Chequeo a la prostitución

Las mujeres reflectantes

  • Las africanas son mayoritarias en el casi desaparecido negocio de la prostitución callejera. Una de ellas cuenta su historia

Los alrededores del estadio El Cuvillo, en El Puerto, son una Casa de Campo en miniatura. La Casa de Campo de Madrid se convirtió durante los últimos diez años en destino de la prostitución africana, sobre todo de mujeres procedentes de Nigeria. Se disponían a lo largo de las carreteras interiores del parque con un espacio de unos veinte metros entre una y otra. Las había a centenares. Todas vestían del mismo modo, con prendas ajustadas de colores dolorosamente vistosos y con baratas braguitas de encaje sobre los pantalones, en una inversión aparentemente absurda, pero que no es otra cosa que una marca de fábrica, un punto de reclamo al cliente. No hay otra intención.

Pues bien, eso es el estadio El Cuvillo, sólo que no hay cien africanas, sino seis. Pero su disposición -veinte metros de distancia entre una y otra como en un reflectante mercado de carne- es exactamente la misma. Su uniforme de trabajo también es el mismo. Estallidos rosas, amarillos y rojos con botas altas de plástico imitación a cuero blanco con grandes taconazos, señales en el camino que se ven desde bien lejos. Las bragas, en tres de los seis casos, están sobre los minipantalones. Cambian, por influencia y costumbres autóctonas, los horarios. Lo conocen bien en la gasolinera cercana. El encargado está habituado a la rutina de sus 'vecinas'. "Vienen por aquí, sobre todo a comprar chicles porque se aburren mucho entre semana. Yo ya les he dicho que no pueden entrar en la gasolinera a comprar vistiendo como visten, que vayan un poco más decorosas. El otro día ya entró una que se había puesto unos pantalones de chandal encima porque no son chavalas de discutir. Los fines de semana cambian y están al pie del cañón toda la noche. El resto de los días suelen coger juntas el autobús urbano al centro a las diez y media de la noche".

Observamos desde lejos sus movimientos. Un coche de la policía pasa junto a ellas y a ellas sólo les falta saludar. La Policía lo hace varias veces al día como otra rutina policial. No hay ninguna ley en contra de estar con prendas reflectantes y braguitas encima de los pantalones. El resto del tiempo, en este día entre semana, se pasa con largas conversaciones de móvil, modernos móviles que no despegan de sus orejas. Durante ese rato en la distancia no para ningún cliente, lo más unos jovenzuelos en un Peugeot blanco que les dicen borderías y una de ellas ya ha aprendido el significado de levantar el dedo corazón. Otro coche para, charla con una de ellas, ella asiente y el coche se marcha.

Ahora vamos nosotros aprovechando que dos de ellas se han unido junto a una esquina, en una señalización. Rosa y rojo son sus colores. "Hola". "Hoooooola". "¿Habláis español?" "Siiiii". "Os avisamos, somos periodistas, sólo queremos charlar". Ponen cara de aburrimiento. "Sólo queremos que nos contéis vuestra historia, ¿entendéis?". "Ah, ya. Entiendo. 50 euros". "No, sólo es charlar". "50 euros y hablamos". "No tengo dinero para dos historias. ¿20 y una historia?". La más delgada nos despacha con su espalda, la otra, más regordeta, agarra los 20 euros. No pagamos en realidad para que nos cuenten la verdad, pagamos para ver la reacción. La chica que nos ha dado la espalda lanza una mirada asesina a su compañera. Su compañera no volverá a mirarnos mientras contesta con desgana. Parece buscar con los ojos a alguien, alguien que quizá la vigile. "¿Qué miras?" "Nada". "¿Tienes un hombre que te vigila". "No, yo vivo sola". "¿De dónde eres?" "De Ghana", dice como hubiera podido haber dicho cualquier otro sitio. "¿Del campo o de la ciudad?". "Del campo". "¿Por qué viniste?" "Me dijeron que se estaba mejor aquí". "¿Y se está mejor aquí?". "Sí". "¿Con este trabajo?". "Sí". "¿No intentaste trabajar en otra cosa?". Mira y se ríe. Se ríe de la pregunta. "No, no hay otros trabajos". "¿Viniste en patera?". Vuelve a reír. "No, en avión, hace dos años". "¿Y por qué te quedaste aquí? Quiero decir, ¿por qué no te fuiste, por ejemplo, a Madrid. Allí hay muchas chicas de tu país, de Ghana o de Nigeria". "No, aquí está bien". "¿Y ganas dinero?". "No mucho, hay semanas que no gano nada. La crisis. Los hombres se van con sus mujeres, que son gratis". "¿Y cuánto cobras por un servicio?" "30". "Es más cómodo trabajar en un club". "No. ¿Un club? No sé nada de clubs. Hay rumanas y rusas..." "No me estás contando gran cosa. Me están saliendo un poco caros los veinte euros". "Me tengo que ir -dice sin mirarnos, pero al momento se vuelve-. Si pagas diez más, no te contaré más, pero por lo menos follas". Y sigue andando con un desplante de ya está bien de hacer el tonto.

Todo los datos apuntan a que la prostitución callejera se ha reducido notablemente en Andalucía. Un informe del Defensor del Pueblo del año 2000 cifraba en 680 las mujeres que hacían la calle, siendo más de la mitad africanas. Ahora no llegarán a las 300 en toda la región y el porcentaje africano es mucho mayor. La razón que dan en la asociación de locales de alterne es que las africanas y sus chulos "prefieren trabajar por libre y, además, son difíciles de controlar", como explicando, sin decirlo del todo, que suelen traer problemas. Fuentes policiales indican que esa cifra ha descendido. "Por ejemplo, en la provincia de Cádiz quedan lugares muy concretos. En las grandes ciudades como Cádiz y Jerez, donde había focos en la Zona Franca o en los alrededores de la estación de tren, ha desaparecido casi por completo. La prostitución se ejerce en las casas y en los clubs".

La Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención de la Mujer Prostituida (APRAMP) trabaja a pie de calle desde hace años. En Andalucía sólo tiene una delegación en Almería. "Hablamos con las rumanas, que nos cuentan sus condiciones de vida y nosotros buscamos soluciones. Las africanas son más complicadas, son mucho más cerradas".

Como la chica que dice ser de Ghana y con la que hemos hablado en El Cuvillo, siguiendo los informe realizados por la Junta y el Defensor del Pueblo, hallaremos siempre lo mismo. Una historia de una mujer que conoce su esquina y su carretera, que prefirió eso a su país y para la que el sexo carece de importancia. Es un intercambio de dinero. Nada más. Y encontraremos a un hombre que paga 30 euros por un desahogo. A partir de ahí, se puede debatir sobre la prostitución todo lo que se quiera. Con 20 euros no se paga una historia.

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