Un enclave fortificado que fue decisivo en la defensa de la Bahía Santa Catalina y el ataque inglés de 1625

  • Tras los últimos daños registrados en el fuerte costero, reproducimos hoy esta colaboración firmada por Enrique Bartolomé en 2008 sobre un episodio bélico en este enclave

Los restos que aún quedan en pie del Fuerte de Santa Catalina, en un estado precario de mantenimiento y conservación. Los restos que aún quedan en pie del Fuerte de Santa Catalina, en un estado precario de  mantenimiento y conservación.

Los restos que aún quedan en pie del Fuerte de Santa Catalina, en un estado precario de mantenimiento y conservación. / Andrés Mora

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En marzo de 1624 Jacobo I, que era rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda y que hasta entonces había seguido una política pacifista, declaró la guerra a España con el apoyo de la Cámara de los Comunes que aprobó la provisión de fondos para acometer la empresa. Un año después Jacobo I moría. Su sucesor, aun antes de ser coronado como Carlos I de Inglaterra, aceleró los preparativos para iniciar la guerra contra España ayudado por su favorito el duque de Buckingham, quien acompañó al príncipe de Gales en un viaje a Madrid para negociar las condiciones de la boda de éste con la infanta española María Ana de España, pero las negociaciones fracasaron. Es esa época concurrieron varias circunstancias que desencadenaron las hostilidades entre ambos países, así en el transcurso de la guerra de los treinta años que se libraba en Europa, Federico V del Palatinado y su esposa Isabel Estuardo (hija del rey de Inglaterra) fueron derrotados y despojados de sus posesiones, por los tercios españoles; e igualmente Inglaterra acusaba a España de haber violado las treguas y acuerdos establecidos durante la guerra.

Así las cosas la Bahía de Cádiz, con 20.000 habitantes en 1625 era una zona ideal para el comercio con las Indias, siendo el punto de llegada de la flota que proveniente de América llegaba cargada de metales preciosos. Ya en 1587 Francis Drake había destruido la flota amarrada en la bahía de Cádiz, y en 1596 el conde de Essex había saqueado la ciudad. Con estos antecedentes, las fortificaciones de Cádiz habían sido reforzadas en los primeros años del siglo XVII, incluyendo la construcción del castillo de Santa Catalina y la torre del castillo de San Sebastián y las fortificaciones de El Puntal y Matagorda. La amenaza inglesa era patente y en junio de 1625 llegan a El Puerto noticias procedentes del Duque de Medina Sidonia, Capitán General del Océano y costas de Andalucía, acerca de la prevención militar y la organización de la defensa. En nuestra ciudad se construyen trincheras, se adecua la torre de Santa Catalina en la que según el magnifico trabajo de la historiadora local Salvadora Acedo- “no sólo se hacen las obras necesarias, sino que también se la dota de material de guerra (nueve barriles y 39 botijas de pólvora; dos cañones de crujía, 48 arrobas, 20 libras y tres quintales de plomo se fundieron entre abril y agosto para hacer las balas) y a las ocho compañías de la ciudad se les reparte 200 mosquetes”. El 1 de noviembre de ese año la armada inglesa, con 23.000 hombres repartidos en 100 bajeles, se presenta en el golfo de Cádiz, ante lo cual el gobernador Fernando Girón guarneció los castillos, teniendo que utilizar para ello a 300 presidiarios. Los refuerzos se movilizaron, de Sevilla llegaron 2.000 hombres con armamento y municiones, la catedral distribuía 100 fanegas de pan a diario y de Écija acudieron 500 soldados. El Puerto contaba con ocho compañías de milicias al mando de los capitanes: Francisco de Rivadeneyda, Fernando Cisneros, Juan Camacho, Talavera, Diego de Car vajal, Miguel Chamorro, Gerardo Davilabique y Juan Argumedo, se movilizó y guarneció especialmente la torre de Santa Catalina .

Edward Cecil, I Vizconde de Wimbledon. Edward Cecil, I Vizconde de Wimbledon.

Edward Cecil, I Vizconde de Wimbledon. / María Fernández Lizaso

Y llego el día, concretamente el 2 de noviembre la armada británica se introdujo ya en la bahía gaditana. Y fue el error a decir de la historiadora Salvadora Acedo-, que cometió Edward Cecil, I vizconde de Wimbledon, que la comandaba. Fueron tres escuadras, dos se dirigieron al Puntal y la ter cera permaneció a sotavento asestada al Castillo de Santa Catalina de nuestra ciudad. Consiguieron los ingleses tomar el Puntal, pero se dieron cuenta que desde El Puerto llegaba a Cádiz el abastecimiento. Wimbledon entonces separó 40 navíos con el fin de aumentar la vigilancia de la barra, cerrando de esta manera la salida de las galeras. Sin embargo no le sirvió de mucho, ya que “se pertrecho adecuadamente el torreón de Santa Catalina , que estaba a la boca de la barra, metiéndole tres cañones de cruxia y 25 mosqueteros a cargo del capitán Francisco de Unzueta y Labrit”. Las crónicas de la época apuntan a la retirada inglesa “ante la férrea resistencia gaditana, el día 5, la armada británica abandona El Puntal y comienzan su retirada”. Una victoria importante y merecida, cuyo mantenimiento de las milicias asumió íntegro el cabildo portuense. Como curiosidad, entre la documentación consultada encontramos “desde el día 3 se envían bizcochos y botas de vino a las compañías del Castillo de Santa Catalina ; así como se sacó del pósito de la ciudad el trigo necesario para la fabricación de pan fresco, en total de 107 fanegas”.

No sería ya hasta 1702 cuando este castillo portuense contribuyese a la defensa de un nuevo desembarco inglés, junto con la armada holandesa en lo que fuera la Guerra de Sucesión. Una vez más el Castillo de Santa Catalina portuense, que aún mantiene en pie alguna de sus piedras en la Playa de La Muralla, se convierte en protagonista de unos hechos decisivos para la historia de España.

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