El mes de agosto de 1666, el más letal, William Mompesson contó 77 muertes.

Al contrario que otras pandemias populares en la historia, la peste no tenía su origen en un virus, sino en una bacteria (Yersinia pestis) pero su origen era también animal: la transmitían las pulgas que habían estado en contacto con ratas infectadas. En los viejos y no tan buenos tiempos, la plaga se diseminaba que era un gusto. La radiografía de muertes de Eyam nos permite ver que se cebaba muy especialmente en los pobres y en los niños. Toda epidemia de peste (qué digo, toda epidemia) hacía que la masacre habitual que eran los partos duplicara su ya generosa tasa de mortalidad (añadiendo a la enfermedad, el hecho de que las matronas se negaban a atender).

En junio de 1666, William Mompesson y Thomas Stanley decidieron tomar medidas. Desde ese momento, las misas se celebrarían al aire libre. Los muertos no se enterrarían en los terrenos de la iglesia ni en otros terrenos comunes, sino en los de las propias casas. Pero la medida más extraordinaria fue la del establecimiento, literal, del cordón sanitario: un círculo de mojones de piedra que marcaba los límites del pueblo. Nadie podía entrar, ni salir, de ese perímetro: los ciudadanos de Eyam quedaban así enclaustrados y doblemente condenados. La esposa de Mompesson, Catherine, apuntó en su diario que los habitantes de Eyam aceptaron la medida con “reticencias”: bueno es saberlo porque, si no, estaríamos hablando de un celo digno de secta. También es conveniente saber que, en los meses previos al encierro, las localidades cercanas negaban la entrada (y digamos que negar es un suave eufemismo) a todo aquel que supieran que provenía del pueblo.

Uno de los problemas que se presentaba era el del suministro, ya que la mayor parte de los habitantes se dedicaba a la minería y no contaba con medios para el autoabastecimiento. El duque de Devonshire se prestó a proveer de medicinas y alimentos a los parroquianos: los aldeanos dejaban monedas empapadas en vinagre (su hidrogel, por decir) en agujeros perforados en las piedras que rodeaban al pueblo a cambio de los bienes. De que el duque de Devonshire accedió a ayudar a sus paisanos para impedir que el mal se extendiera al resto de sus territorios no tenemos pruebas pero, en efecto, tampoco dudas.

Había que impedir que la plaga llegara, por ejemplo, a la industriosa y cercana Manchester

El objetivo era evitar, sí, que la peste desmembrara el norte de Inglaterra con el mismo empeño con el que había masacrado a la mitad del país. A ojos modernos, era también vital que la enfermedad no llegará al otro medio pulmón de la isla, que no alcanzara Edimburgo ni centros balleneros como Hull y, muy especialmente, a la muy industriosa, lanera y cercana Manchester.

Descorazona ver los remedios a los que recurrían: salvia, ruda, especias, incluso orina. El Colegio de Médicos aconsejaba hacer un emplasto con una cebolla, un higo y ungüento de Venecia, y ponerlo caliente sobre las pústulas.

Como en muchas casas no quedaba gente para enterrar a sus muertos o, simplemente, les era demasiado horrible, un tal Marshall Howe (que se creía inmune porque ya había pasado la peste) se autoproclamó enterrador. Su método de actuación era colocar una cuerda a los pies o a la cabeza de los muertos y arrastrarlos. De hecho, durante mucho tiempo, la forma de asustar a los niños en la región era decirles que Marshall Howe iba a ir a por ellos (el enterrador terminó contagiando a su mujer y su hijo de dos años, que murieron). Howe enterraba cadáveres pútridos pero, también, aún calientes. De hecho, uno de ellos, revivió cuando lo levantó de su lecho de muerte: “¡Quiero mi posset!”, bramó –una mezcla de leche hervida, pan y cerveza, un modo indirecto de volver a abrazar la muerte, en mi opinión–.

Hubo una pobre mujer, Elizabeth Hancock, que tuvo que enterrar ella sola (literalmente) a sus seis hijos y su marido en espacio de una semana. Catherine Mompesson, que había visitado a numerosos moribundos y enfermos, también falleció. Lo curioso es que el sacerdote supo que su mujer había contraído la peste cuando la escuchó hablar de un “olor dulzón”. El fenómeno era común en muchos de los agonizantes, aunque por entonces no se conocía la causa exacta del fenómeno: lo que olían los enfermos, y sólo ellos, era la descomposición de sus propios órganos.

El 1 de noviembre de 1666, tal como había llegado, la pandemia desapareció. Ya había cumplido su misión.

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