Efemérides

240 años de la catástrofe de 1779

  • Recuperamos esta colaboración sobre la tragedia del puente de barcas, en la que murieron más de cien personas

  • Una lápida en la Basílica de Los Milagros recuerda a las víctimas

Ilustración realizada por María Fernández Lizaso para la sección 'El Orden de los tiempos', en 2011. Ilustración realizada por María Fernández Lizaso para la sección 'El Orden de los tiempos', en 2011.

Ilustración realizada por María Fernández Lizaso para la sección 'El Orden de los tiempos', en 2011. / María Fernández Lizaso

Esta semana se han cumplido 240 años desde el desgraciado accidente ocurrido en nuestra ciudad el 14 de febrero de 1779, domingo de Carnaval.

El día probablemente amaneció nublado y con amenaza de lluvia, como acostumbra la climatología cuando Don Carnal se acerca anticipando así la gran catástrofe que sufriría la ciudad a media mañana. La fiesta se transfiguró en tragedia.

Los vecinos de El Puerto de Santa María vivían principalmente del comercio, disponían de una vía única por mar de acceso difícil; los barcos se enfrentaban continuamente a un camino marítimo en muy mal estado. Es fácil entender que la existencia de dos caminos, uno por mar, otro por vía terrestre, permitiría una mejora de los intercambios comerciales así como una mayor seguridad para la población.

La construcción de un puente facilitaría el flujo de mercancías entre Cádiz y El Puerto, a la vez que permitiría mejorar la situación comercial en decadencia ya en los años 1770. Por tanto, las autoridades decidieron la construcción de un puente (el de San Alejandro).

Para llevar a cabo el proyecto se requirió la ayuda del conde de O’Reilly, quien decidió que se construiría no en las ruinas del puente romano sino donde había sido edificado un muelle de madera llamado el “Muelle de Estacas”.

Se dispuso la construcción de un puente de madera (y no de piedra) cuya parte central, las compuertas , permitirían el paso de los barcos que llegaban de Jerez de la Frontera. El puente se construyó siguiendo los planos elaborados por don José Molina con las directrices marcadas por don Antonio Hurtado. Era de madera, sobre estacas, con dos pilares de piedra y siete barcas. Tenía una dimensión de 206 varas y media (v = 0,836 cm) siendo su anchura de ocho varas y media, con un barandal de vara y media de alta por ambos lados. En el centro del puente se encontraba la zona levadiza, formada por dos compuertas, con una longitud de nueve varas que se elevaban para el paso de las embarcaciones.

Concluidas las obras y realizadas las pruebas pertinentes, se destinó el domingo día 14 de febrero de 1779 a las 11 de la mañana para la inauguración del puente. Al acto acudió una gran multitud de todas las clases sociales. El primero que pasó el puente fue el conde de O’Reilly con su familia y sus acompañantes, permitiéndose posteriormente la entrada del público que se agolpaba en los accesos para poder pasarlo, pues como ya algunos lo habían atravesado en días anteriores no existía temor en la población para volverlo a hacer o realizarlo por primera vez.

Sin embargo, como una gran muchedumbre se paró encima de las compuertas, éstas se desquiciaron y muchas de las personas que estaban encima cayeron al río. Del número de vecinos y visitantes fallecidos no existe con claridad una cifra exacta, aunque ésta se podría situar un poco por encima de los cien. No obstante, existe una lápida conmemorativa en la Iglesia Mayor Prioral que señala la cantidad de 111 personas. Los días 14, 15 y 16 de febrero se hicieron funerales en la Prioral a un total de 105 personas que perecieron ahogadas.

El hecho de que no hubiera más fallecidos fue porque inmediatamente se facilitaron lanchas y todo tipo de embarcaciones por ambos lados del río, que permitieron socorrer, en primera instancia, a muchos de los que habían caído. Entre las víctimas se encontraban personas de todas las clases sociales; perecieron sacerdotes, autoridades como el alguacil mayor de la ciudad don Juan Izquierdo, padres con sus hijos, vecinos, cuñados, etcétera. Los entierros fueron de muy distinta categoría, desde los pomposos hasta los de beneficio, pasando por los gratuitos y de limosna.

Tras el accidente, y una vez se realizadas las obras de reparación necesarias, se abrió de nuevo el puente el día 25 de febrero, dándose la curiosa circunstancia de que muchas de las personas que pasaron por el mismo eran de las que se habían caído unos días antes.

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