Cultura

Un día de perros

Drama carcelario. España-Francia, 2009, 120 minutos. Dirección: Daniel Monzón. Guión: D.M. y J. Guerricaechevarría, a partir de la novela de Francisco Pérez Gandul. Fotografía: Carles Gusi. Música: Roque Baños. Intérpretes: Luis Tosar, Alberto Ammann, Antonio Resines, Carlos Bardem, Marta Etura, Vicente Romero, Manuel Morón, Manolo Solo. Cines: Ábaco, Alameda, Al-Andalus Bormujos, Arcos, Cineápolis, Cinesa Plaza de Armas 3D, Metromar, Nervión Plaza.

Hay ciertos entusiasmos que provocan un efecto contrario. En el caso que nos ocupa, Celda 211 llega avalada por las frases superlativas que varios críticos de la prensa nacional le han dedicado desde su pase por el Festival de Venecia. No sólo estamos ante la mejor película española del año, se nos dice, tanto que no parece española, se añade, sino que es posible que sea una de las mejores películas españolas de todos los tiempos.

Uno, escéptico por naturaleza, tiende a tomarse estas loas con cierta reserva, más aún conociendo a los firmantes. Nos vamos al cine, y esperamos destellos de esa maestría anunciada o signos de ese pulso y esa sequedad fullerianas que se nos adelantan. Sin embargo, Celda 211 es, simplemente, y no es poco, una buena y correcta, entretenida, imperfecta, con sus tics y sus problemas, película carcelaria, género éste poco transitado por nuestro cine y que suele concitar las pasiones de los amantes de lo viril, lo visceral o lo descarnado como ingredientes indispensables para el buen cine de toda la vida.

Cocinero antes que fraile, a Monzón le otorgamos un sobrado conocimiento (primero como crítico) y manejo (luego como director) de las claves y dinámicas del cine de género. El corazón del guerrero, El robo más grande jamás contado o La caja Kovak lo avalan con uno de los mejores artesanos de nuestro cine industrial.

A partir de la novela del periodista Francisco Pérez Gandul, Celda 211 se adentra en los ambientes carcelarios con un ojo en la tradición, una renovada voluntad realista y cierta crudeza formal para retratar la historia de un violento motín polarizado entre el malo-bueno Malamadre (Luis Tosar, candidato a todos los premios con su creación), criminal pendenciero con labia y don de mando, y el bueno-malo Juan Oliver (Ammann), un funcionario de prisiones atrapado en la revuelta en su primer día de trabajo, dos personajes destinados a mirarse cara a cara en un interesante trasvase de personalidades en una situación límite de violencia y descontrol.

Monzón confía plenamente en su guión, que dosifica sus giros y golpes de efecto con calculada profesionalidad dramática, y acerca su cámara nerviosa al físico de sus criaturas. Todo avanza con la tensión, la violencia y la calma chicha que se presupone al género, todo encaja en el mecano de la estructura prefijada, que se permite incluso interesantes apuntes locales (los presos de ETA), todo pretende ser crudo, creíble y realista hasta el final. Sin embargo, en el trayecto, no todo funciona en un mismo registro: hay demasiados actores infiltrados en la jauría, muchos de ellos sobreactuados, hay personajes sobrescritos, presos que parecen enfermos psiquiátricos, funcionarios con la palabra demasiado limpia o las ideas demasiado claras, acumulación de peripecias, escenas explicativas y fatalidades en un corto espacio de tiempo y, en fin, esa tendencia inevitable a contar más a través del diálogo que de la puesta en escena. La (mala) fortuna ha querido también que este mismo fin de semana hayamos visto otra cinta carcelaria, Un profeta, con la que Celda 211 pierde a los puntos.

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