En el campo, como antiguamente
José Luis y Ana son dueños de 'La Tacita', un alojamiento rural situado en El Colorado Convivir y compartir son las claves de este negocio que, año tras año, atrae a gran cantidad de turistas
Lejos del bullicio de la ciudad viven Jose Luis y Ana, un matrimonio que decidió montar La Tacita, un alojamiento rural situado en la pedanía de El Colorado, en Conil.
Desde el principio, ambos tuvieron clara la idea que querían llevar a cabo. Ana es muy meticulosa y siempre le gusta dejar claro que aquello es "un alojamiento rural" y no "un hotel rural", tal y como muchos piensan: "Recuerdo una vez que un cliente llamó para reservar y preguntó si no podíamos evitar de ninguna manera que los gallos cantasen por la mañana", recuerda entre risas. Por su parte Laura, hija de este matrimonio que también trabaja en el alojamiento, añade al comentario de su madre el caso de una señora que se quejó "porque sus sábanas eran moradas, y según ella era alérgica a ese color".
Y es que para este matrimonio, el turismo rural se basa en una convivencia y en un trato cercano con la persona. "En sus orígenes, este turismo consistía en ofrecer un servicio y un trabajo al agricultor a cambio de un alojamiento y un plato de comida", explica Jose Luis, quien en su juventud conoció esta singular forma de viajar en Francia.
Ahora, ellos han querido trasladar esa misma dinámica a un negocio donde las relaciones personales van más allá del mero negocio turístico: "Es cierto que hay quien coge su llave y no se le ve el pelo en toda su estancia", explica Laura, que se encarga de las clases de baile, "pero también hay muchos con quien se hace amistad".
"Cuando hay que recoger la fruta, los clientes nos ayudan y luego nos la comemos todos juntos en la sala de estar", comenta Jose Luis, mientras muestra los árboles que tiene plantados en la finca. Igualmente este conileño, que es un enamorado del caballo, permite a los huéspedes ayudar en las labores de cuidado.
En La Tacita, todo comenzó por los 70 cuando José Luis, ceramista de profesión, decidió dar clases de este arte en el lugar que hoy ocupa el alojamiento. No fue hasta el año 2000 cuando Ana, que era profesora del Lycée Français en Málaga, se prejubiló y junto a su marido construyó el alojamiento tal y como hoy se conoce. Tan original fue la idea, que en ese mismo año la Red Andaluza de Alojamiento Rurales (RAAR), otorgó a este proyecto el premio a la mejor iniciativa del 2000.
Ahora, aunque Jose Luis y Ana no pretendan cambiar trabajo por comida, sí ofrecen al cliente la posibilidad de trabajar en el campo mientras descansan y se divierten: "Algunas veces nos unimos nosotros con un pequeño grupo de clientes, cada uno pone un poquito de dinero y hacemos una barbacoa", explica José Luis. Por su parte, Ana prefiere más las partidas de cartas que se organizan y duran hasta altas horas.
Tan bien se lo pasa este matrimonio en su negocio, que vayan por donde vayan tienen conocidos y amistades que visitar: "Aquí vienen año tras año muchas familias con las que ya tenemos amistad. La relación es tan grande que los niños en invierno dicen a los padres que se quieren ir con Ana y José Luis al campo".
Según explica Ana, muchos de ellos se quedan sorprendidos la primera vez que ven una platanera o un chivo: "Aún recuerdo una vez que tuvimos que hacer un pozo y comenzamos a buscar agua", explica Ana, "muchos de los niños que estaban aquí con sus familias nos preguntaron qué hacíamos con las varas de bronce, y hubo que explicarles que así era como se buscaba agua en el campo. Todos, tanto niños como mayores, nos pusimos por toda la finca a buscar agua".
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