Provincia de Cádiz

¿Hayvida más allá?

  • La reforma del Puente Zuazo servirá para expropiar fincas que están al otro lado del caño. Una chatarrería, una casa que fuera club nocturno y un negocio son ejemplos

Sarcástica paradoja. La batería de La Concepción, perteneciente a la primera línea de defensa, se ubica justo en el lugar donde durante años prestó sus amables servicios el Club Bahía. Tiene ese tinte surrealista el otro lado del Puente Zuazo, donde la historia más gloriosa convivió un tiempo con las más primarias necesidades del ser humano. Pasado y presente, leyenda y futuro. Allí se integran hoy una amalgama de realidades que convierten el paisaje en una naturaleza ecléctica a punto de extinguirse a golpe de expropiación. El Ministerio de Fomento anunciaba la pasada semana que el día 15 iniciará el levantamiento de actas previas para la ocupación de una serie de bienes que hasta ahora habían permanecido allí ajenos, viviendo su rutina diaria. O más bien extraordinaria.

Será esta expropiación el paso previo al comienzo de la rehabilitación en la zona comprendida no sólo por el Puente, sino también por el Real Carenero, las baterías defensivas y las fortificaciones anejas. Muy cerca también, residen ahora los trabajos del tranvía, que en la actualidad conectan el acceso a Chiclana con la localidad. Así, en el aparcamiento de ese Club Bahía se escenifica otra estampa más, la de los materiales de obra, ladrillos, grúas, operarios y movimiento de tierra.

Y más movimiento de tierra y más operarios acudirán sin más remedio -al albur de este anuncio de Demarcación de Carreteras- para transformarlo todo, para allanar el terreno de una intervención histórica en todos los sentidos -aunque especialmente por el trabajo que ha costado conseguir que saliera adelante- y para alterar de una vez la rutina de los habitantes de la zona. Pero, ¿cuál era esta rutina? ¿Cómo era hasta el momento la realidad al otro lado del Puente?

Saliendo de San Fernando en dirección a Chiclana y justo tras atravesarlo, en la margen derecha emerge como una naturaleza muerta la primera de estas realidades. Una chatarrería sin nombre, como muchas otras, como tantas otras. Un camino fangoso que lleva hasta su entrada, en la que un cartel escrito a mano con el indicativo Cerrado, no se compra colocado en una reja verde anuncia que efectivamente este negocio ya está casi abandonado.

Pero hay todavía demasiadas cosas a un lado y al otro de la verja, muchas de ellas, ajadas ya por el tiempo, casi imposibles de identificar. Otro cartel, Cuidado con el perro, proclama lo que los ladridos hace rato que han hecho evidente. Una lancha de enormes dimensiones, alzada unos metros sobre el suelo a través de una estructura, se oxida acompañada muy cerca de una cubeta, también verde, repleta de restos. Ruedas, bidones desvencijados y una camioneta con las ventanillas bajadas a cuya espalda algún anónimo ha montado un tenderete a base de lonas blancas. A su lado y tras unas vallas a medio caer se levanta también lo que parece una pequeña casa en la que debió -o debe- vivir el dueño del negocio. Nadie responde a nuestra llamada. Silencio de soledad o de rechazo. Y junto a la chatarrería, una batería, la de San Ignacio. Impactante cuanto menos.

Siguiendo el curso de este lado de la carretera se encuentra otro elemento defensivo, la batería de Santiago, donde la ignorancia pintó un día en sus muros un cartel con la P de Parking, y una flecha. La historia al servicio del negocio que se encontraba enfrente, con los luminosos arrancados. El Club Bahía -como reza el toldo rojo que resguarda la entrada- dejó de prestar servicio hace tres años. El frontal del edificio, de una única planta y color albero, da sensación de abandonado. Tras la reja, cortinas también amarillas ocultan el interior. En el patio exterior, sin embargo, hay gallinas. Y en la trasera, con la obra del tranvía a los pies, entra de repente un Mercedes Negro. No es de ningún obrero.

En su interior viaja el que desde 2004 y hasta que cerrara en 2007 fuera dueño de este club. Miguel Vega Panal, acompañado de su pareja, aparca en la puerta de lo que ahora se ha convertido en su vivienda. Un club transformado en hogar, donde Miguel, explica, vive con su descendencia, bastante numerosa y fruto de varias relaciones. Del maletero su pareja saca la compra: una caja repleta de botellas. Él sigue hablando. Y cuenta que reside en este inmueble desde que le cerraron el negocio, que hizo alguna obra para adaptarlo. Y que en junio terminará de pagarlo. Sabe que quieren tirarlo. "Que me den lo que me corresponde", matiza.

Lo que le corresponda por una casa que insiste en mostrar. Aunque sólo una parte de ella, la de la derecha, a la que además se accede con llave. En la zona, una especie de salita, una habitación de matrimonio con un cuarto de baño con jacuzzi y otro dormitorio con otro cuarto de baño, éste más pequeño. "Aquí es donde se queda mi hijo cuando viene", apunta, señalando la cama, con una colcha del F.C. Barcelona.

Antes, tras la entrada, un salón, con dos sofás rojos y una mesa tras la cual se levanta una televisión de plasma. También una mesa de comedor, con sillas, una repisa y un aparador. El espacio se dibuja como una habitación sobria, sin apenas decoración y con un pasillo, a la izquierda, en el que se encuentran varias habitaciones en las que, insiste, duermen sus hijos. Otras puertas conducen a una cocina y a la que fuera parte frontal del club, la zona del bar, ésta sí desmontada, en la que se aprecian somieres en las paredes. "Tenemos además dos apartamentos fuera", añade.

Fuera, próximo a uno de estos apartamentos, se levanta el Real Carenero, un primitivo astillero del siglo XVIII. En su parte trasera, la que se esconde del Puente, también se adivinan aparcados varios vehículos. El propietario de uno de ellos trabaja escalera arriba, en la empresa Blennius, una sociedad cooperativa de acuicultura. Su nombre es Miguel Llerena, y aunque declina dejarse fotografiar, comenta su complicada situación.

Ellos, efectivamente, están citados con Fomento también el día 15 -como todos- para negociar el futuro de sus tres locales y en definitiva, el de su empresa. Su idea es respaldar esta rehabilitación, pero sin que ellos tengan que abandonar el espacio. De hecho, eso fue lo que intentaron cuando adquirieron esta propiedad hace siete años. "Fuimos al Ayuntamiento con la intención de comprar los locales y reformarlos, pero nos dijeron que debíamos contar con el visto bueno de la Delegación Provincial de Cultura. Seis meses después, cuando por fin lo obtuvimos y certificamos la compra, fue el Ayuntamiento quien declinó la reforma. Y así pasó que nos quedamos con los locales y sin poder tocarlos", matiza.

En definitiva, realidades distintas, hoy en peligro de extinción. O no. Fomento tiene la palabra.

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