Una trucha de oro y un falso parador en El Bosque
Pioneros del Turismo en Cádiz (IV)
Una idea de Fernando Portillo, un naviero metido a presidente de Diputación, hizo posible el nacimiento del turismo rural en la sierra de Cádiz con el hotel Las Truchas
CADA mes de noviembre el pueblo de El Bosque rememora el modo en el que recibió a sus primeros visitantes, un grupo de franceses allá por 1810. Estos primeros turistas fueron repelidos a trabucazos por los herederos del servicio de los Ponce de León, que en este lugar tenían su residencia de caza, en lo alto de la Sierra de Albarracín, regada por el río Majaceite. Esos sirvientes fueron los primeros moradores y su heroica resistencia contra el invasor fue premiada por Fernando VII, fíjate tú el personaje, con la concesión de villa.
Aquella refriega antinapoleónica es hoy un reclamo para ser visitados porque quién les iba a hablar de este signo de hospitalidad a los bosqueños que en una hazaña no menos heroica se adelantaron a la II República para convertir, en plena dictadura de Primo de Rivera, el monte en comunal, administrado por un sindicato agrario. Autogestión porque ya por entonces de los Ponce de León no se sabía. Esto tuvo durante un tiempo su tira y afloja que se desaflojó cuando la guerra civil no fue guerra aquí, limitándose la nueva autoridad a depurar a los díscolos, a los comunales y a alguno más porque sí. En 1941 en las escrituras ya figuraba que el monte era propiedad de Falange Española. Porque sí también.
En todo este largo tiempo introductorio a El Bosque sólo iban los que tenían que ir y, por supuesto, no se vio a ningún francés más por allí. Las carreterras de entonces no invitaban a la visita. Pero todo iba a cambiar repentinamente dos décadas después.
A principios de los 60 era alcalde de Jerez y presidente de Diputación un garrochista llamado Álvaro Domecq. Interesado en difundir el arte del rejoneo, propició la creación de nuevos cosos y consideró que El Bosque era el enclave adecuado para que en la serranía de Cádiz el paisanaje disfrutara de este arte y otros lances. Así que Diputación montó en El Bosque una plaza de toros. En 1967 Álvaro Domecq fue sustituido en la Diputación por Fernando Portillo, tercera generación de navieros gaditanos. Portillo no era tanto de toros. Era más de deporte, que en la España de Franco, fútbol aparte, se practicaba poco. En vez de plazas de toros, en su breve período como presidente, Portillo se dedicó a los polideportivos y en El Bosque invirtió en una piscina pública.
Y tuvo una idea luminosa. Ya que iban toreros sería bueno tener un lugar para alojarlos. Y no sólo los toreros. Un hotel rural para dar a conocer el paraje que hasta entonces sólo habían disfrutado los Ponce de León. No sería cicatero con los gastos y encargó la obra a un arquitecto de campanillas, José Luis Picardo, que era el diseñador oficial para el ministerio de Turismo de los paradores nacionales. Por eso el hotelito de El Bosque, que sólo tenía ocho habitaciones, era conocido por los lugareños como “el parador”. Un parador en miniatura.
El hotel fue bautizado como Las Truchas, que habitaban el Majaceite. El reclamo del hotel inspiró a un ingeniero de montes, Juan de Aizpuru, para montar una piscifactoría de truchas junto al hotel del mismo nombre, con lo que ya se contaba con gastronomía autóctona. De un día para otro El Bosque se había convertido en un cotizado destino turístico al que luego se le añadirían los senderistas, gracias al impulso que le daría un ecologista, de nombre Juan Clavero.
Portillo no pudo inaugurar el coqueto hotel que había diseñado en madera Picardo. No se sabe muy bien por qué quitaron de en medio a Portillo, que ya tenía unas tendencias democráticas que gustaban poco y que le llevarían a ser años después la mano derecha de Manuel Clavero en la expansión de UCD en Andalucía. En 1971 se inauguró Las Truchas, uno de los primeros establecimientos rurales de toda España. De su importancia da cuenta que vino en helicóptero el ministro de Turismo, Alfredo Sánchez Bella, a cortar la cinta. El presidente de Diputación era el mismo que el del Consejo Regulador del jerez, el bodeguero sanluqueño Antonio Barbadillo, que en su discurso tuvo la valentía de soltarle al ministro que las carreteras de la provincia estaban hechas un asco y dijo por primera vez esa letanía mil veces repetida de que somos más que sol y playa. Tras la bendición obispal, los asistentes se pegaron un festín en el que a Franco se le otorgó la Trucha de Oro, que por algún lado estará. A Portillo, el pionero del turismo rural en la provincia, sólo se le mencionó de refilón.
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