La guerra en la mar

Crónicas de la gran guerra

Cosa de dos. Las hostilidades marítimas se redujeron en principio a un pulso entre Inglaterra y Alemania que tuvo su punto álgido en el 'empate técnico' de la batalla de Jutlandia, en 1916

Luis / Mollá Ayuso

13 de julio 2014 - 01:00

CON la llegada del siglo XIX Inglaterra ostentaba el poder marítimo en todos los océanos gracias a una flota potente, equilibrada y bien adiestrada. De Francia podía decirse que tenía la segunda mejor flota en cuanto a número de buques, aunque no inspiraba, ni de lejos, el respeto que producían los ingleses. Destruida por los japoneses pocos años atrás en Tsushima, los rusos no tenían una flota que inspirase temor a nadie y sus accesos al Atlántico, tanto por el mar de Noruega como por el Báltico, resultaban demasiado complicados y lo mismo sucedía con respecto a su salida al Mediterráneo, para la que dependían de una situación cuando menos neutral por parte de los turcos, dueños de la llave del Bósforo.

Por su parte, Alemania, que contaba con una flota simplemente discreta, pasó a representar una amenaza al dominio de los mares que ejercían los ingleses cuando, en 1900 y a consecuencia del llamado Plan Tirpitz, se vio reforzada con un importante número de acorazados, cruceros y submarinos, que la convirtieron en una potencia naval de primer orden. Sin embargo, la Flota del Káiser no podía tener un enemigo peor que el imperio Británico pues, para poder representar una amenaza al abastecimiento de la isla, necesitaba salir al océano Atlántico y si por el canal de la Mancha resultaba prácticamente imposible por las defensas costeras del sur de Inglaterra, en el norte la Grand Fleet se mantenía siempre vigilante en la atalaya de Scapa Flow, la más importante base naval del imperio, situada en las escocesas islas Orcadas y que albergaba las mejores unidades de combate de Jorge V.

Así las cosas, una vez desatadas las hostilidades, los alemanes no tenían otro remedio que medirse a los británicos en la mar. Sólo si conseguían vencerlos y destruir su flota podrían conseguir la anhelada salida al Atlántico y proceder al bloqueo comercial de la isla. Bajo esta premisa tuvo lugar la batalla de Jutlandia que en la atardecida del 31 de mayo de 1916 enfrentó a cerca de 250 buques frente a las costas de Dinamarca. En realidad la batalla duró poco más de dos horas, pues cuando cayó la noche, viendo que era imposible atravesar la tupida red de buques ingleses, el almirante Scheer ordenó el regreso de la flota alemana a su base de Wilhelmshaven. Once buques alemanes resultaron hundidos por catorce de los ingleses, que, además, perdieron cerca de 7.000 hombres por unos 3.000 germanos. Un empate técnico para unos y una victoria pírrica de los alemanes para otros, pero la realidad fue que los buques del Káiser escaparon aprovechando la noche para internarse en sus bases de las que no volvieron a salir. Así las cosas, podría hablarse de una victoria inglesa, pero el objetivo del almirante Jellicoe era destruir la flota alemana ya que de otra forma tenía que mantener dos tercios de su flota dedicada a neutralizar otra hipotética salida de los acorazados alemanes y el vasto imperio Británico demandaba demasiados buques de combate como para poder permitirse semejante lujo. De forma sucinta se podría decir que en Jutlandia Alemania golpeó a su carcelero, pero siguió detrás de los barrotes.

El bloqueo de su flota de superficie movió a Alemania a apostar por los sumergibles, que no tenían problemas para burlar las defensas inglesas en inmersión y podían presentarse en el Atlántico donde menos lo esperasen los ingleses, que, por su parte, tuvieron que recurrir al sistema de convoyes fuertemente defendidos, lo que les obligaba a un esfuerzo de unidades que tenían que detraer de otros escenarios. Con el paso de los meses, los alemanes construyeron tantos submarinos que llegaron a poner en jaque el sistema de suministros de la gran isla, de la que se decía que tras una semana desabastecida empezaría a tener problemas graves y que, con dos, tendría que pedir la rendición. En febrero y marzo de 1917 los U-boot alemanes hundieron más de seiscientas mil toneladas cada mes y pusieron en un brete a los ingleses, pero entonces entraron en guerra los americanos y las tornas se invirtieron radicalmente gracias a su extraordinaria capacidad de producir armamento.

En los Estados Unidos, Woodrow Wilson había accedido a la presidencia bajo la premisa de la no intervención. Sin embargo, mientras los países europeos se iban desgastando, los americanos vieron que su capacidad de producir material militar podía ponerlos a la cabeza del mundo. Sólo necesitaban un casusbelli y lo encontraron en el hundimiento del trasatlántico Lusitania por torpedos alemanes con cerca de 200 pasajeros norteamericanos a bordo. Hoy sabemos que el Lusitania transportaba armamento y material militar, lo que, de acuerdo con las leyes de la época, lo convertía en blanco lícito de los submarinos alemanes, como así advirtió un anuncio de la embajada de Alemania en Nueva York que se publicó en los principales diarios americanos durante la semana previa a la salida del buque, ya que los alemanes eran conscientes de su cargamento militar. En cualquier caso, los americanos con pasaje decidieron embarcar a pesar de todo, pues la altísima velocidad del trasatlántico hacía imposible el ataque de los lentos submarinos en alta mar, lo que lo acreditaba como el buque más seguro. Sin embargo, a la llegada a las proximidades de su puerto de destino el enorme buque debía reducir velocidad, convirtiéndose entonces en un blanco relativamente fácil, razón por la que en esa zona solía esperarle un viejo crucero de protección. El hecho de que aquel día Churchill ordenara prescindir del crucero, que los supervivientes asegurasen haber oído una violenta explosión después de la del torpedo y que, tras su hundimiento, los británicos consideraran (y así sigue a fecha de hoy) las aguas en las que yace el pecio prohibidas a la navegación y al buceo, han hecho pensar a muchos que, en realidad, el hundimiento del Lusitania, que se cobró 1.200 muertos, cien de ellos norteamericanos, pudiera haberse tratado de un señuelo para hacer entrar a los Estados Unidos en la guerra, lo que, de hecho, sucedió, dio un vuelco a la situación y probablemente decidió su resultado.

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