"Un periodista no sabe lo que es la verdad, pero sabe muy bien lo que es la mentira"

Un filósofo y un periodista, Fernando Savater y José Miguel Larraya, se enfrentan a la ética en el ejercicio del periodismo

Savater y Larraya, con el moderador Arcadi Espada en el centro, antes de iniciarse el diálogo.
Savater y Larraya, con el moderador Arcadi Espada en el centro, antes de iniciarse el diálogo.
Pedro Ingelmo / Chiclana

15 de septiembre 2010 - 05:01

"Le he dicho a Liberty Valance qué es la libertad de prensa". Datton Peabody, el editor del Shinbone Star, se acaba de comer todas sus palabras, pero le musita, agonizante, a James Stewart su momento de gloria. Sus palabras, en papel recién impreso, se las ha hecho comer el propio Liberty Valance con su látigo. Fernando Savater es un sabio y sabe que todo periodista digno de llamarse así tiene a Peabody, el personaje encarnado por Edmond O'Brien en El hombre que mató a Liberty Valance, en sus oraciones. Peabody es un borrachín, no necesariamente ético en sus planteamientos, pero sabe que llegará ese momento en el que por fin podrá contar las cosas como son. Todos los periodistas que respetamos este oficio hacemos trampas, pero pensamos que, cuando llegue el momento, nos comportaremos como Peabody.

Savater lo citó en el teatro de Chiclana en el que se celebraba el diálogo vespertino del II Curso por la Libertad de Expresión. Estaba hablando de ética con José Miguel Larraya, durante años Defensor del Lector de El País, escéptico con los clichés novelescos de esta profesión: "Un periodista no sabe lo que es la verdad, pero sabe muy bien lo que es la mentira". Y aquí Larraya entraba en el meollo. Mientras los periodistas esperamos repetir el gesto heroico de Peabody, ¿qué hacemos? Cosas peligrosas. Apela Savater a la responsabilidad porque "una noticia perversa es un arma de destrucción masiva. Los pueblos no son malvados por sí mismos; actúan, como cada individuo, en función de la información que tienen". Apela Larraya a la ecuanimidad, que no a la objetividad ni a la verdad, palabras que se toman a chufla por los veteranos en las redacciones. "El periodista se lleva mal con el acontecimiento, es en los rescoldos donde quiere buscar lo que realmente ha pasado. Para eso necesita fuentes y una fuente siempre es interesada, con la fuente se plantea, al fin y al cabo, un trueque. El uso de la información de esa fuente puede sacar al periodista ecuánime, que no administra la información interesadamente; o puede sacar al periodista estafador". De hecho, Larraya piensa que vivimos en tiempos de una "desinformación de una calidad excelente". De todo hay, indudablemente. Esta profesión no es una profesión de santos, "ni de hombres felices". No lo era ni Dutton Peabody. "He visto en alguna ocasión algún periodista bonachón, pero era tonto, corrupto o no se dedicaba a esto", escribió en su día Arcadi Espada.

Y Espada, moderador, plantea un 'sudoku' basado en hechos reales a los dos contertulios, al filósofo y al periodista. Un reportero convence a un condenado a muerte de que escribirá su vida y así conseguirá salvarle el pellejo. El condenado se abre al periodista y cuenta su historia que, a los dos años, se convierte en un libro de gran éxito, un libro en el que el autor no tiene problema en afirmar que está seguro de que este tipo era realmente un asesino. Engañó a la fuente para arrancar una historia cierta. ¿Actuó correctamente? Larraya intenta dar rodeos, pero Espada le sujeta: "¿Sí o no?". "Sí". ¿Qué dice el filósofo? Savater duda un instante. "¿Lo hizo por un interés general o por un interés propio? No, no actuó correctamente".

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