El cuento de las medias de seda

Hoy llega a los cines la última versión de 'La Bella y la Bestia'

Aunque de corte moderno, la historia original pretendía aplacar a las jóvenes rebeldes

Uno de los fotogramas más populares de la película.
Uno de los fotogramas más populares de la película. / D.c.
Pilar Vera

Cádiz, 17 de marzo 2017 - 08:05

Antes de que Hermione vindicara a las mujeres con cerebro en el imaginario adolescente e infantil, y de que Belle de Crepúsculo hundiera en el abismo de ese mismo imaginario cualquier intento de identificación femenina, apareció Bella. El personaje siempre había estado ahí -en un siempre que se remonta a principios del XVIII- pero fue la factoría Disney la que, tomando un sólo párrafo del cuento original -el que relata el gusto de la protagonista por los libros que hay en la biblioteca del palacio- se las ingenió para desarrollar una heroína con enjundia. La versión que hoy llega a los cines, con Emma Watson, Dan Stevens y una miríada de voces famosas, apenas altera -aseguran- la historia que la compañía hizo marca hace ya un cuarto de siglo.

A diferencia de la mayor parte de los cuentos que incluimos en nuestro canon de clásicos, La Bella y la Bestia es una historia moderna. Tiene, para empezar, una fecha de nacimiento clara: 1740, de la mano de una de las damas de los cuentos de salón franceses, madame Gabrielle-Suzanne de Villeneuve. Esta versión, la original, es la más larga de todas las que se han hecho, que no han sido pocas. Y es un cuento pensado por y para un público adulto. Es más: su moraleja estaba destinada a las jovencitas en edad de desposarse que se mostraran reticentes, por decir, ante el marido elegido -por lo común, mayor, poco agraciado y a sus ojos, sin duda, lerdo: es decir, un remedo de la Bestia-. Bajo un exterior horripilante, niñas, puede existir todo un príncipe. Además, tenéis un palacio con jardín y criados. No os quejéis tanto. "No hagas mucho caso a lo que ves" , se nos repite una y otra vez en la novelita, que incluye un detalle interesante y omitido en versiones posteriores: al poco de llegar Bella a palacio, la Bestia le pide acostarse con ella, cosa que esta rechaza. La escena se repite cada noche y, cuando la protagonista regresa su casa y le cuenta al padre lo que ocurre con su anfitrión, este no duda en aconsejarle que acceda a sus deseos: "Es más conveniente tener un marido amable que uno que sólo lo sea por su aspecto", le dice, aunque Bella se niega a ello porque la Bestia no es sólo fea, sino también,bête,por bruta: carece de un "diálogo ameno".

Desgraciadamente, no duró mucho este jugoso modelo de la historia: en 1757, madame Jeanne-Marie Leprince de Beaumont la adaptó para público infantil, recortándola notablemente en el proceso -y ahorrándose mencionar, de paso, quién firmaba el original-.

Como narración, La Bella y la Bestia forma parte de la larga lista de cuentos de transformaciones, como El príncipe sapo y su símil eslavo, La princesa rana, o los relatos de tradición melusínica y de las selkies del Mar del Norte. Su motivo iconográfico es potente por antiguo: un león y una mujer que lo doma aparecen ya en una de las cartas del tarot de Marsella. Todos sabemos desde el principio que no hay nada que temer en la Bestia, igual que sabíamos desde el principio que había que temerlo todo de Barbazul y que Caperucita y el Lobo valen más por lo que callan que por lo que cuentan. El precedente más claro de La Bella y la Bestia dentro del cuerpo de los cuentos tradicionales lo encontramos en Al Este del Sol y al Oeste de la Luna: un relato de la tradición nórdica en el que un oso polar exige, también, casarse con la menor de las hijas de un pobre hombre. El oso la transporta hasta un magnífico castillo encantado y, por las noches, ella nota que alguien se mete en su cama -por supuesto, el oso en forma humana-.

Aun cuando elaborada para aplacar románticas rebeldías juveniles, La Bella y la Bestia contiene mensajes sustanciosos, tal vez no tan extraños dentro de la relativa libertad que podían vivir las mujeres de los salones literatos, pero desde luego a años luz de lo que fue y sería la norma social aplicable, implacable: "Ama a quien te ama", le aconseja a Bella la Bestia no bestial en sueños; "Te amo entrañablemente: eres la única que puede hacerme feliz haciéndote feliz a ti misma", le susurra la Bestia en la vigilia. La voluntad de Bella es, a pesar de todo, un elemento fundamental en el cuento: "Ya que no te han traído a la fuerza, te perdonaré la vida y te quedarás conmigo", le dice la Bestia al llegar. La Bestia la deja regresar a su casa aunque tema que ella puede no volver. Y, sobre todo, es cuando al fin accede libremente a dormir con él, cuando la Bestia se convierte en hombre: "Bella -nos dicen- había dejado de temerle".

La historia aplica, de forma algo sorprendente respecto a lo que es la regla común en muchos cuentos clásicos, una lección de primero de sentido común: que el amor sólo llega a través del conocimiento- Disney ha necesitado casi cien años para dibujar a una protagonista (Elsa) que pronunciara semejante anatema en voz alta -.

No deja de resultar curioso que, pese a sus consejos de obediencia a las jovencitas, De Villeneuve no diera el perfil de mujer sumisa con su esposo: a los seis meses de casada, solicitó una separación de bienes. Quedó viuda muy joven y no volvió a casarse. Nada comparado, desde luego, a la historia de su antecesora entre las recopiladoras de cuentos , madame d´Aulnoy, que acusó a su marido, 30 años mayor, de crímenes de lesa majestad y consiguió escapar -acogiéndose a sagrado y ejerciendo luego de algo parecido a espía- de una condena a muerte. Ese sí que es un cuento que contar.

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