De Cerca. José Antonio López Esteras “Habré puesto 400 querellas y casi todas me las archivan”

  • Fue uno de los grandes empresarios de la provincia hasta que acudió a la ley concursal y lo perdió todo. Tanto tiempo después dice que no tira la toalla y que ojalá le dieran otra oportunidad

José Antonio López Esteras, en el complejo en ruinas de Las Beatillas José Antonio López Esteras, en el complejo en ruinas de Las Beatillas

José Antonio López Esteras, en el complejo en ruinas de Las Beatillas

HAY un cartel de Se Vende en la puerta de este chalé de El Puerto habitado por un hombre que se aproxima a los 80 años. Es una gran parcela con una piscina vacía y 400 metros de vivienda, demasiados para el único habitante, demasiados para un hombre solo. “Demasiado grande, por eso ahora la vendo partida en dos. Vino un hombre de Madrid y me dijo que le interesaba el sitio, pero que tiraría la casa. A mí me parece una pena, pero que haga lo que quiera. No sé, no ha vuelto a llamar”. Si consigue vender la casa, que está a nombre de sus hijos, tendrá antes que levantar el embargo de Hacienda, que es casi la totalidad de lo que pide por la casa.

El único habitante de esta casa es José Antonio López Esteras, que durante dos décadas fue uno de los principales empresarios andaluces del sector hotelero y la construcción. Se llamó Grupo Jale, propietario de las Beatillas, Incosol, hotel Monasterio, hotel Colón de Rota... Su historia es conocida. Jale se estudiará como uno de los grandes fracasos de una ley que levantó muchas expectativas, la ley concursal, en cuyo pozo han caído demasiadas empresas. El expediente Jale acumula 700.000 folios, once años, seis jueces de lo mercantil, una docena de administradores concursales y cientos de pequeños acreedores sin cobrar. Por supuesto, Jale hoy prácticamente no existe. Existe su expediente.

–Está arruinado, pero sigue pleiteando. ¿Cómo se pleitea sin dinero?

–Hay gente que me lo dice, para ya, pero no puedo. No puedo tirar la toalla no por mí, sino por cerca de los mil acreedores que no han visto ni un euro y yo fui a ese concurso de acreedores con el único objetivo de que cobraran.

–¿Cuántos abogados lleva?

–No los he contado. Dieciocho o veinte, la mayoría de oficio. El 50% se lo tomó con cariño y el otro 50% hizo lo que le dio la gana. La Constitución me dice que debo tener un defensor debidamente preparado y cómo un abogado de oficio se va a preparar en media hora un expediente de 700.000 folios. Y habré puesto unas 400 querellas. Casi todas me las archivan. Ahora cuento con un abogado de Barcelona. Tiene ya 67 años, es un experto en suspensiones de pago. Llevó el caso de Gran Tibidabo de Javier de la Rosa y consiguió recuperar algo para los acreedores. Dice que piensa llevar esto a éxito. Se lo ha tomado como un reto. No me cobra.

–También lleva seis jueces.

–Lo cambian cada año y yo los entiendo. Deben mirar el expediente de Jale y se tienen que asustar. Ahora quieren declararme culpable del concurso.

–Alguna responsabilidad tendrá en la gestión del Grupo.

–No sé cómo puedo ser culpable cuando he presentado un convenio con los acreedores de los que los acreedores ni siquiera han sido informados. Lo que busca la ley concursal no es el pago a los acreedores, sino su satisfacción. Mire el caso de Abengoa. Tengo que felicitar al juez de Sevilla que ha alcanzado en poco más de dos años un acuerdo con un 95% de quita y al administrador concursal, que es Ernst & Young, igual que el mío en Cádiz. Ni yo ni los acreedores hemos tenido tanta suerte con nuestros seis jueces ni con el administrador. Los ciudadanos esperamos dos cosas del Estado, una es la Sanidad, que en este país es una maravilla, pocos tienen la Sanidad de España y yo, lamentablemente, la he tenido que vivir muy de cerca; y la otra es la Justicia, de la que no se puede decir lo mismo. Pero no pararé, iré a Estrasburgo o iré a la ONU o donde haga falta.

–¿Y qué se podía haber hecho?

–Tengo dos documentos probatorios que nadie ha rebatido. Antes del concurso hice un acuerdo con Banco Popular, Caixa Cataluña y Caja Duero para hacer una valoración de la cartera inmobiliaria de Jale. Una empresa neutral muy potente como Jones Lang Lasalle se encargó de la valoración y el informe lo cifró en 920 millones. La deuda estaba muy por debajo de esa cantidad.

–Ya, pero esa era una valoración muy relativa. Se hizo antes de la burbuja. Jale no valía lo que decía ese informe.

–Pues que algún otro hubiera presentado otra valoración. Los primeros administradores del concurso, a los que echaron porque su gestión era poco clara, hicieron una valoración en 700 millones. Era una valoración a ojo, no valía nada, pero daba igual, seguía estando muy por encima de la deuda. ¿Cómo nos e liquidaron inmuebles y se pagó a los acreedores? ¿Por qué no se hizo?

–En estos once años sí se han vendido activos.

–Más que venderse, se han regalado. Mi cadena de hoteles era una cadena de calidad, no había hoteles de mala muerte. ElDuque de Medinaceli o el Al Mihrab de Córdoba, que era un hotel palacete con vistas a toda la ciudad que era precioso. O Incosol, qué le cuento de Incosol, que era lo más conocido en la costa del Sol. Pero nada, todo eso se ha regalado.

–Alguien habrá cobrado, en cualquier caso.

–Principalmente los bancos. Los bancos son los dueños de los juzgados. Los bancos son los únicos que han cobrado, pero hay mil acreedores, los pequeños, que no han visto un euro. Qué digo, ni un euro ni un bolígrafo. Nada. Incosol estaba valorado en 70 millones, yo pagué 46 más la asunción de la deuda. Se lo dieron a un banco por 15 millones y el banco se lo ha dado a una empresa hotelera. Es sólo un ejemplo.

–Creo que le han dicho de todo. Vive en esta casa y en esta casa ha pasado usted miedo.

–Recibí amenazas de muerte. La policía detuvo a cinco tíos que al parecer tenían orden de hacerme algo. Hemos tenido escraches. He dormido cambiando de habitación cada noche,notas diciendo sabemos dónde vive usted, dónde viven sus hijos. Mire, si hay algo que me quita el sueño es pensar que pueda tener sobre mi conciencia la ruina de alguien que haya trabajado para mí. es lo que yo llamo los daños colaterales del concurso, que también han afectado en la salud de mis hijos y a veces no puedo evitar pensar que todo es responsabilidad mía. Ya no viven aquí, viven fuera. Vienen a verme, pero les veo poco. Y es verdad que con el tiempo hay acreedores que me llaman, yo les llamo a ellos y hablamos amistosamente. Entienden que me he quedado con las manos atadas, que perdí cualquier control.

–¿Con qué se quedaría tranquilo?

–Un reconocimiento de que lo del Grupo Jale no era una quiebra. Quise salvar Las Beatillas, que eran 23 millones y por eso fui a un concurso en el que me lo arrebataron todo. Me quedaría tranquilo sabiendo que se va a responder ante los acreedores.

–¿De qué vive?

–Lo único que no tengo embargado es lo que cobro del colegio oficial de aparejadores, que son 295 euros. Hay gente que me ha ayudado. Lo último que tenía era un coche muy viejo que me prestaron, ni siquiera era mío. Lo usaba para moverme por El Puerto. La policía local lo vio aparcado, me pidió los papeles y muchos papeles no tenía. Me lo quitaron. Pero ¿sabe? yo soy de los que ve el lado positivo de la vida. Hago media hora de caminata o cojo el autobús. (Me enseña el bonobús). He descubierto el transporte público. Es magnífico.

–Usted fue muy rico. Tendría aficiones caras. ¿Cómo se vive sin ellas?

–Lo crea o no, a mí no me ha interesado mucho el dinero. Yo llegué a Andalucía en el 65 y me vine a Torremolinos. Cobraba 7.000 pesetas y de ahí pasé a Rota, a la Base, donde me pagaban 40.000 pesetas. Era uno de los pocos españoles que sabía inglés porque de estudiante yo me iba a ganarme un dinero a Inglaterra a coger fruta o lo que fuera. Dejé a los americanos para montar mi empresa en el año 83 y el sueldo que me puse fue de 15.000 pesetas.Piense que yo monté Jale construcciones con 10 millones y veinte años después valía 600 millones. Subí diez mil veces el valor sin comprar ninguna voluntad política, lo que ya es raro en el sector. Quién sabe si ahí me equivoqué. Porque ya tengo clara una cosa. Jale no se hundió; sino que le abrieron los grifos de fondo.

–Sí, pero le preguntaba por su vida de ocio, ese ocio que ha perdido en estos últimos años que deberían haber sido los de su jubilación.

–Me gustaba jugar al golf, no era muy bueno, un handicap normal. La náutica... Tenía un barco en la Costa Azul de bandera británica. Lo alquilaba y, de vez en cuando, lo usaba yo. Sí, claro, lo echo de menos. Y viajar. Siempre me ha gustado viajar. Pero bueno... He perdido todas las habilidades, menos la mente. Entraron en las oficinas y me dejaron los ordenadores como los de Bárcenas. Entonces he desarrollado una capacidad de guardar los discos duros en mi cabeza. No se me olvida un dato.

–Y la vida social. Usted estaba en todas las salsas.

–Estaba en todas partes. Digamos que formaba parte de eso que se llama la sociedad. Antes todo el mundo te llamaba para que estuvieras en tal sitio o tal otro, te pedían favores. Ahora no existo para las asociaciones de empresarios, soy invisible. Sin embargo, yo me ofrezco a los empresarios para dar charlas, para contar mi experiencia, para que no les pase lo que a mí me ha pasado. Pero la vida social, navegar, el golf, viajar... yo ya no quiero nada de eso. Ahora existe esa ley de segunda oportunidad. A mí no me la han dado. Yo soy empresario y de todas las cosas que me han quitado es la que más me duele.

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