Crisis del coronavirus Un funeral en el valle de los leprosos

  • El Día del Padre tuve que enterrar a mi padre. Las actuales normas de seguridad terminaron convirtiendo el sepelio en una pesadilla en la que una soledad infinita dejó imágenes difíciles de olvidar

Una persona reza con unos guantes médicos de protección. Una persona reza con unos guantes médicos de protección.

Una persona reza con unos guantes médicos de protección. / M.G.

“Mis disculpas, señor”. La empleada del Cementerio Mancomunado de Chiclana intentaba consolarme. Desde la lejanía, a tres o cuatro metros de distancia, se mostró cercana. Y lo agradecí. Acababa de despedirme de mi padre. A través de un cristal había visto cómo su féretro entraba en el horno crematorio. Un beso a distancia fue mi último adiós. Ahí me derrumbé y, al salir al exterior entre lágrimas de impotencia, llegó aquel comentario tan insólito de esa empleada. Intenté hacerle ver que ella no era culpable de nada, pero quiso, necesitaba creo, explicarse: “Mis disculpas por el trato que les estamos dispensando. Son las normas y tenemos que cumplirlas, pero reconozco que les estamos tratando como apestados”.

Como apestados. Esa es la frase. Así es como creo que nos sentimos los familiares de aquellas personas que están falleciendo en estos días. Y que conste que no es culpa de nadie, que uno lo acata y lo comprende todo, porque la seguridad de los vivos debe estar por encima de todo. Pero si todos nacemos entrenados para enterrar a nuestros padres, porque eso es algo que nos viene de serie al nacer, no se pueden ni imaginar cuánto se multiplica la pena cuando uno no puede despedirse en condiciones de un ser tan querido.

El Día del Padre tuve que enterrar a mi padre. O incinerarlo, que para el caso es lo mismo. Y tanto ese día como el anterior terminaron dejándome imágenes que creo que jamás se me irán de la memoria.

Mi padre no murió por coronavirus. Los médicos me lo confirmaron por activa y por pasiva. Una inesperada parada cardiaca ponía fin a 75 años de vida, a una estancia de diez días ingresado en el hospital y a un Parkinsonismo atípico que le había ido minando sus condiciones de vida y sus ganas de vivir. Si hubiera existido la más mínima sospecha de coronavirus, no me habrían dejado despedirme de él de cuerpo presente, esos cinco minutos en los que solamente me dio tiempo a llorarle y a darle las gracias por tantas cosas. Pero es que tampoco me habrían dejado llevarlo al tanatorio, ni que su féretro estuviera presente en el funeral por su alma. Algo es algo.

El primer dilema me llegó muy pronto. ¿Rompo el protocolo de seguridad para comunicarles el fallecimiento a mi madre y a mi tía (la hermana mayor de mi padre) en persona? Decido que sí, que en un caso extremo como este las consecuencias pueden ser peores si les traslado la noticia por teléfono. Ni por asomo podía imaginarme que ambos abrazos, junto con el que me había dado antes junto a mi mujer y mis hijas, iban a ser los únicos que iba a recibir hasta la fecha.

De vuelta al hospital, primer choque. El empleado de la funeraria llega con su mascarilla y sus guantes. Porque aunque mi padre no haya fallecido por coronavirus, el protocolo de seguridad se ha vuelto muy estricto para todos. Firmo todo lo que haya que firmar pero tomo el bolígrafo con cuidado, y casi no me apoyo en los papeles que me pone por delante. Y no sé si lo hago por educación o por desconfianza.

El hombre, que mantiene siempre una distancia prudente, es correcto, al igual que lo es la mujer que vía telefónica ejerce de enlace entre la compañía de seguros y la empresa funeraria y que me llamará varias veces a lo largo del día para ver si todo transcurre con normalidad…si es que existe normalidad en lo que estoy empezando a vivir.

Y el empleado de la funeraria me lanza una pregunta que a bote pronto me cuesta entender. “¿Va a llevar a su padre al tanatorio?” No lo entiendo. ¿Dónde querrá este hombre que lo lleve? ¿A la playa?, pienso yo. Pero de inmediato me explica que el protocolo de seguridad impide que haya más de diez personas en la sala de velatorio, y que tenemos que mantener las distancias, y que sólo podremos estar allí hasta las diez de la noche, y el hombre ejerce de profeta al adelantarme que a los tanatorios le quedaban poco tiempo abiertos, algo que se terminaría concretando apenas dos días después. Pero pese a tantos inconvenientes me decanto por el tanatorio. La otra opción era dejar a mi padre en la morgue del hospital, y me niego.

El tanatorio de San Fernando suele ser una fiesta. Lo sé porque lamentablemente he tenido que ir allí más veces de las que me habría gustado. Pero hoy es un desierto. Me parece que soy Ben-Hur entrando en el valle de los leprosos para recoger a su madre y a su hermana. Mascarillas y guantes en el personal que te atiende, fregonas por aquí y por allí, carteles por todos lados pidiendo a la gente que mantengan la distancia de seguridad y, paradojas de la vida, nadie que pueda leer esos carteles. Hasta la cafetería está cerrada.

Mi mujer se convierte en mi único apoyo. Menos mal que la tengo a ella aquí al lado. Las horas pasan sin que venga nadie. Y sé que no va a venir nadie porque ya me he encargado de decirle a todo el mundo que no venga. No quiero que se expongan ni mi madre, ni mis hijas, convenzo a mis tíos mayores de que no ganan nada desplazándose hasta aquí, y entiendo a la perfección a mis amigos, a mis compañeros de trabajo y a mis primos cuando me justifican su ausencia. Sentido común se le llama a eso.

A la vista de la situación, apenas aguanto un par de dos horas. Decido irme. Cerrar la puerta de la sala del tanatorio dejando allí a mi padre me parte el alma, pero prefiero irme a casa. Necesito el arrope de mi mujer y de mis hijas. También hay que pensar en los vivos.

La tarde transcurre lenta. Estoy cansado y triste, pero también raro. Y más aún cuando por teléfono repaso la esquela que va a salir en el Diario con Miguel, del departamento de Publicidad. Me lee el texto final:  “… por cuyos actos de caridad cristiana les quedarán agradecido”. Vaya paradoja. Pongo la hora del funeral, invito a todos a que asistan pero en verdad no quiero que vengan. Pero decidimos dejarlo tal cual. La tradición manda.

El Día del Padre me regala un funeral por el alma de mi padre. Y el funeral parece de ciencia ficción. Mi mujer, mi prima mayor, a la que le debo un beso así de grande, y yo somos los únicos presentes. Y el protocolo nos separa en la capilla del Tanatorio de La Isla. Uno en un extremo del banco, la otra en el otro y la otra varias filas más allá. Y llegan más imágenes que se le quedan a uno en la retina: el cura, que nos ha recomendado no comulgar por motivos de seguridad, da la misa con su mascarilla y sus guantes, mientras un plástico protege el micrófono y dos servilletas sirven para tapar en todo momento las sagradas formas y el cáliz. Y en el primer banco, un móvil en manos libres permite que mi hermana pueda seguir la misa pese a estar a unos 1.300 kilómetros de distancia. Y no es porque no haya encontrado vuelo desde Las Palmas. Es que ese vuelo sencillamente no existe. Habría que haber esperado unos tres días, y no era plan.

La soledad ha hecho que la pena se haya multiplicado por mil. Necesito acabar con esto cuando antes, pero aún falta la incineración en el Cementerio Mancomunado de Chiclana. Pero antes hay tiempo incluso para que dos policías locales de San Fernando que van en un coche camuflado me aborden como si fueran Starsky y Hutch. Y todo porque, en un momento tan duro, mi mujer va sentada en el coche junto a mí. Menos mal que el motivo del desplazamiento consigue apaciguar a los agentes, que me permiten seguir mi camino.

Mi tío y mi primo nos esperan en el aparcamiento del Mancomunado. No conseguí convencerles para que se quedaran en sus domicilios, Pero es que los chiclaneros son así de cabezotas. No hay ni besos, ni abrazos, porque ambos son o tienen personas de riesgo en sus respectivos entornos, pero necesitaban de alguna manera estar allí, aunque fuera durante cinco minutos. Y a mí me ha alegrado verles.

Y ya en el Mancomunado, después de firmar todo lo firmable, me comunican que ya no hay que reconocer al familiar que va a ser incinerado, que el ataúd no se destapa. Ya saben, el puñetero protocolo. Y llega el último beso a través del cristal, y la disculpa de aquella empleada que a uno le llega al alma, y esa sala 2 que jamás llegó a abrirse porque mi mujer y yo optamos por quedarnos en un asiento exterior. Y llega la retirada de la ceniza, que se queda de momento en casa de mis padres a la espera de que, cuando sea factible, pueda descansar junto a mi hermana mayor en el cementerio de La Isla.

Van pasando los días y me cuesta ser el mismo. Por no tener, no tengo ni la esperanza de que la vuelta a la rutina me traiga el sosiego. Porque a mi alrededor hay de todo menos rutina.

Desde el Día del Padre no he vuelto a ver a mi madre. Hablo con ella a menudo, la entereza que le da la fe me sirve de consuelo, pero no quiero que mi presencia allí le suponga un riesgo. Y noto que tengo un déficit increíble de abrazos. Siempre me he considerado una persona sociable pero jamás me imaginé que lo era tanto. Por eso todos los mensajes y las llamadas recibidas han supuesto un oasis en mitad del desierto. Y he aprendido a valorar el cariño que desprende un velatorio.

El calor de mi casa me reconforta y anoche volví a aplaudir desde el balcón. Dejé de hacerlo como una muestra de respeto hacia mi padre, pero he decidido que esta ovación va por muchos pero también va por él, que no se merecía una despedida tan triste, y por todos los fallecidos que nos están dejando estos días, y por sus familiares, que han padecido o están padeciendo el mismo calvario que yo.

De todas las cosas pendientes que haré cuando acabe esta guerra está la de darle a mi padre una despedida en condiciones. Primero, porque él se la merecía, pero también, y perdonen mi egoísmo, porque yo lo necesito. No sé aún cuándo será, pero desde ya están todos ustedes invitados.

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