El drama de la inmigración

El último superviviente

  • Con sólo 17 años, Hamza Elouazzani consiguió escapar de la muerte en el naufragio de la patera maldita de Caños de Meca

  • A dos días de que se cumpla un año de la mayor tragedia migratoria en las costas gaditanas de las dos últimas décadas, el único superviviente de la embarcación que sigue viviendo en la provincia nos relata su historia

Hamza posa delante de unos barcos amarrados a la ribera del Guadalete. Hamza posa delante de unos barcos amarrados a la ribera del Guadalete.

Hamza posa delante de unos barcos amarrados a la ribera del Guadalete.

El jueves 1 de noviembre del pasado año 45 personas a bordo de una frágil patera emprendieron un peligroso viaje hacia su sueño europeo en busca de una vida mejor y un futuro que se les niega en Marruecos. La mayoría eran jóvenes de Salé, una ciudad de 890.000 habitantes cercana a Rabat, la capital del país. Cuatro días después, con sus noches, tras un auténtico infierno entre el batir de grandes olas en un Atlántico enfurecido, la pequeña embarcación se desmoronó al colisionar con la escollera de la playa de La Laja, en los Caños de Meca. 23 de esas personas perdieron la vida y sus cuerpos fueron devueltos poco a poco al arenal gaditano en una marea de muerte e impotencia. Otros 22 consiguieron salvarse. El último en salir del agua, aterido, exhausto, casi cegado tras varias horas luchando contra la resaca que pretendía llevárselo al fondo, provisto únicamente con un chaleco salvavidas que acabó por resultar milagroso, fue Hamza Elouazzani, un joven a punto de cumplir 18 años. Un año después de aquella tragedia, que supuso un mazazo y que dejó imágenes que jamás podrán olvidarse, Hamza es el único superviviente que continúa en la provincia, concretamente en El Puerto de Santa María, acogido por una familia perteneciente a la Red de Acogida de la localidad portuense. Esta semana ha atendido a este diario con una sonrisa franca, madura y una mirada cargada de esperanza a pesar del infierno vivido en su camino hacia su nueva vida. Esta es su historia.

Yo, Hamza Elouazzani, nací en Salé hace casi 19 años. Mi padre es albañil. Cada día muestra en el suelo de las calles de mi ciudad sus piezas, sus losas y azulejos. Si a alguien le gusta tiene trabajo y lleva dinero a casa. Hay días en que la suerte no llega y vuelve sin nada. Ese día está triste. Mi madre es costurera y también busca dinero para la familia. Soy el mayor de cinco hermanos. Los dos más pequeños, un chico y una chica de cuatro años, son gemelos. Me gustaría que el que me sigue, que ya tiene 15, estuviera conmigo en España, pero no quiero que venga en patera. No me gustaría que nadie más viniera en patera.

Hace tres años decidí que quería vivir en Europa. En Marruecos no hay futuro, no hay trabajo, no hay nada para los jóvenes. Lo hablé con mi familia. Les conté a mis padres mi sueño. Quería venir y lo intenté por la frontera con Ceuta, por donde la valla. No lo vi posible. Así que sólo quedaba esperar, ahorrar, buscar dinero, trabajar en lo que fuera saliendo y estar preparado.

La ocasión llegó el año pasado. En otoño. Vinieron a buscarme a la escuela donde estudiaba y me dijeron que había sitio en una patera que iba a salir con muchos jóvenes de Salé. Algunos eran mis vecinos, amigos que vivían en casas de mi calle. El pasaje costaba mil euros. Una fortuna. Nosotros no los pudimos reunir. Pero supliqué, les pedí por favor que me llevaran con ellos. Como había sitio les dimos el dinero que habíamos reunido. Faltaban unos cientos de euros. Aceptaron. Hubo gente que pagó más. Yo estaba feliz, aunque sabía que era un viaje por mar duro y peligroso. Pero nunca imaginé que tanto.

Hamza sentado con el Guadalete a sus espaldas. Hamza sentado con el Guadalete a sus espaldas.

Hamza sentado con el Guadalete a sus espaldas. / Fito Carreto

El día de la partida estábamos nerviosos. El pasaje incluía un salvavidas incómodo, viejo. No pensé que fuera a serme útil, pero al final me salvó la vida. La patera era pequeña. El patrón nos dijo que no nos pusiéramos de pie, que nos apretáramos. El viaje era de más de 300 kilómetros, nos dijo. Llevábamos víveres, agua sobre todo y algunos alimentos. Pensé que eso nos haría bien, pero era inútil porque nadie pudo comer ni dormir durante el viaje. Te quedas mal de la cabeza. Salimos por el río Bu Regreg hasta alcanzar el océano. Los dos primeros días el mar estuvo agitado pero más o menos avanzábamos. Ya había gente que lo pasaba mal. Mucho frío. Calaba los huesos. Pero a partir del segundo día el mar se puso bravo. La patera parecía una cáscara de pistacho. Había hombres que lloraban. A mi lado iba Ayoub Mabrouk, mi amigo, vecino. Había sido varias veces campeón de Marruecos en su categoría boxeando. Estudiaba y quería ser gendarme, pero también decidió viajar a Europa. No llegó a ver la costa española. Yo le hablaba pero él solo dormía y vomitaba, siempre con los ojos cerrados, casi inconsciente. Le decía que no se durmiera, que me mirara, que se estuviera despierto, pero cada vez fue hablando menos. Hacía mucho frío, las olas nos empapaban, algún golpe de mar casi nos hunde. A los dos días Ayoub dejó de hablar. Se quedó muerto. Sin más. No fue el único. Había gente que se quitaba el chaleco porque no cabíamos. No había sitio para tanta gente en un bote tan pequeño. El patrón nos pedía perdón. Lloraba. Un golpe de mar nos dio de lleno. No nos hundimos pero ahí también hubo gente que ya no volvió a despertar.

El lunes, de madrugada, cuatro días después de partir, el patrón nos dijo que quedaba una hora para llegar. A lo lejos se veían algunas luces. Muy pequeñitas. Ya casi ni veíamos. No había fuerzas. Cuando la patera, con un pequeño motor, se quiso acercar a la playa chocamos con algo, rocas. El barco se deshizo. Perdió el fondo. Todos caímos. La gente que se había quitado el chaleco salvavidas luchaba por agarrar el mío. Me hundía. Así que decidí alejarme. Como pude empecé a nadar para ponerme a salvo. Luego volví pero ya todos se habían hundido. Otros más fuertes llegaron nadando a la playa. Yo fui el último en salir. Estuve horas nadando contra la corriente, no sé cuantas, cuatro o cinco. Cuando llegué a la orilla ni veía. Sólo pensaba que tenía que nadar, porque si me quedaba quieto me moriría. Salí del agua gateando, como pude, sin fuerzas, temblando, hasta que me metí en un cubo de basura. Allí me encontraron los guardias. Me ayudaron, me dieron de beber, ropas secas, comida. Me trataron bien.

En este año en España he pasado por centros de acogida de inmigrantes. He conocido a chicos como yo. He estado en Algeciras, en La Línea, en El Bosque, Sevilla. Pero desde julio estoy en El Puerto de Santa María, viviendo con Ester, en su casa. Estoy contento. Estudio español en un centro de adultos y hago cursos para poder encontrar trabajo. He hecho un curso de mozo de almacén. Intento buscarme la vida. Quiero trabajar, mandar dinero a mi casa. Poder traer a mi familia. Quiero tener un futuro. Mi familia no sabía lo que yo había pasado en la patera. Cuando me preguntaban por el viaje yo cambiaba de tema. Al final se enteraron por la prensa de Marruecos, que puso un artículo que había salido sobre mí en El País. Lo pasaron mal. Yo también. Cuando hablo con chicos de Marruecos siempre les digo que en España se está bien, pero que no vengan en patera. En patera no. Durante seis meses he seguido teniendo pesadillas con el naufragio. Llorando mucho. Hay imágenes que no se olvidan. Lo he pasado muy mal. Mucho sufrimiento, pero ahora, poco a poco, con la ayuda de gente buena, como Ester, como su familia, gente que me ha ayudado, voy mejorando. Quiero vivir. Quiero tener un futuro.

Hamza junto a Ester Blázquez, que lo ha acogido en su casa. Hamza junto a Ester Blázquez, que lo ha acogido en su casa.

Hamza junto a Ester Blázquez, que lo ha acogido en su casa. / Fito Carreto

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