Carnaval trending topic
Si utilizamos a la nostalgia como punto de partida, podremos afirmar que cada generación de carnavaleros ha tenido su propio espejo, su propio modo de entender la fiesta y el arte que se encierra sobre las tablas del Falla. Sin embargo, la llegada de este nuevo concurso nos enfrenta a un silencio extraño, un eco que ya no devuelve las voces que durante años definieron el alma del teatro. Es posible que no eche de menos a una época concreta sino a una forma de mirar y entender nuestra fiesta. Los que crecimos escuchando carnaval por la radio en los años noventa, tuvimos la suerte de disfrutar aquella edad de oro creativa sin saber que sería probablemente la última tan coral, tan intensa, tan diversa, sin quitar ni un ápice de mérito al carnaval que se hace ahora. Hoy, el COAC de 2026 se asoma a un escenario donde el recuerdo pesa más que la novedad. Y aunque el carnaval siga vivo —porque el carnaval siempre se rehace y se reinventa—, la ausencia de muchos de sus pilares invita a reflexionar sobre lo que hemos perdido y sobre lo que las redes sociales, con su maldito bullicio constante, han transformado sin darnos cuenta a uno de los órganos vitales de la ciudad.
La comparsa, desde la poética del compromiso o desde el magisterio fundacional de Paco Alba, ha ido mutando para pasar por la elegancia de Antonio Martín o la narrativa de Pedro Romero. El género supo conjugar arte y pensamiento crítico, belleza y compromiso. El paso del tiempo nos ha ido dejando huérfanos y autores como Joaquín Quiñones, Juan Carlos Aragón, los hermanos Carapapa, José Luis Bustelo, Tino Tovar, nombres que formaron una escuela de estilos y emociones que difícilmente se repetirá, ya no están entre nosotros por diferentes motivos. Incluso los directores, La imponente estampa de Antonio Alemania o figuras esenciales como Fali Mosquera o Ángel Subiela, que aportaban una identidad que hoy se echa en falta en la modalidad como colectivo, como ese grupo humano que tenía una ética además de una estética que sabías perfectamente diferenciar. Raro es por desgracia en la actualidad que un grupo se mantenga unido en su totalidad más de dos o tres años. El vacío no es solo por su ausencia física o artística, sino por la pérdida de un modo de entender el carnaval como una conversación entre la ciudad y su tiempo.
Si la comparsa elevaba la emoción, la chirigota enseñaba a mirar con humor y con inteligencia. Es la ironía que educó a toda una generación. El ingenio de El Selu, la maestría del grupo del Love con Don Adolfo a la cabeza, la frescura del Sherif, el talento viñero de Manuel Santander, la desenvoltura cupletera de Vera Luque, la genialidad de Sánchez Reyes o el extraordinario humor del Yuyu, marcaron una etapa en nuestras vidas en las que la risa era una terapia disfrazada. Autores como Paco Rosado junto con el Gómez, Carapalo con el gran Petra o el tándem Noly y Manolín Gálvez, fueron también guardianes de esa chirigota gaditana que no necesitaba estridencias para provocar carcajadas y reflexión al mismo tiempo. Hoy, muchos de estos autores siguen brillando, pero el tono se ha desplazado hacia la inmediatez, el meme y la polémica efímera. Lo triste es que estas cosas parecen pesar más que la artesanía del chiste bien construido.
"Hay un silencio abrumador sobre las tablas y demasiado ruido en las redes"
La solemnidad de la batea, o ese género mayor muchas veces injustamente tratado, también ha perdido referentes insustituibles. Julio Pardo, figura totémica, supo llevar el tango gaditano a cotas sin precedentes, siempre de la mano de letristas como Antonio Rivas. Le siguieron proyectos de enorme valor como los de La Salle-Viña, Nandi Migueles y los niños, el Coro de Puerto Real o la guitarra de Juan Antonio Lamas. La voz coral, con su fuerza simbólica y musical, ha ido languideciendo a pesar de la renovación de muchos autores actuales que aportan una extraordinaria calidad y que han puesto al coro de nuevo en primera línea. Existe cierto desarraigo por parte del público joven, que ya no reconoce en el coro una forma de emoción colectiva y que aún no entiende que un buen tango, con su falseta de bandurria y laúd, es la esencia de lo que es nuestra fiesta.
La modalidad más difícil de todas, el cuarteto, también ha sufrido un proceso de silenciosa desaparición. Los genios de la ocurrencia y el arte de improvisar —El Peña y el Masa, Libi, Morera y Meni, o el histórico Cuarteto de Rota— fueron los responsables de que Cádiz se riera de sí misma sacándole punta al sarcasmo de una manera portentosa. Su humor era local pero universal a la vez. No necesitaban trending topics para conectar con el público, sino talento, mucho ritmo y respeto por el escenario. Hoy, la modalidad resiste con dignidad, pero su espacio mediático ha sido arrasado por la cultura del “clic”, del comentario rápido y del humor de consumo inmediato.
“Es posible que no eche de menos a una época concreta sino a una forma de mirar y entender nuestra fiesta”
Las redes sociales, concebidas en su origen como herramientas de comunicación y difusión cultural, han terminado erosionando la esencia de muchos espacios artísticos y comunitarios. Lo que ocurre hoy en el Carnaval de Cádiz no es un caso aislado: también el periodismo, la música, la política o la educación viven bajo la tiranía de la inmediatez, el juicio rápido y la necesidad constante de visibilidad. En este contexto, el COAC no podía escaparse. El carnaval de Cádiz siempre fue una fiesta del pueblo, pero también un arte con su propio código ético. En la última década, las redes sociales han trastocado ese equilibrio, convirtiendo el concurso en un escaparate sometido a la lógica del algoritmo: los pasodobles se juzgan por su viralidad, los cuplés por los “likes”, y los autores por su presencia digital y el número de descargas más que por su obra.
Esa exposición constante ha traído visibilidad, sí, pero también crispación, superficialidad y un nuevo tipo de censura social, donde la opinión rápida suplanta al análisis y el aplauso fácil sustituye al respeto por el proceso creativo. No se trata de renegar del presente porque hay autores jóvenes valiosísimos y que aportan una magnífica calidad, sino de reivindicar la profundidad, la pausa y la emoción genuina que definieron al carnaval gaditano durante décadas.
Tal vez haya llegado el momento de mirar hacia atrás no con melancolía, sino con gratitud por todo lo que nos regalaron. Pido discupas de antemano por los muchos autores que aportaron su grano de arena y se quedaron en el tintero. Fueron muchos los que me hicieron sentir que el disfraz era la manera más honesta de mostrarme y que recordar a los grandes no es quedarse en el pasado, sino exigir al futuro que intente estar a la misma altura. Pero a veces pienso que hay un silencio abrumador sobre las tablas del Falla y demasiado ruido en las redes sociales.
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