Regreso a la poesía con 'Los amores sucios' Juan José Téllez: "No podemos vivir en un telefilme donde todas las emociones se parecen a Doris Day"

  • Con la rebeldía de ‘Los amores sucios’ (Aguilar), que este jueves 28 de enero llega a las librerías, el algecireño regresa a la poesía una década después de la publicación de su último libro

El escritor Juan José Téllez. El escritor Juan José Téllez.

El escritor Juan José Téllez. / Paco Sánchez

Cuando está prohibido todo contacto, cuando tocarse pone en juego la vida, la poesía de Juan José Téllez regresa un década después del último beso para abrazarnos fuerte y dejarnos sin aliento. El algecireño, el gaditano cuya patria es la palabra, se empeña en mancharnos de belleza con Los amores sucios (Aguilar) que desde hoy reluce en las librerías para saltar a nuestro pecho y deshonrarnos las camisas con disidentes lamparones de lucidez. (Y hasta de lujuria, ¿qué más rebelde?)

–Diez años sin publicar poesía pero, ¿diez años sin escribirla?

–No, yo escribo poesía con mucha frecuencia. Aparte de vivir y beber, es lo que hago con más asiduidad. Lo que ocurre es que la poesía tiene un registro en el día a día diferente al que tiene un relato o un ensayo. En mi caso, la poesía es algo más espontáneo y no tiene que ver con eso que decían Picasso y Neruda de que es conveniente de que la inspiración te pille trabajando; yo diría que es conveniente que te pille viviendo porque de eso se nutre la poesía. Además, no te obliga a unos plazos editoriales, tampoco hay una exigencia por parte de los lectores, no hay que estar alimentando la máquina constantemente sino que es un proceso más íntimo, más personal y es uno el que se marca los tiempos.

–Entonces, en diez años, ¿habría mucho donde elegir?

–Es que en la poesía también es imprescindible tirar y deshacerte de lo que ya no responde a lo que quisieras. Una metáfora muy habitual es la del cuidado de los vinos, ¿no?, la poesía también exige un proceso de decantación, de solera, de elegir bien las uvas para que finalmente lo que llegue al paladar literario sea, más o menos, lo que quieres presentar. Y presentar algo nuevo, no quiere escribir uno como Julio Iglesias interpreta canciones, que siempre son la misma, una canción maravillosa, pero la misma. Y a mí me gusta el riesgo.

–Paso del tiempo y el gusto del vino dos conceptos que iba a unir en una pregunta. ¿El tiempo al amor viene a ser como la carcoma o como esos beneficios para el vino?

–Depende de cómo sea la madera (ríe) A ver, el amor es un reflejo de lo que eres, y somos tremendamente contradictorios, con lo cual el estado de amar puede ser absolutamente incoherente. Y el amor, como es una emoción tan de las tripas, tan de las entrañas, es la prueba del algodón de lo que te ocurre en otros aspectos de tu vida. Decía Severo Ochoa que el amor es física y química, y es que el amor responde a cómo eres y también intuye cómo eres. El amor no es el mismo todo el tiempo, se va transformando, como se va transformando la propia persona. Yo no soy Juan José Téllez de los 20 años, ni de los 30, ni de los 40, soy el Téllez de los 62 que se contempla a sí mismo en la memoria como si fuera una persona extraña. Yo no soy ese, soy el que soy ahora y amo como soy ahora. Ahí cabe desde la carcoma hasta la exaltación. Y es preferible lo segundo, que creo que es lo que he ido buscando toda la vida, la pasión en la vida cotidiana...

–...He ahí el corazón de ‘Los amores sucios’...

–... Sí, porque el amor no sólo ocurre en paisajes románticos y en aquellos lugares propicios para el amor del que nos hablaba divertidamente Ángel González. El amor ocurre en los suburbios, el amor ocurre en polígonos industriales, en pisos de estudiantes, en casapuertas... Y no sólo me refiero a ellos como lo que son –suburbios, polígonos, pisos, casapuertas...– sino como metáforas de los estados de ánimo de nuestra alma.

–Es algo totalmente subjetivo, pero bajo la exaltación noto en este libro un fondo de tristeza

–Bueno es que si algo aprendí de las teorías espirituales de Oriente en mi adolescencia para intentar ligar con la chica de la academia fue lo del yin y el yan. La tristeza es imprescindible para que exista la alegría, la melancolía es necesaria para saber apreciar el entusiasmo y el desamor es el contraste en el que se nos muestra el amor. No podemos vivir inmersos en un telefilme de sobremesa en los que todas las emociones se parecen a Doris Day. La vida es otra cosa, la poesía es otra cosa. Y efectivamente hay en este libro tristeza aquí para que haya alegría, pero también hay complicidades, miradas al pasado y presagios de futuro.

–Creo que también conviven con uno de los hilos conductores de su poesía. “La pérdida como bandera”, creo que le leí alguna vez... Alcanza hasta al amor...

–En gran medida soy nómada en el amplio sentido de la palabra y en el amor también lo he sido, y eso conlleva mucha pérdida, mucho dolor, la conciencia de que la vida te ha llevado por caminos que, quizás, no hubieras querido transitar pero que son los que son... Por lo tanto, puede que esa sensación de pérdida haya llegado también al amor. Pero no sólo al amor carnal o sentimental, la pérdida también del amor a la utopía, del amor a los grandes valores que hemos ido desechando a lo largo del tiempo, tanto a título personal como a título colectivo.

Cubierta del poemario 'Los amores sucios'. Cubierta del poemario 'Los amores sucios'.

Cubierta del poemario 'Los amores sucios'.

–¿Cómo se ama cuando tocarse es peligroso, cuando encontrarse es un riesgo... cómo se ama en confinamientos, cómo se ama en pandemia?

–El amor siempre ha sido peligroso pero lo que es más peligroso en la vida es la vida. La vida es un riesgo constante y vivir consiste en afrontar ese riesgo. La pandemia nos ha convertido a todos, un poco, en cartujos, en monjes de un convento mundial en el que nos hemos tenido que volver a acostumbrar a vivir con nosotros mismos y en ese proceso hemos sacado lo mejor y lo peor de nosotros mismos, y a veces en una misma tarde. Lo importante es lo que prevalezca en ese pulso. Volvemos al Arcipreste, Don Carnal y Doña Cuaresma viven en nosotros y hay que elegir quien gana la batalla. Esa soledad cartuja de la pandemia nos debería haber enfrentado, además, a esa evidencia que nos dice que es absurdo ser feliz si no buscamos la justicia; es imposible ser feliz sin los otros.

–Le leí hace unos meses un texto periodístico de opinión sobre las noches que nos ha robado esta situación. ¿Cómo son sus noches ahora?

–Yo, como muchos otros, soy un náufrago de la noche y me han robado mi hábitat. Y no lo ha hecho el Gobierno central, ni el autonómico, ni el nuevo orden mundial, lo ha hecho un virus, lo ha hecho, probablemente, un síntoma más del legítimo derecho a la defensa que tiene el planeta para intentar sobrevivirnos. Como dice Ruibal en una de sus últimas canciones, esto ha sido un aviso del planeta, y tendríamos que escucharlo. Yo me he acostumbrado a prescindir de muchas noches, a prescindir de mis adorados bares, como fuera de casa de uno no se está en ningún sitio, y cada vez tengo más opciones de estar fuera de mi casa. Pero también he logrado adaptar las noches a estas nuevas costumbres y mis noches son productivas, más sosegadas que antes y aprendo a valorar ese exilio de la noche pero me siento desterrado de las luces de neón, de las barras de los bares y me siento desterrado de la capacidad de convivir y de sorprenderme con los seres humanos a los que decididamente amo a pesar de todos sus defectos y a pesar de todas sus incongruencias.

–¿’Los amores sucios’ es hijo de este destierro o lo llevaba consigo antes?

–Viene de mucho antes. No me gusta escribir de lo inmediato. Escribir bajo presión de la realidad está muy bien para el periodismo pero aquí la única presión es la búsqueda de la palabra adecuada. Es como el artesano que busca los mejores colores para un mosaico. Es una tarea minuciosa y que lleva tiempo. Es un libro de reflexión sobre el amor. Yo he estado profundamente enamorado durante casi toda mi vida y este libro es fruto de esa memoria del amor, no de la inmediatez del amor. Lo que ocurre es que la poesía tiene un poder casi de presentimiento. Uno escribe con efecto de hace mucho y la realidad acaba dándole la razón a lo que has escrito. Por ejemplo, yo hace mucho escribí un poema donde ardía Notre Dame...

–Cuidado que lo nombro rápido el Nostradamus de la Bahía...

–(Ríe) Es que creo que la poesía es el ámbito de la literatura, y de la vida, donde más magia se concentra, porque da la sensación de que uno no escribiera lo que imagina, siente o sueña sino que eres una especie de médium de un inconsciente colectivo, que es el que al final te dicta las palabras. José Luis Cano me contó una vez que cuando estuvo en la cárcel de Algeciras en la Guerra Civil que en uno de los calabozos había un hombre prácticamente analfabeto que decía que por la noche se le aparecía su hijo muerto, que era poeta, y le dictaba romances; romances que él recitaba de día... Creo que esa es la metáfora que más se aproxima a la realidad de lo que puede ser la poesía o, al menos, mi poesía.

–Dedica este libro a las personas que amó “limpiamente”. ¿Acaso es posible amar sin mancharse?

–Realmente es imposible. El amor suele dejar muchos daños colaterales, a veces en uno mismo y, a veces, uno mismo termina asesinando al amor y eso sí que produce tristeza, melancolía y rabia. Y este libro creo que es en gran medida, dentro de lo que la poesía permite, un desnudo integral con todas mis miserias y mis grandezas, con todas las miserias y grandezas de quien lo lea y pueda hacer suyos esos poemas. No sé creo que desnudarse está bien siempre y cuando tengamos espejos donde mirarnos e intentar corregir el tiro para no asesinar al amor y, si acaso, herirlo simplemente en el hombro, y reponernos y volver a reorganizar nuestra alma y nuestras emociones y poder convertir un amor roto en una relación diferente pero con la misma intensidad, ternura y complicidad que el amor conlleva... No estoy seguro del haber reflejado esto bien en mis versos, pero lo peor es que no estoy seguro de haber reflejado bien esto en mi vida.

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