Un trastorno cada vez más común
El especialista en alergología del Hospital Puerta del Mar Diego Gutiérrez afirma que el estilo de vida actual ha provocado el aumento de casos de intolerancia a la lactosa
Se acerca el verano y cada vez apetece más tomarse un helado o un batido bien fresquito. Pero hay personas que no pueden disfrutar de estos placeres. Quien padece intolerancia a la lactosa, tomar leche y algunos derivados puede producirle ciertos trastornos, como gases, retortijones, acidez o diarrea, que se traduce en inflamación del estómago, malestar general, pérdida de apetito, digestiones pesadas, nauseas, vómitos o sensación de asco. "Todo esto se repite cuando ingiere un producto lácteo", señala Diego Gutiérrez, facultativo especialista del área de alergología del Hospital Puerta del Mar.
Según Diego Gutiérrez, la intolerancia a la lactosa es una alteración muy común que se produce cuando hay una pérdida de la eficacia o de la concentración a nivel de las vellosidades intestinales de una enzima denominada lactasa. Esta juega un papel vital en el desdoblamiento de la lactosa (proceso necesario para su absorción por nuestro organismo) en sus dos componentes básicos: glucosa y galactosa, por lo que su déficit produce que la persona que lo padece no pueda digerirla adecuadamente.
Explica que la lactosa es el azúcar de la leche de los mamíferos, que también está presente en los derivados lácteos, en algunos fármacos que lo contienen como excipiente para enmascarar el sabor y se introduce en determinados alimentos para disminuir su acidez.
Este especialista en alergología cuenta que existen dos tipos de intolerancia a la lactosa, una congénita o genética y otra adquirida. La primera se da en personas mayores, normalmente a partir de los 20 años, y no desaparece. La segunda suele producirse por una alteración de encimas debido a alguna enfermedad, un síndrome diarréico, por mala alimentación o incluso por estrés. Suele desaparecer cuando desaparece el elemento que lo ha provocado. Señala que es raro que se dé en niños.
Quiere destacar que la intolerancia a la lactosa no es lo mismo que la alergia a las proteínas de la leche de vaca, algo que muchas personas tienden a confundir. "Son cosas distintas y tienen mecanismos diferentes", afirma. De hecho, esta alergia aparece en los primeros años de vida.
Existen diferentes niveles de intolerancia. Así, mientras algunas personas notan sus efectos de forma inmediata tras consumir pequeñas cantidades de productos que contienen lactosa, otras tienen un umbral de sensibilidad más alto y es más difícil observar sus efectos. Depende del nivel de intolerancia, cada uno tolerará una cantidad más o menos alta de lactosa al día. Incluso hay personas que permanecen de forma asintomática toda su vida si no sobrepasan una determinada cantidad diaria. El doctor Gutiérrez afirma que se considera que tienen una sensibilidad alta las personas que solo toleran de 1 a 4 gramos diarios de lactosa, media los que toleran de 5 a 8 gramos y baja, de 9 a 12 gramos diarios.
Indica que hay productos lácteos que pueden ser tolerados por casi todos los afectados, como los quesos curados, que contienen muy poca lactosa, o los yogures, en los que gracias a sus bacterias parte de la lactosa se ha convertido en ácido láctico. Declara que cada persona debe conocer cuál es su nivel de tolerancia y leer los contenidos de los alimentos antes de consumirlos. Advierte que la sensibilidad puede también cambiar con el tiempo y con el estado general de salud.
Reconoce que en los últimos años cada vez más personas padecen intolerancia a la lactosa. "Esto es debido al estilo de vida actual. El estrés, la mala alimentación, comidas fuera de casa o la aparición de otro tipo de patologías autoinmunes que dañan la barrera intestinal favorecen que se presente más este síndrome, que a veces es transitorio y otras es más molesto y continuo a lo largo de la vida".
Añade que ahora se detecta más la intolerancia "porque se busca más y hay más medios de diagnóstico". Entre estos medios está el test de hidrógeno en el aliento y el test sanguíneo de sobrecarga de lactosa. También se puede detectar por una biopsia del intestino delgado y a través de un test genético. En el Hospital Puerta del Mar las pruebas las hacen en la unidad de Digestivo.
La rápida detección y el tratamiento de este síndrome es esencial, ya que si la persona que lo padece sigue tomando lactosa, se agrandará la lesión en la mucosa intestinal y cada vez será más difícil de solucionar el problema.
Diego Gutiérrez insiste en la importancia de determinar el grado de sensibilidad que cada persona tiene a la lactosa para saber qué productos puede tolerar. En cualquier caso, lo primero que tiene que hacer quien padece este síndrome es reducir el consumo de productos que contienen lactosa. Además de la leche y sus derivados, hay que evitar productos industriales y medicamentos que contienen lácteos como conservante.
Con el fin de suplir el déficit de calcio, vitamina D, riboflavina y proteínas por la falta de productos lácteos en la dieta, los afectados deben ingerir otros alimentos ricos en estas sustancias, como sardinas, salmón, gambas, espinacas, tofu, judías o brócoli. Para la absorción de vitamina D es importante exponerse al sol.
En algunos casos, el facultativo recomienda tomar suplementos de lactosa.
El doctor Gutiérrez destaca que las personas que no quieren renunciar al sabor y propiedades nutritivas de la leche de vaca, hoy en día hay en el mercado marcas de leche cuya lactosa se ha eliminado o hidrolizado previamente de forma parcial. Esto se ha extendido también a otros productos lácteos como quesos, yogures, batidos de distintos sabores y también helados.
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